Sobre el deseo de una proximidad casi perdida

“It is true, we shall be monsters, cut off from all the world; but on that account we shall be more attached to one another.”




La tercera parte del 2020 no empezó tan bien como esperábamos. El dejà vu que nos dejó estas vacaciones saturó toda ilusión de progreso que podíamos hacer generado: una vez más despertarse a escuchar, de algún lado u otro, la lista de contagiades, una vez más sin saber exactamente cómo responder ante la noticia de otra familia entera contagiada, una vez más sintiendo que el círculo de personas con las que podemos interactuar de manera cercana es cada vez más y más pequeño, más y más asfixiante: amigues van reinfectándose, ambientes personales se van volviendo más riesgosos, y las fiestas como quisiéramos vivirlas se ven cada vez más lejanas. Probablemente estés a punto de cerrar este ensayo porque, ¿realmente quién quiere saber más de esta estúpida pandemia?


La época de los juicios morales sobre cuál es la manera correcta de vivir la vida en una pandemia quedó atrás, allá donde todo realmente se sentía apocalíptico como en las películas y no como caminar en un líquido más denso que la miel y a contracorriente, desesperades y aburrides por encontrar un poco de alivio. Dichos juicios no aliviaron tensiones ni sirvieron de nada más que para hacer sentir superiores a quienes tomaron absolutamente todas las precauciones que se podían tomar, y hasta ellos probablemente ya se enfermaron, ya bajaron la guardia. Juzgar no nos ha llevado a nada, ni creo que nos lleve. Especialmente en épocas de fiestas, con la necesidad de proximidad con amigues y familia que se nos ha incrustado culturalmente, creo que es hora de dejarlo atrás para, como todo en la vida, proceder con empatía y cariño.


Ahora, esto no quiere decir que nos dejemos de cuidar por completo. Aún tenemos muchas responsabilidades como ciudadanes que habitan un mundo real, pero esas responsabilidades se limitan al espectro de nuestras posibilidades personales y de hacer lo que podemos con lo que tenemos. Y pretender que podemos sobrevivir sin contacto y proximidad, sin cariño y vida de otros seres, es negar nuestro aspecto más humano, es salir de una pandemia de COVID para entrar en una dura, densa y profunda pandemia de salud mental. Necesitamos de les otres, no específicamente por el propósito de alguna u otra fiesta, sino porque socialmente hemos designado estas fechas para el descanso y parte de ese descanso es vivir el amor y el cariño de quienes queremos tener cerca. El simbolismo más grande de las celebraciones decembrinas es la compañía, es la cercanía de los cuerpos otros que te rodean y, aunque no amemos a todos, aunque claro que existen fiestas que son infernales para muches, eventualmente, aunque sean unos segundos, aunque sea completamente fuera del ámbito de lo estricta y formalmente familiar, tenemos el cariño que construímos y adquirimos con los seres que realmente nos valoran. Y no somos malas personas por quererles cerca, por quererles en persona y no a través de una pantalla, por necesitarles.


Hay muchas culpas en el aire, internalizadas y externalizadas, preasignadas, aventadas, aplastadas y embarradas en estos tiempos de pandemias y fiestas. Entendible tener frustraciones, miedos y rencores si se llega a una situación de enfermedad familiar que parece inescapable. Entendible que tengamos todos estos sentires confusos que no sabemos dónde apilar, porque el mundo parece estarse cayendo a pedazos de la manera más lenta e insoportable posible mientras intentamos aferrarnos a lo que conocemos y sabemos hacer, como invocar a los cuerpos y presencias de quienes amamos a existir con nosotres mientras eso pasa, a pesar del riesgo que ahora deriva de una actividad tan instintiva para nosotres. Entendible nuestra incapacidad de conectar el vernos y vivirnos con algo malo, ¿cómo podríamos? La existencia en conjunto es una de las pocas cosas que nos anclan, que nos dan luz, que nos dan sentido.


No hay peros ni sin embargos en esta conversación. Más allá de los análisis teóricos con respecto a las transformaciones del cariño y los afectos en esta pandemia, intentemos proceder con empatía y con amabilidad frente a las situaciones tan fuertes que pueden derivar de querer, de buscar, de desear esa proximidad en estas fechas. Amabilidad para les otres y amabilidad para nosotres mismes. Amabilidad por querer estar con nuestras parejas, por querer emprender un pequeño viaje, por tomar la mano de nuestras abuelas, por cocinar con nuestras mamás. Amabilidad cuando no actuamos con completa racionalidad y completa disciplina cuando sentimos la necesidad de expresar y recibir cariño. Cuidado donde se puede, y amabilidad. Precaución donde se puede, y amabilidad. Siempre amabilidad.



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