Reseña nefandilla. ‘Nefando’, de Mónica Ojeda

Diegardo Corgóngora








Lo nefando, según la Wikipedia, es algo abominable que va en contra de lo ético y la moral. Eso que no se dice, y si se dice se condena, se teme, pero se sabe que ocurre. No es un tabú, porque de lo nefando sí se llega a querer hablar; pero son contadas las veces que se logra hacerlo. Lo nefando incluso llega a carecer de qué, pero jamás de un cómo. Y es posible ver eso en Nefando, de Mónica Ojeda, de 2016: un cómo que se va describiendo, narrando, y que va encontrando su camino entre la selva palpitante de carne que es el lenguaje, y que quiere encontrar el suyo propio.


Un cómo descriptible, más no totalmente localizable, que siempre escapaba de ser fijado en palabras, prolífico de sensaciones.


Y el miedo, el miedo que mete lo que no se conoce. Lo que ha de estar pasando en alguna parte del mundo y una ni en cuenta. La cosquilla por pensar en el placer que nos perdemos por miedo al dolor, o del dolor perdido por miedo al placer.


Y del encuentro con la carne. La de seis cuerpos que viven juntos en un departamento barcelonés.


Lo que se cuenta de quien escribe, y lo que escribe quien está siendo contada: Kiki escribe una novela, con ayuda de la beca FONCA, “Biblioteca de la Pornovela HYPE”, que es una búsqueda por encontrar su lenguaje, su palabra, la que ella dice y plasmarla. El Cuco Martínez, Hacker y creador de scenes en la red. Iván Herrera, master en creación literaria y experimentador del dolor, de su cuerpo, que siente que debe de dolor, pero que siente que lo único suyo de su cuerpo es el dolor. Y los Terán: Irene Emilio Cecilia Terán, trastornados hasta el punto de no parecerlo y de aceptar lo que les sucedió hasta considerarlo como parte de sí mismos, definitorio. Y por último: Diego, Eduardo y Nella, los personajes “Biblioteca de la Pornovela HYPE”, carne de lenguaje, batailleanos.


Morar en el dolor, en el placer, no solo en la carne sino en la carne del lenguaje que se torna pútrida como la de nosotros, en la carne cibernética y programada del internet, es lo que también sucede en Nefando. Ojeda plasma el como del trastorno y del síntoma, el cómo de lo que jamás se diría por varias generaciones, el cómo de los cuerpos que desean sin restricciones, de los que anhelan. Mientras configura una trama de retazos, huecos necesarios y entre lo que uno se puede imaginar y lo explícitamente descrito.

El dolor que dejan las historias inconclusas, de las que solo se sabe algo por terceros, el miedo y vértigo de no saber.


El miedo y vértigo, el decir nada cuando se habla de dolor, de cuerpo y por no poder escribir, de vivir.


Iván Herrera vive su cuerpo como una carga, como algo qué castigar, ya que no precisa ni se ve como parte de este. Kiki anhela su voz, y va por ella, rompiendo moral, ética y gramática, así como el Cuco y su videojuego mandado a hacer, Nefando, a petición de los Terán. Y los Terán, que viven por querer dar a conocer y poner en la luz lo que les sucedió, los recuerdos fotográficos, las memorias, del daño y abuso que sufrieron por parte de su padre; y que, probablemente, gozan. Diego, Eduardo y Nella, jóvenes que viven su cuerpo desde la disnea indiferenciable del dolor y el placer. Desde la puesta en crisis del ano, culo, vagina, los orificios y fluidos, la violación y abuso, la pornografía infantil, desde la mutilación, desde la imposibilidad del término “saber hablar”. Porque ¿quién sabe hablar, no? Solo se habla.


“La creación de tu yo era a partir de la violencia y no había nada de belleza en el proceso, o sí, pero ¿cómo iban ellos a saberlo? ¿Cómo iban ellos a saberte si ni quiera podían pronunciarte?”


Mediante viajes entre el tú, yo, el(lx), Ojeda confronta la violencia con narración, poesía y ensayística. Confronta algo ya visto y que se va mirando: la maquinalidad de los cuerpos y la carne, el dolor desde el lenguaje, el horror que día a día se plasma en internet, el espacio vacío que el mundo deja sin representación: lo Nefando.





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