Una ciudad de metáforas



La revelación poética no es una constante de la vida cotidiana, al menos así lo suponemos por un hábito que contamina el andar del día y la noche con una serie de distracciones que surgen de cualquier rincón.

Quizá las grandes revelaciones son en verdad escasas, pero los elementos poéticos reinan entre las calles. Degradados y ocultos, probablemente, entre los juegos publicitarios que dotan a la poesía de una oscura utilidad para el empresario.


Pero miremos más allá: los rostros, las improbabilidades, las promesas al cruzar una esquina, el color cansado que, opaco, comienza a formar figuras entre las paredes de una casa destinada a la demolición. Así la ciudad fomenta el discurso poético.


Es una caldera donde los ojos fueron arrojados como ingredientes, pero retornan como la misma mano que prepara el porvenir.


Un edificio a mitad de construcción permite mirar su estructura. El trabajo del arquitecto no es tan distinto al del poeta porque cada uno manipula los diseños para hacer habitable un espacio. La materialidad de sus proyectos, sin embargo, tiene un interés muy distinto.


Pero al igual que un poema, el edificio se dota de un ritmo, de una cantidad de escalones, de una cantidad de ventanas y precipicios. Y después, la fachada se adorna con colores y texturas.


Vemos entonces que un edificio a medias es la oportunidad perfecta para proyectar distintos sueños y deseos, para erigir, en fin, el poema.


De igual manera uno puede distinguir el ritmo y el tiempo a través del tráfico.


En un viaje con cierta pesadez, ya sea por la inmovilidad de los coches o por el cansancio acumulado, se perciben dos características singulares en los rostros: una furia inusual o una resignación lastimera.


Absortos en identificar estas dos condiciones, el tiempo se transforma en una lenta espera. Así, como un verso encabalgado, nos mantenemos a la expectativa de avanzar.


Aunque resulte paradójico, los museos son los sitios menos propicios para hallar metáforas. Los recorridos casi inextensos, la poca astucia del silencio obligatorio y las explicaciones, en muchos casos vanas, reducen nuestras intenciones poéticas a un paseo escolar.

Pero no se dejen engañar por mi breve apología contra los museos.


Una vez que salimos de ellos, todo el aire contenido se dispersa, y alguna cosa que maduró muy dentro de nuestras entrañas, despierta por un claxon o un grito proveniente de algún puesto de comida.


Es así como la ciudad conversa con nosotros.


Es un juego de reflejos que nos devuelve incesantemente a la creación. Una ciudad en constante creación exige un ciudadano que sea capaz de crear constantemente.


Una ciudad de metáforas exige un ciudadano capaz de ser una metáfora para sí mismo y para los demás.

La ciudad nos dice otra cosa; nosotros, también. Basta con estar atentos para que aquellas cosas tan cotidianas sean nuestro íntimo destino.





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