Una historia del futuro I: Los nuevos tiempos

Actualizado: ago 12


«Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es?» (San Agustín de Hipona (Confesiones, XI, XIV, 17)).[1]


Si es posible hacer historia de aquello que se ha ido, ¿por qué no hacerla de aquello que está por venir? O, mejor dicho, de aquello que estuvo por venir… el futuro pasado.[2] El tiempo depende del ser humano que lo experimenta, que lo vive y que lo transmite a través de sus comunicaciones sociales. En este sentido, el tiempo es vivencial, esto es, la experiencia del tiempo se moldea social e históricamente. Y, si el tiempo depende de nosotros, entonces es posible hacer historia de esas sensaciones con respecto al tiempo. Para hacer una historia del futuro, hay que preguntarnos por las expectativas que nuestros antepasados tenían: historiar las observaciones del que, en su momento, era su porvenir.


Hablar de la antigüedad y del medioevo en Europa nos remite, entre otras cosas, al tiempo circular, al tiempo de lo mismo. Esto significa que, para estos hombres y mujeres, pasado, presente y futuro estaban conglomerados en la misma lógica: los tres tiempos se enriquecían mutuamente. Así, para un medieval, no había una gran distancia con respecto a los tiempos de Aristóteles y Alejandro Magno; como si la diferencia de mil años fuera algo muy cercano. Era un mundo intemporal en el que el cambio se experimentaba desde su repetición. Todas las cosas que ocurrían tenían un referente pretérito muy parecido y por eso se tenía la conciencia de que era posible aprender del pasado para no repetir los errores.[3]



Sin embargo, esta experiencia del tiempo cambiará gradualmente a partir del siglo XVI. Principalmente fueron tres los acontecimientos responsables: la Reforma protestante (que introdujo la idea de que había otras formas legítimas de interpretar el mensaje divino), la llegada a América (que mostró que el mundo no estaba conformado por una Isla de la Tierra integrada por Europa, Asia y África como aseguraban los eruditos) y el heliocentrismo con el que dejamos de ser el foco del universo. Pero todo esto lo podemos resumir en un solo evento: el dislocamiento del mundo esencialmente religioso. Se desmoronó el mundo cristiano para dar paso a varios sistemas sociales, entre ellos la política, la economía y la ciencia, que pretendían reorganizar el mundo: buscaban darle un nuevo sentido, un nuevo orden que el sistema teológico ya no podía ofrecer.[4] Europa dejó atrás las profecías para dar paso a los pronósticos. Pasamos del mundo de la fe, al de la razón.


La amenaza escatológica del fin de los tiempos anunciada por largos siglos se había esfumado, el futuro estaba abierto a una infinidad de opciones, o sea, era desconocido, nuevo e interesante por primera vez. Los modernos vieron cómo el tiempo circular se aplanaba hasta volverse lineal: el futuro, previamente anticipado por el Juicio Final, se volvía incierto. La gente dejó de pensar en el segundo advenimiento de Jesucristo porque el futuro se había secularizado: la modernidad nace con la caída del sistema religioso.[5]


Y, al no haber un final cerca, las sociedades se desbocaron hacia dicho porvenir, por eso que los estaba esperando en el horizonte. Es ahí donde encontramos la aceleración del tiempo.[6] Las innovaciones tecnológicas y científicas revolucionaron el tiempo del mundo. Ahora era «una tarea de los hombres [y mujeres] llegar hasta el futuro dorado, la era de la libertad y la felicidad»;[7] apareció la «impaciencia por el futuro»[8] porque este era el tiempo rey. «El futuro será distinto del pasado y, por cierto, mejor».[9]


José Luis Comellas proporciona un ejemplo magnífico al momento de mostrar la aceleración del tiempo. Nos dice que, si trajéramos del pasado al reconocido poeta latino Horacio al 1800, se toparía con una Europa que básicamente sería un mundo muy parecido al del siglo I. Sin embargo, si Horacio viajara unos cincuenta años más, digamos a 1858, tendría ante sí un mundo completamente distinto… el mundo de la modernidad avanzada: «el corazón de Horacio no hubiera podido resistir el trepidar de las locomotoras corriendo a velocidades de vértigo por los campos, el desplazarse por el río de los enormes barcos de vapor, no movidos por ningún viento, subir a su domicilio en ascensor, ver cómo conservaban los alimentos […] en unas cámaras en que reinaba una temperatura glacial en pleno verano, observar cómo multitud de personas marchaban por las calles […] montados en extraños caballos de hierro, o a bordo de vehículos no tirados por caballos […]».[10]



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Esta es la modernidad, un tiempo en el que todo cambia rápidamente, sin pausa y con prisa. Un tiempo en el que el futuro está cada vez más alejado de su pasado y que, a la vez, talla su nombre en oro: el futuro dorado está en el horizonte: ¡el progreso está a la vuelta de la esquina!

