Sobre lo innombrable en la violencia



Las representaciones tradicionales de la violencia casi siempre involucran caos—un coro de sonidos fuertes, visiones explosivas, estímulos, sensaciones, todo maximizado amplificado retumbante.


Sin embargo también hay violencias sutiles, violencias que se dedican a inmiscuirse en lo callado, violencias que generan e incentivan silencios, que son inarticulables.


En un bombardeo mediático constante de situaciones terrible y explícitamente violentas en un nivel caótico—la guerra siendo un latente t horriblemente presente ejemplo— nos quedamos petrificadxs ante este constante recordatorio de que el primer tipo de violencia, normalmente objeto de los medios cinematográficos cuando no tenemos que vivirlo en carne y hueso, sí existe y es más cercana de lo que imaginamos.


Sin embargo, no siempre queremos o podemos visibilizar lo ominoso de estas violencias cotidianas que le traen un nuevo significado a la expresión se me fue el aliento. La que se encuentra en las llamadas microviolencias, que de micro no tienen nada. La que se planta en los zapatos de cualquier persona que camine en la parte oscura de la ciudad a solas. La que te impide ver a ciertas personas peligrosas a los ojos, porque reconocerles como seres, percibir sus rostros, significa ponerte en la línea de fuego de manera involuntaria. El acto de ver a una persona deviene no sólo extrañeza sino abyección, se convierte en un error que te puede costar la vida. La mirada una herramienta para que la persona equivocada en el momento equivocado lo tome como una invitación: saberme aquí, reconocerme, elevar tu rostro hacia mí es retarme, y al poder no se le reta.


Hemos infundido de violencia los actos más humanos, los meros acercamientos a la vida.

Y la volvemos intraducible, porque ¿cómo ponemos en palabras que actos como ir al parque, como tomar el transporte público, como encontrarse con un policía que se supone asegura tu seguridad día con día, como salir de la casa se han vuelto en oportunidades de vivir violencias que ya parecen formar parte del imaginario colectivo de una manera tan descuidada, un simple hecho del azar o de la mala suerte?


¿Cómo llegamos a reconocer tan fácilmente que esto siempre fue parte de nuestro ser, de nuestra manera de dirigirnos entre nosotres?


Hay violencias innombrables y hay algo innombrable en la existencia de la violencia. Hay algo en su cercanía. Hay algo en lo fácil que puede asentarse sobre cualquier día, sobre cualquier persona, sobre cualquier escenario. Hay algo en su siempre-posibilidad que marea, desconcierta, que confunde. Hay algo innombrable en saber que no tendría que ser así, que tendrían que ser suficientes las violencias individuales del ser y existir como para sentirnos capaces de extenderla hacia otres, hacia le otre, hacia colectivos, ciudades, países, razas, especies.

Hay algo decididamente innombrable en la violencia.



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