Un vistazo diferente a la independencia de la india



Cuando la East India Company se estableció en la India en 1611, no tenían manera de saber que estaban dando el primer paso de un largo camino que culminaría en 200 años de control británico en el subcontinente.


Este control empresarial del territorio duró hasta 1858, cuando, tras una serie de levantamientos en contra de los altos impuestos y las terribles presiones ejercidas por la compañía, se transfirió el poder al Imperio Británico con la promesa (a la larga, vacía) de tratar a los locales como ciudadanos británicos en toda regla. Desde entonces y en 1947 concretamente, los ingleses mantuvieron control total sobre el subcontinente.


El proceso de independencia de la India se recuerda como uno notablemente pacífico: solo siete casualidades fueron directamente atribuidas al conflicto. Las imágenes de Hollywood de Gandhi y su lucha pacífica por el bienestar de sus compatriotas están tan profundamente enraizadas en nuestro subconsciente que nos es difícil concebir este proceso desde otro lente.


No obstante, esta pacífica consolidación de la independencia en realidad no fue la culminación del conflicto, sino el inicio de una segunda etapa particularmente sangrienta y traumática: la separación, primero ideológica y luego geográfica, entre los hindúes y los musulmanes, que resultó en la muerte de un millón de personas y el desplazamiento de 13 millones: la más grande transferencia poblacional de la historia de la humanidad, en ese momento.


La verdad es que, cuando pensamos en esta partición entre hindúes y musulmanes, nos es difícil dimensionar realmente qué implicó para estas personas tener que moverse del lugar en el que habían estado asentados sus ancestros para acoplarse a nuevas configuraciones geopolíticas que al ciudadano promedio le parecieron poco más que caprichos de extranjeros. Estos “caprichos”, sin embargo, llevaron a miles de asesinatos, torturas, conversiones forzadas y, encima, la violación de más de 70,000 mujeres.


Varias cosas llaman la atención de este proceso, pero una de ellas es, sin duda, el cinismo con el cual los británicos han logrado deslindarse de su responsabilidad en este sangriento episodio; la forma en la que, a pesar de toda la violencia que se vivió bajo su gobierno, el imperio británico continúa recordándose como uno marcadamente menos sanguinario que sus contrapartes, a pesar del papel central que jugaron en innumerables tragedias como estas con la excusa del “progreso” capitalista.


Es verdad que la intervención británica fue crucial para el establecimiento de la India como un país de importancia en el mercado internacional, además de ser responsable de la fundación de universidades, líneas de ferrocarril y telégrafo, y la construcción de miles de edificios que continúan en uso el día de hoy. Sin embargo, sería iluso no señalar que todos estos marcadores de “progreso” occidental capitalista sólo beneficiaban a una proporción mínima de la población (por supuesto, conformada en su mayoría por la élite británica blanca).


Cuando realizaron su aparentemente limpia retirada del subcontinente, los británicos se desprendieron narrativamente de la historia de violencia y desesperación que desencadenarían a su paso. Sin embargo, sus huellas ideológicas y políticas quedarán profundamente marcadas…

Otra de las cosas que más saltan a la vista de este proceso tiene que ver con la aparentemente súbita enemistad que se formó entre hindúes y musulmanes en el espacio de unas pocas décadas. En tan solo medio siglo, se había vuelto tan intensa que era difícil concebir que los dos lados pudieran coexistir pacíficamente.


Muchos historiadores actuales atribuyen esta polarización, en cierta medida, a las ideas implantadas por los británicos. Fueron ellos quienes comenzaron a delimitar y definir a las “comunidades” que poblaban estos países en términos religiosos; llevando a todos los indios y pakistaníes a preguntarse dentro de cuál de sus categorías cabían. El control que mantenían los británicos sobre la sociedad india, por ende, comienza en lo conceptual: las divisiones religiosas que habían causado tanto malestar en Europa parecen traducirse al discurso popular de la India.

O sea, las separaciones religiosas eran, en Europa, fuente de arduo debate y causa de más de una guerra. Al llegar a un nuevo territorio, los ingleses buscaron implantarle su modelo de comprensión, sus esquemas de pensamiento, del mundo a lo “desconocido”; ¿tiene sentido que hayan dividido a una población altamente entremezclada de acuerdo con un criterio tan esencialmente europeo?


Diversos líderes que eventualmente argumentarían a favor de la partición (los más claros ejemplos siendo Muhammad Ali Jinnah, líder de la Liga Musulmana, y Mohandas Gandhi, representante de sikhs e hindúes) estaban inicialmente en contra de una separación geográfica entre grupos religiosos.


