Una historia de perfumes y pestilencias




Tras leer El Perfume. Historia de un asesino de Patrick Süskind, me di cuenta del enorme peso dentro del recuento histórico que puede llegar a tener algo tan “insignificante” como pueden llegar a ser los olores. Así que, inmediatamente, me propuse leer al historiador francés Alain Corbin con su reconocido libro dedicado a la cuestión odorífera: El perfume o el miasma.


Por lo cual, mediante este pequeño escrito pretendo describir algunas de las cuestiones más llamativas que dejó mi lectura conjunta de la novela y el libro histórico respecto a los olores de la Francia de los siglos XVIII y XIX. En caso de que el lector quiera profundizar en estos temas, recomiendo muy ampliamente los textos ya referidos.


Pues bien, no llevamos ni dos páginas y Süskind ya nos ha transportado a Europa Occidental en el siglo XVIII con este genial párrafo; disculpará el lector la cita tan extensa, pero es que es muy valiosa:


“En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata, las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios” (Süskind, 1994, p. 9).


En resumen, todo apestaba. En este ambiente aparece el personaje de Jean-Baptiste Grenouille. Un hombre que, en palabras de Süskind, es genial y abominable al mismo tiempo. A través no de sus ojos, sino de su nariz, Grenouille nos transporta a un mundo de olores que las personas comunes y corrientes no sabemos apreciar.


Conforme seguimos el transitar de Grenouille, vamos conociendo los olores que de forma cotidiana asediaban a París, la Ciudad de la Luz, sin la menor molestia de sus habitantes. La pregunta es obvia: ¿por qué los parisinos y, en general, los franceses, no se inmutaban ante este panorama fétido y pestilente? Aquí doy paso a Alain Corbin.


Corbin nos expone lo que en pocas palabras podríamos denominar como una Revolución Olfativa. Históricamente, en occidente se le ha dado primacía a la vista y al oído por evidentes razones. De tal manera que el lugar que ha ocupado el olfato realmente ha sido minúsculo. Los franceses modernos pensaban al olfato como un signo de animalidad: sólo las bestias olfateaban.

Sin embargo, a partir del llamado Siglo de las Luces, el olfato va a empezar a ser entendido como un signo de refinamiento, pues únicamente el ser humano puede apreciar los perfumes y los aromas elevados. Así, en esta paradójica dicotomía del olfato (signo bestial y signo refinado), la química y la medicina cesarán de desdeñar a este sentido (Corbin, 2021, pp. 13-15). La cuestión aquí es que, en la época no se le daba importancia al mal olor porque, per se, no existía el mal olor la no identificarse como tal. Era un olor más. Lo iré explicando a detalle.


Volviendo a la novela de El perfume, en su camino lleno de peripecias, Grenouille conoce al marqués Taillade-Espinasse. Este individuo parece ser un loco más en el libro, pues vemos que está obsesionado no tanto con los olores, sino con el aire. Él cree que la salud se encuentra en el respirar las esencias o los aires más elevados posibles. Los que vivimos en la Ciudad de México tenemos nuestras dudas, ¿no es así?


La cuestión es que el marqués piensa genuinamente que alimentándose de huevos de no sé de qué ave de la montaña tal es mucho más sano que de unos tubérculos muy cercanos a la tierra. En resumen, es partidario de una aeroterapia. De nuevo, un loco, ¿cierto? No obstante, Alain Corbin nos muestra cómo, de cierta forma, sí surgió una idea entre los químicos dieciochescos de que había que evitar el aire “terrestre”, mundano puesto que pensaban que la Tierra fungía como una gigantesca olla que continuamente exhalaba emanaciones tóxicas, nocivas (Corbin, 2021, pp. 30-35).


Así, había que evitar estar cerca de pozos, de manantiales, de cavernas y un sinfín de cosas. La noción no era descabellada, pues actualmente sabemos que los volcanes y las minas, por dar esos dos casos, son sitios peligrosos por los gases que se encuentran allí. El tema es que esta conciencia por la nocividad de las exhalaciones terrestres no existía antes; era una concepción sui generis de la nueva química neumática emergida a mediados del siglo XVIII.


Los científicos de la época se desbocaron a clasificar olores, aromas y demás sustancias tratando de comprobar su nocividad para el ser humano. De pronto, los químicos experimentaban con alimentos podridos, fluidos corporales, residuos orgánicos… para probar si estos podían causar algún tipo de daño.


Por tanto, una vez demostrado que era perjudicial el hecho de que las tumbas no estuvieran bien cerradas, que el río Sena estuviera lleno de desechos, que las letrinas estuvieran cerca de los enfermos de los hospitales, que los barcos estuvieran atascados de humedades y hongos, que las cárceles apestaran a excrementos, que las casas estuvieran privadas de ventilación, y un larguísimo etcétera, surgió un impulso hasta entonces desconocido por los europeos de la época: el de la higiene pública y privada.


Sobre este punto, vale la pena resaltar que hasta el grandioso palacio de Versalles padecía aquellos problemas odoríferos. Testigos de la época afirmaban que el drenaje estaba contiguo a Versalles, que los jardines y el propio palacio estaban atestados de malos olores, incluyendo materia fecal y orina. Incluso, la avenida que conducía al palacio estaba llena de gatos muertos y aguas estancadas (Corbin, 2021, p. 36).


A partir de este punto, los higienistas, encargados de la recién formada vigilancia olfativa, se encargarán de promover la limpieza de cárceles, barcos, hospitales, iglesias, cementerios, calles y plazas públicas, ríos, casas… puesto que médicamente no era muy recomendable que todo estuviera atascado de heces y podredumbre fétida… culpable de epidemias (Corbin, 2021, pp. 59-58). No, no era el demonio el responsable de la peste, eran esas ratas con las que se convivía a diario en el espacio público y privado.


