Una fábrica particular

Jimena Balcázar




El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero. -J. Baudrillard

Estamos dentro de una fábrica particular. En esta —a diferencia de aquellas en las que se producen sillas y mesas, de aquellas en las que se unen partes hasta dar como resultado un bolígrafo o un producto enlatado—, se producen hombres. No la materialidad de sus cuerpos, ni siquiera la sutileza de sus gestos. En cambio, lo que se construye a golpe de palabras y conceptos, son opiniones (p. ej. ideas, ilusiones de verdad, simulacros, máquinas que hablan y dicen y confiesan y declaman —ideas, ilusiones de verdad y simulacros— creados en tubos de ensayo). El producto: hombres que son ideas antes que hombres. El consumidor: hombres que son hombres. El consumidor recibe el producto sin requerirlo y sin desearlo, sin pagar por él, sin ir a buscarlo. El producto se escabulle entre las páginas de las revistas del consumidor, se sienta con él para beber café... y este no se da cuenta de que aquel pertenece a otra naturaleza (y viceversa). El hombre-mercancía pasa desapercibido la mayoría de las veces, y eso porque fuera de la fábrica llega a convertirse en un modelo a seguir, en una respuesta para los que frente al mundo se encuentran en suspenso ante la falta absoluta de excitación, deseosos de saber si sus experiencias pueden o merecen ser validadas.

El hombre-producto ha sido ideado, diseñado y patentado por expertos. Por eso, su palabra funciona como verdad revelada. El hombre-hombre que se atreve a pronunciarse en contra de la pedantería del producto queda relegado al terreno de la herejía y la barbarie. De este modo, el producto está pensado a su vez como productor y re-productor que predica y contagia sus mañas hasta que el consumidor se hace de una mente perezosa que no sabe mas que dudar de sí misma. Ha perdido cualquier posibilidad de inmediatez y ahora pide bastón, prótesis, respuesta y verificación. Abandonado a su suerte sólo cabe la incertidumbre. Aún a sabiendas de que todo su posicionamiento frente al mundo es producto de un robo —un plagio, una máscara, una mentira, una ilusión— este es el hombre que se pavonea de tener un acercamiento más certero con este que el resto. Repetir mensajes y hacer que tu interlocutor los repita también, sin posibilidad de chistar, de negar, pero tampoco de afirmar. Sin importar de dónde venga o a dónde se dirija, jamás verás a un hombre confesando que no sabe pensar.

Quizá no se ha vuelto evidente todavía, pero la fábrica es particular precisamente porque en ella todo se mueve por su cuenta: el producto pasa a convertirse en maquinaria y, el consumidor, en producto. Se trata de un movimiento cíclico y autosustentable, que se basta a sí mismo. Distinguir al hombre-producto del hombre-hombre es misión imposible; ambos se visten y se escabullen, se pierden, se camuflan y se borran por igual. Se anulan y se afirman a la vez. Se aplauden y se reproducen entre ellos, aunque no se soporten, aunque se critiquen y sueñen con su mutua destrucción. Verás a un hombre que, llegado el momento catártico de su existencia —el momento más esperado desde que fue concebido— pronuncie un comentario que no rebase las seis sílabas —“¡Extraordinario!”— sobre el filme X, del director X, en la revista X. Alguien a la distancia pensará que no se trata de nada fuera de lo común, pero tendrá miedo de cuestionar la palabra de uno menos estúpido que él, pensará que probablemente se le ha escapado algo, que tal vez no ha entendido nada y, por último, guardará silencio. El resto se irá con la finta. En veinte años, ese largometraje —que para un hombre (en realidad para muchos más), una vez, en algún rincón del universo resultó aburrido y simplón, predecible y soso— pasará a ser una pieza erudita e inalcanzable, incomprensible para aquellos que no están en la movida.

Estamos en una fábrica particular. Todos movemos y somos movidos. Somos partes irreductibles de discusiones de viento, de polvo, de nada. Pura palabrería vaciada de sentido, puro sentido bañado de palabrería vacía. Estamos en una fábrica particular. Nadie requiere y nadie es requerido

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