Este es solo un ejemplo de la forma en la que las ideas británicas contaminaron la psique colectiva de los indo-pakistaníes, sembrando las raíces del violento conflicto. En este sentido, los británicos cumplieron su promesa de tratar a esta población como ciudadanos británicos: se les aplicaron todas las categorías y esquemas mentales europeos a un territorio cuya historia y geografía desconocían por completo.


Los británicos no solo son los indirectos autores intelectuales de la separación, también fueron responsables de su desastrosa dimensión logística. Para supervisar la supuestamente pacífica transición entre el gobierno británico y la India independiente, el rey Jorge VI eligió a uno de sus más cercanos oficiales: Louis Mountbatten, a quien nombró oficialmente Virrey de la India. Se le dieron instrucciones de intentar evitar la partición, pero de adaptarse a la cambiante situación y retirar a Gran Bretaña con el menor daño reputacional posible. Así de simple.


Para la importante tarea de establecer la línea que separaría a las dos naciones, Mountbatten escogió a Cyril Radcliffe, un abogado inglés que nunca había puesto un pie en el territorio. Radcliffe justificó su mediocre trabajo diciendo que, sin importar dónde pusiera la línea, las personas tendrían que reubicarse y sufrir las consecuencias.


Es imposible, sin embargo, realmente determinar las justificaciones de Radcliffe, dado que destruyó todos sus registros antes de irse de la India (una jugada para nada sospechosa, ¿verdad?). Los mapas en los cuales se basó Radcliffe para dibujar la línea no siempre estaban actualizados, por lo que estaba dibujando la línea basándose en una serie de mapas incorrectos de un territorio en el que nunca antes había puesto un pie.


Muchas de las fronteras naturales que eligió eran cambiantes, tales como los ríos, resultando en conflictos y confusiones; millones de personas aterradas de que la tierra en la que estaban paradas un día era la India y al siguiente podía ser Pakistán.


Esta división relativamente arbitraria, basada en fronteras preexistentes y marcadores naturales, no era más que una división conceptual, dado que los ingleses no propusieron un plan para separar físicamente a ambos países, permitiendo la brutal violencia que se suscitó más adelante.


Esto no necesariamente responsabiliza a los ingleses de la partición, pero definitivamente pone en duda qué tanta de la violencia que siguió a este proceso pudo haberse evitado de no haber sido los ingleses quienes tenían el control de las demarcaciones políticas.


Todo esto es, en parte, lo que llevó a la desenfrenada violencia de la que hablé en los párrafos iniciales. Es imposible saber si la crisis humanitaria pudo haber sido evitada de haberse elegido a alguien mejor cualificado para determinar la línea que reubicaría a millones de personas.


Incluso si no fueran directamente responsables de múltiples masacres y horrores en todas sus colonias (que, spoiler alert, sí lo son), sería posible argumentar que la muerte y sufrimiento de los indio-pakistaníes que vivieron la partición fue, por ponerlo sutilmente, exacerbado por las acciones del imperio británico.


Estas son las cosas que debemos tener en mente cuando nos hacemos imágenes mentales de la esencia de los distintos entes políticos y sociales de la historia. Como nos hemos dado cuenta en años recientes, el proceso de descolonización (que, aunque nos guste fingir que no, continúa hasta nuestros días) comienza en nuestras mentes. Comienza por deshacernos de las narrativas hollywoodenses que pintan las independencias de las colonias como hazañas de perseverancia y pacífica lucha por la justicia; señas de la pelea de la humanidad por acercarse a formar sociedades democráticas, y reemplazarlas con matizadas imágenes que reconocen las experiencias de trauma y sufrimiento innecesario por parte de pueblos que solamente buscaban reclamar lo que les correspondía. Analizar eventos como estos es solo el primer paso del largo pero importante camino hacia un pensamiento (y, tal vez algún día, un planeta) verdaderamente descolonizado.



Referencias

  • Marshall, P. J. “British Society in India under the East India Company.” Modern Asian Studies, vol. 31, no. 1, Cambridge University Press, 1997, pp. 89–108, http://www.jstor.org/stable/312858.

  • Jalal, Ayesha. The Sole Spokesman: Jinnah, the Muslim League, and the Demand for Pakistan. Sang-e Meel Publications, 2010

  • Chatterji, Joya. “The Fashioning of a Frontier: The Radcliffe Line and Bengal’s Border Landscape, 1947-52.” Modern Asian Studies, vol. 33, no. 1, Cambridge University Press, 1999, pp. 185–242, http://www.jstor.org/stable/313155.

  • Satia, Priya. Time's Monster: History, Conscience and Britain's Empire. Penguin Books, 2021.

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