O al menos esa era la conciencia que los seres humanos de los siglos XVIII, XIX y parte del XX tenían. La utopía del futuro pronto se esfumó, irónicamente, en su propia velocidad: las dos guerras mundiales y la guerra fría (el ser humano tendría que aprender a vivir con la posibilidad de su autoaniquilación), la estrepitosa caída de la URSS (el capitalismo se volvió el único camino a seguir: ¿realmente íbamos hacia mejor?) y, por supuesto, el calentamiento global (el futuro ya no es tan dorado cuando tu mundo puede dejar de ser habitable).


En la actualidad, cuando nos preguntamos acerca del futuro, ya no somos tan optimistas como nuestros antepasados. Ver hacia adelante nos genera una incertidumbre negativa puesto que ya no estamos viendo el perfeccionamiento de la racionalidad humana, sino su fin próximo en algún conflicto mundial, una catástrofe pandémica o en el agotamiento de los recursos naturales. La modernidad no nos cumplió su promesa.


Nuestro tiempo es el del presente ya que el futuro se ha acercado como en la premodernidad. Un ejemplo muy claro lo encontramos en la literatura, el espejo de toda sociedad humana. ¿Qué nos decían George Orwell, Aldous Huxley o Ray Bradbury acerca de ese futuro que ellos anticipaban? Un porvenir en el que el ser humano estaría sometido, controlado o alienado por ciertas sustancias o por sus propias creaciones tecnológicas. ¿Acaso se equivocaron?

Así como la modernidad se desbocó por las utopías, nuestra época se ha llenado de distopías. Para mí, no es casualidad: «el futuro siempre es el presente exagerado».[12] Proyectamos nuestro hastío por un presente que nos absorbe en su velocidad y que no nos deja un momento de respiro para darnos cuenta de nuestro agotamiento. Continuamente nos sofoca el presentismo omnipresente.[13] Sólo cuando este frenesí incesante nos permite reflexionar por un pequeño instante es cuando comprobamos nuestra angustia. De la misma manera, el futuro que vislumbra el siglo XXI se encuentra ahogándose en esa incertidumbre: ¿qué final o qué desastre estará aguardándonos?



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Nuestro horizonte de expectativas se ha vuelto a recortar notablemente, el futuro lo tenemos encima no porque hayamos alcanzado eso que desesperadamente ansiaron los modernos, sino porque pareciera que ya no queda mucho por recorrer para la raza humana. ¿Será esto cierto o estaremos errando una vez más respecto al futuro? Al fin y al cabo, las expectativas nunca se cumplen cabalmente.

[1] Ignacio González, San Agustín de Hipona: «¿Qué es el tiempo?». Acceso el 24 de febrero de 2021: <https://www.culturamas.es/2014/07/27/san-agustin-de-hipona-que-es-el-tiempo/#:~:text=%2D%E2%80%9C%C2%BFQu%C3%A9%20es%2C%20pues,existiese%2C%20no%20habr%C3%ADa%20tiempo%20presente>. [2] Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos (Barcelona: Paidós, 1993). [3] Es inevitable no traer la máxima ciceroniana: la Historia es una Magistra Vitae. [4] Niklas Luhmann, «La contingencia como valor propio de la sociedad moderna», en Observaciones de la modernidad. Racionalidad y contingencia en la sociedad moderna (Barcelona: Paidós, 1992). [5] Alfonso Mendiola, Michel de Certeau. La ficción: escuchar la voz del otro (México: Ediciones Navarra, 2019), 23-26. [6] Reinhart Koselleck, op. cit., 24-37. [7] Ibid., 25. Esta situación se puede ver de forma mucho más clara en el siglo XVIII cuando el horizonte de expectativas construido en torno al tiempo futuro se llena de una teleología racional: la búsqueda del progreso que tanto obsesionó a los seres humanos dieciochescos y decimonónicos. Añadiendo el hecho de que en ese siglo ocurren las revoluciones (francesa e industrial) que aumentan aún más la brecha entre expectativa y experiencia y aceleran todavía más la expectativa del mundo futuro. [8] Ibid., 340. [9] Ibid., 347. [10] José Luis Comellas, Los grandes imperios coloniales (España: Ediciones RIALP, 2001), 41. [11] Esquema realizado por mi profesora Pamela Loera. Aprovecho para agradecerle por sus explicaciones. [12] Laura Fernández, prólogo a Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (España: Minotauro, 2020), 13. [13] François Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo (México: UIA, 2007). [14] Otros prefieren llamarla hipermodernidad. Para este esquema me inspiré en uno realizado por mi colega Nicolás Castillo.

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