El aire puro se transformó en una obsesión. Había que combatir la putrefacción… desterrarla de París, pues el aire limpio era componente fundamental para la salud (Corbin, 2021, pp. 22-29). Urgía limpiar, purificar.


Lo curioso de esta revolución olfativa es que hizo aparecer una intolerancia hacia el mal olor, elemento antes inexistente. De repente, ya no se aceptaba que los niños jugaran en ambientes fétidos, que las iglesias pretendieran ocultar con incienso el olor a cadáveres o que en el espacio público los excrementos y la orina fueran el pan de cada día. El mal olor de ciertos lugares comenzó a levantar quejas entre las personas; las autoridades públicas empezaron a normar determinadas acciones en los mercados, a sancionar el hecho de no cerrar bien las tumbas… La higiene se volvió una máxima (Corbin, pp. 69-72).


Esto último, en mi opinión, forma parte de lo que Michel Foucault denomina como biopolítica. Para él, en su texto La voluntad del saber, una de las características fundamentales del Estado moderno es el hecho de que este norma la vida pública y privada de las personas. Es una política enfocada hacia la vida, de ahí el concepto de biopolítica o biopoder (Foucault, 1998, pp. 80-95).


En este sentido, atestiguamos una clara emergencia de un discurso sanitario público. En el umbral de la Modernidad Avanzada, el “aseo topográfico” y el “aseo social” (Corbin, 2021, p. 105) se transformaron en tareas básicas de la sociedad francesa. Un reglamentarismo conquistó el espacio público en pos de la novedosa, pero muy ansiada higiene pública. A partir de 1780 se vigilaban con ahínco el cementerio y sus miasmas nocivos, los hospitales, los talleres pútridos y los sitios de hacinamiento humano. Todo eso debía ser normado y desodorizado-desinfectado (Corbin, 2021, pp. 105-145).


Así, algunas de las medidas que se tomaron fue el pavimentar, colocar banquetas, enlosar suelos (como los de los hospitales), recubrir muros para evitar que absorban olores, desecar pantanos, limpiar ríos, barrer las calles, etc. Para ello, se creyó de forma fervorosa en la virtud dinámica del aire (la ventilación se apoderó de la arquitectura) y se empezó a recurrir a sustancias tales como el ácido muriático, el ácido nítrico, la cal, el fuego y el cloro (Corbin, 2021, pp. 110-138).


Ahora bien, no es que los europeos no fueran capaces de percibir un mal olor. Simplemente no se le confería la importancia que nuestra sociedad sí otorga hoy en día. Ante un mal olor corporal, se pensaba que más que combatirlo con aseo, se debía anular con otro olor: perfumes y máscaras odoríferas que lo ocultaran.


Por eso es que los dormitorios estaban saturados de almizcle o las iglesias de incienso: no sólo tapabas al mal olor, sino que lo anulabas. Así se pensó hasta 1750-1850 cuando los químicos y los médicos comenzaron a reprobar estas prácticas, pues evidentemente sólo era meter más olores en un apestoso sitio o cuerpo (Corbin, 2021, pp. 89-100).


Retornando por última vez la novela de Süskind, vemos que Grenouille tiene una sorprendente capacidad para apreciar los olores corporales de las personas, sobre todo de aquellas doncellas que a partir de su fragancia natural (lo único que apreciaba el joven protagonista) podían enamorar a cualquiera. Hacia el final de su corta existencia, Grenouille se obsesionó con la elaboración del perfume perfecto; uno que fuera capaz de conquistar el mundo debido a su irresistible fragancia.


Sobre esto, podríamos destacar que la Francia dieciochesca y decimonónica sí era consciente de que la atracción o el deseo sexual se posaban en gran parte en torno al olor. No obstante, las fragancias que se ocupaban eran unas muy “pesadas”, unas que enfatizaban los olores humanos (las secreciones típicas masculinas y femeninas). A partir del siglo XVIII, la gente cambió su percepción hacia los perfumes: debían ser más refinados, más florales y, al mismo tiempo, más sutiles. Puesto que ahora había que bañarse de vez en cuando, los malos olores corporales comenzaron a generar pudor… algo imprevisto. En ese sentido, la moda aromática y la aprobación sobre el olor corporal mutaron de manera significativa en el siglo XIX (Corbin, 2021, pp. 46-50, 90-91).


En fin, tristemente me he dejado muchísimas cosas muy interesantes con respecto a la posibilidad de hacer una historia de la Francia de los siglos XVIII y XIX a partir de sus olores.


En conclusión, podemos terminar esta pequeña historia de perfumes y pestilencias resumiendo la revolución olfativa acontecida de forma gradual en el siglo XVIII en Europa Occidental: intolerancia a los malos olores, estrategias de higiene pública y privada, énfasis en la limpieza corporal y el ascenso de los perfumes más ligeros. Seguro que todo eso lo agradecería la nariz de Grenouille, ¿no es así?


Bibliografía

Corbin, Alain. El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social. Siglos XVIII y XIX. Traducido por Carlota Vallé Lazo. México: F.C.E., 2021.

Foucault, Michel. “V. Derecho de muerte y poder sobre la vida”, 80-95. En La voluntad del saber. México: Siglo XXI Editores, 1998.

Süskind, Patrick. El perfume. Historia de un asesino. Traducido por Pilar Giralt Gorina. México: Seix Barral/Biblioteca Breve, 1994.



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