Yonqui: la creación de un universo



William S. Burroughs (Estados Unidos 1914-1997) empezó a escribir a partir de un trauma: el asesinato de su esposa en un accidente en la Colonia Roma de la Ciudad de México: “[…] al jalar el gatillo ‘la adicción por la escritura’ penetró el cuerpo de Burroughs. Años después, cuando el asesinato accidental y compartido ya no podía tener consecuencias legales, el autor de Nova Express diría que el Espíritu Maligno se apoderó de él con el balazo: la aniquilación fue el pacto fáustico que lo llevó al arte.” (1)


El narrador de Yonqui (1953) se llama William Lee, que es, también, el seudónimo que usa William Burroughs cuando publica la novela. William Lee es, entonces, Burroughs, aunque el libro no tiene la intención de relatar de manera fiel su vida; sabemos, simplemente, que la narración está conectada directamente a su experiencia.


William Lee, un exsoldado, se encuentra en una zona suburbana de Nueva York con un tal Norton en la primera escena. Norton es un ladrón sistemático que le ofrece a Lee una metralleta para que consiga un comprador. Cuando Norton entra a casa de Lee y desenvuelve la metralleta, encuentra junto con ella “una caja plana amarilla con cinco jeringuillas desechables de goma de treinta miligramos de tartrato de morfina.” (2) Esta escena es el umbral del mundo de las drogas que nos relatará Lee en el resto del libro. El lector, como la trama de la novela, entra también a ese mundo.


México, el lugar donde Yonqui acaba, donde Burroughs mata a su esposa y se instala, es donde el novelista migra de la adicción a las drogas a la adicción a la escritura (no por esto deja de drogarse): “[Burroughs] encontró en México un infierno transitable. En un instante límite, el horror se mezcló con la posibilidad de trascenderlo; la muerte, con su virtual superación de la narrativa.” (3) Burroughs, de algún modo, escribió para sobrevivir.


Se puede analizar al narrador de Yonqui a partir de este motivo vital que hace que Burroughs escriba. El estilo de vida de los yonquis es en sí una forma de vivir traumática; ese elemento externo a su control define la percepción del adicto, en el sentido más amplio de la palabra: “Para el yonqui, el tiempo está regulado por la droga. Cuando se corta el suministro, el reloj se retrasa y se para. Lo único que puede hacer es aguantarse y esperar que comience el tiempo sin droga.” (4)


Pero, además, ese estilo de vida fue el que lo llevó a asesinar a su esposa: doble trauma, o trauma llevado al extremo, por ese orden, ese mundo paralelo, que existe invisiblemente y solo lo pueden ver quienes forman parte de él. Un estilo de vida, en fin, diferente al de la sociedad visible, pero estilo de vida ante todo: “He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir.” (5)


Trauma, entonces, llevado al extremo: al narrador, que es yonqui, no le importa el lector: narra para él mismo, para reconstruir o encarar ese estilo de vida traumático, para encontrar respuestas ante su angustiosa existencia. A diferencia de un narrador inteligente literariamente, es decir, que narra para el fin literario del texto, este narrador es inteligente para que, a través de la literatura, llegue al objetivo que busca a partir de un trauma. El relato está perfectamente estructurado para que la novela se convierta en un mapa donde el narrador pueda encontrar las claves para saciar sus inquietudes.


Este mapa es el de un universo en sí mismo: el orden, el mundo de los yonquis. Este mundo se define principalmente por dos elementos: las personas que lo conforman y los lugares donde se mueven esas personas. Cada vez que aparece un personaje nuevo se describe físicamente; esto no es gratuito, está describiendo a un yonqui para así ir creando este universo: “Mike el del metro era un tipo alto, de cara pálida y grandes dientes. Parecía una especie de animal de alcantarilla que atacara a los animales que vivían en la superficie.” (6)


También se describe el espacio: “[..]restaurantes de enchilados, decrépitos hoteles, viejos bares con barras de caoba, escupideras y candelabros de cristal. Ruinas de 1900.” (7) Por eso la novela está construida a partir de escenas y diálogos: es la forma más inteligente de ir construyendo el universo: una escena (el lugar del mundo) llenada por personas (quienes conforman ese mundo).


El lugar donde tiene existencia este mundo subterráneo no está anclado a un lugar fijo. La novela se desarrolla en Nueva York, en Nuevo Orleans, en el Valle del desierto, que es una llanura seca en el trayecto de una carretera que enlaza a Brownsville y Mission, y en México. Al final, Lee se dirige a Colombia en busca de la ayahuasca, para seguir intentando responder sus preguntas. El hecho de que el protagonista se mueva tanto y encuentre siempre el mundo que está buscando, hace que el lector sienta que ese mundo lo acecha, que está a la vuelta de la esquina.


El mundo funciona por sí solo, un río que fluye sin una consciencia de estar fluyendo; de esa manera se mantiene subterráneamente. Un yonqui reconoce a otro cuando lo ve: “Me miraba de un modo significativo, como un homosexual cuando reconoce a otro.” (8) Reconoce, también, las zonas yonqui: “Las zonas de droga no se reconocen por su aspecto, sino por algo que se siente, por un proceso semejante al del zahorí que busca y descubre agua subterránea.” (9)


La creación coherente de este universo genera también una posibilidad literaria inédita: una poética que tenga sentido en ese universo. Por eso Burroughs es original; no por su capacidad de relatar bien una historia, sino porque el espacio de esa historia es también un espacio nuevo para la literatura. Si una metáfora existe en la lógica de un mundo, y si Burroughs genera un mundo nuevo, entonces abre la puerta para la creación de metáforas, imágenes, ritmos nuevos. Esta imagen, por ejemplo: “Casi todas sus venas habían desaparecido, se habían refugiado en las proximidades del hueso para escapar de la aguja.” (10) O: “Vísceras y células, galvanizadas por una repugnante actividad, como la de una larva de insecto tratando de romper su capullo, parecían a punto de salir a la superficie.” (11)


Con estos códigos, signos y señales, en donde inaugura una poética, está también reflexionando sobre la literatura misma, criticando o rompiendo con una tradición, pero también trazando el camino para toda la Beat Generation, que a partir de esta novela desarrolló esa poética, que modificó la tradición literaria de manera determinante.


Burroughs dibuja un mundo con una lógica que se va conformando como la lógica de cualquier otro mundo. Lo interesante es que el narrador, de manera auténtica (ya se vio que Burroughs empieza a escribir a partir de un trauma: que escribe para él mismo), nos va enseñando ese mundo y el lector lo va viendo poco a poco, va buceando en él. Leer la novela es como meterse en la cabeza de un yonqui que desarrolla una proeza literaria con el fin de saciar sus inquietudes Por eso es una novela única y tan cercana a la realidad, como si todo el tiempo se estuviera desprendiendo de la ficción y acercándose al latido horripilante de las células de un adicto.


Notas al pie:

(1) Villoro, Juan, “Burroughs: El espíritu de Saint Louis” en Efectos personales, p. 172

(2) Burroughs, William, Yonqui, p. 20

(3) Ibid., p. 173 y 174

(4) Ibid., p. 97

(5) Ibid., p. 18

(6) Ibid., p. 28

(7) Ibid., p. 80

(8) Ibid., p. 85

(9) Ibid., p. 81

(10) Ibid., p. 57

(11) Ibid., p. 71


Bibliografía:

1. Burroughs, William, Yonqui, Anagrama, México, 2020

2. Villoro, Juan, Efectos Personales, Ediciones Era, México, 2016

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