Trampas del lenguaje en 'Conservas'


Aquello que vivimos, que nos pasa, que nos atraviesa y nos cambia, los sucesos por los que pasamos en la vida, llegan por una serie de construcciones, de pequeños granitos de diversos factores que se van acumulando hacia un evento en el espacio y el tiempo que nos transforma de por vida. Uno de esos factores que construye y que hila/deshila hechos es, por supuesto, el nada inocente y siempre culpable lenguaje. El lenguaje tiene un claro carácter carácter performativo. La teoría de los actos de habla nos dice que el discurso oral no consiste sólo de sonidos que emitimos al aire, sino de palabras que, al llevarse a la oralidad, realizan una serie de acciones lingüísticas cargadas de sentido que logran un efecto en aquello a lo que se le habla: estos actos de habla tienen un peso dentro de su realidad: la cambian, la modifican, la moldean. En Conservas, cuento de la autora argentina Samantha Schweblin, el lenguaje, entendido en su facultad de discurso, es decir, de actos de habla, juega un rol como configurador de la realidad sociológica de la maternidad.


La maternidad es un fenómeno social que se configura a través del discurso, del anuncio, de la puesta en lenguaje de un hecho que no es, por lo menos en un principio, inmediatamente notorio. La historia más famosa de maternidad comienza también por un anuncio: “y darás a luz a un hijo de nombre Jesús”. La enunciación de el suceso es lo que lo trae a colación y lo hace real ante los ojos incluso del agente de ese suceso, en este caso María. Antes de los evidentes cambios corporales que evidencían este proceso, todo es habla. El anuncio del embarazo hace que el mundo de la persona embarazada se comienza a reconfigurar en torno a esta noticia en todos los sentidos. En Conservas la narradora relata que cuando su mamá se resigna a la noticia de que Teresita va a llegar comienza a traer regalos, enunciándolos uno por uno: “—Este es un cambiador lavable con cierre de velcro…Estos son escarpines de puro algodón...Esta es la toalla con capucha en piqué…” (Schweblin 19). La implicación detrás de estos regalos, lo que esta lista de objetos está dejando ver, es una realidad de embarazo que se va haciendo cada vez más tangible: más que el objeto, es la intención de cada palabra que le está indicando a la protagonista que su embarazo está convirtiéndose en parte de su realidad, de su espacio, de su lenguaje. Esto desata una reacción negativa en la narradora, que inmediatamente muestra su duda con respecto al embarazo: “–Ay, no sé…—digo yo, y no sé si me refiero al regalo o a Teresita” (Schweblin 20).


En el primer momento del cuento, la narradora siente una angustia que es exacerbada por estos momentos del discurso en los que se afirma y conforma su embarazo. Asimismo, las atenciones de su mamá y su suegra, que se manifiestan por medio de palabras de cariño a su vientre y llamadas incesantes para preguntarle por sus hábitos y el estátus de su embarazo, contribuyen a traer a colación un hecho que todavía no quiere reconocer.


Para analizar los roles de, lenguaje en el cuento podemos estudiar los personajes con relación a su objeto de deseo. En este caso el sujeto es la voz narradora femenina, que es nuestra protagonista. Su objeto de deseo en un primer momento consiste en no traer a la realidad ese hecho, o negar un poco que va a pasar de manera tan repentina e inesperada, ya que no es el momento de su vida en el que lo deseaba. El lenguaje como actante en el primer momento del cuento se configura como un oponente a ese objeto de deseo, porque es el recordatorio incesante y constante de que ya es una realidad, y esta realidad se solidifica cada vez que alguien menciona algo sobre Teresita.


Posteriormente la naradora comienza un tratamiento médico cuyo objetivo es posponer el embarazo por medio de un proceso de reversión biológico y social. Su doctor, Weisman, interroga a la pareja acerca de sus relaciones interpersonales y enfatiza que el rol que sus familias van a jugar en el tratamiento es de suma importancia: “no salirse de las instrucciones que les indicaron”, mismas instrucciones que también incluyen claramente indicaciones con respecto a la construcción cuidadosa del discurso que debe de haber a lo largo del tratamiento. Manuel, su esposo, “se muere de ganas de abrazarme y decirme lo mucho que me extraña. Pero así hay que hacer las cosas por ahora; no podemos arriesgarnos a salirnos ni un segundo del guión”. Lo que la narradora denomina como ‘guión’ es precisamente las palabras en forma de discurso que configuraron previamente el entorno social con respecto al embarazo y lo trajeron a la realidad. El objetivo de estos ‘guiones’ que se deben seguir con respecto a lo que se debe enunciar o no es, precisamente, deformar el discurso en torno al suceso del embarazo para cambiarlo.


Es evidente que el discurso como actante tiene un cambio de rol en el segundo momento del cuento. Se desplaza de su rol como oponente del objeto de deseo, que es el posponer el embarazo, a fungir como el ayudante. Esto no se da de manera natural, ya que hay un discurso asignado para el evento del embarazo de acuerdo al código social tradicional y se modifica por completo para impedir que el suceso se haga tangible. En el cuento, esto funciona de dos maneras: una de ellas es la elisión del discurso, de dejar de hacer siquiera la más mínima alusión al suceso. El segundo recurso es construír un discurso que gira en los campos semánticos de aquello que se va, o que se devuelve, como el instante en el que la mamá de Manuel va a recoger los regalos haciendo énfasis en el reclamo del objeto, en su devolución exacta. Esta construcción cuidadosa de lenguaje en torno a lo que se va se ejemplifica de manera perfecta en la última visita que hace la mamá de la protagonista del cuento a su hija:


Mamá pide acariciar por última vez la panza. Me siento en el sillón, ella se acomoda al lado mío y habla con voz suave y cariñosa. Acaricia la panza y dice: Esta es mi Teresita, cómo voy a extrañar a mi Teresita, yo no digo nada, pero sé que, si hubiera podido, si no hubiera tenido que limitarse a su lista, hubiera llorado.


Al hacer alusión a esto que se va, el mundo y la realidad se ven impactados por ese discurso, y responden a él de manera directa. Hace una especie de trampa al no corresponder el embarazo con su construcción discursiva correspondiente, lo cual, al final del cuento, consolida el éxito de nuestra protagonista. Nos encontramos, entonces, frente a un lenguaje tramposo que sabe que su rol dentro de la creación de realidades es más grande del que pensamos, y nuestra protagonista se apropia de él para que la realidad funcione a su favor.


Aquello que los personajes dicen/dejan de decir, por lo tanto, tiene una capacidad de traer el suceso a la esfera de lo real o de lo no real mediante lo que se enuncia/lo que no se enuncia. Cuanto más se acerca el momento climático de la reversión del embarazo, se vuelve más crucial que las personas que forman parte del entorno de la protagonista sigan el guión al pie de la letra. “Empieza el tercer mes, el penúltimo. Es el mes en el que más protagonismo van a tener nuestros padres: estamos ansiosos por ver que cumplan con su palabra y que todo salga a la perfección (…) . Esto nos indica que el lenguaje no es sólo uno de los factores que configuran los hechos de nuestra realidad, sino, tal vez, uno de los más importantes.


El efecto que este rol del lenguaje como actante tiene en el lector es claro: el cuento nos

da a entender, de manera clara, que aquello que decimos o que no decimos importa.



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