Reivindicar el chisme



Tengo un recuerdo interesante de cuando estaba a punto de iniciar mi carrera universitaria. Un poco antes de nuestra graduación, una compañera expresó interés en estudiar filosofía. El profesor con el que estábamos discutiendo las posibilidades de nuestro futuro académico solo la miró por un segundo y le dijo: “Eres demasiado chismosa como para estudiar filosofía”. En ese momento yo solo pude asentir, ligeramente orgullosa de no haber sido la receptora de un comentario como ese.

Pero ahora, algunos años después, soy capaz de regresar a la escena con un poco de distancia. ¿De dónde venía esa oposición entre la filosofía y el chisme? ¿Por qué no podían ser compatibles entre sí? Me doy cuenta de que mi profesor tenía un esquema jerárquico de los tipos de discurso, donde la “verdad” de la filosofía era superior a las “banalidades” del chisme. Por eso no encajaban entre sí: el conocimiento filosófico no podía estar contaminado por las opiniones de asuntos cotidianos. ¿En qué está sustentada esta jerarquía? ¿Podemos reivindicar el chisme como un medio social valioso?

En un episodio reciente del podcast Afrochingonas, Scarlet Estrada define al chisme como “un relato con tintes de ficción, que es una ventana a la vida íntima de las personas” (Angola, Estrada, Figeroa, 2022). Patricia Fasano, en El chisme: una práctica que performatiza la sociabilidad del barrio, abre con una serie de creencias comunes relacionadas con esta manifestación discursiva:

a) Parecía ser una práctica omnipresente en la vida cotidiana del barrio; b) era siempre atribuida a los “otros” (y especialmente “otras”); c) provocaba temor de “caer en sus redes”; d) todos expresaban que, ante ese riesgo, lo mejor era “no meterse” (con el chisme). (2008, p. 1)

Me parece que estas características contienen o presuponen una serie de binarismos: lo real y lo ficcional, lo sustancial y lo cotidiano, lo público y lo íntimo/privado. Lo interesante es que no son distinciones neutrales, sino que implican una jerarquía que, entre otras cosas, señala qué tipos de discurso son valiosos y cuáles es preferible evitar. Hablando del chisme, en este segundo dominio hay criterios morales en juego, pero sobre todo epistémicos (es decir, que tienen que ver con la construcción de conocimiento). Me quiero centrar en estos últimos.

Miranda Fricker, una de las principales autoras de la injusticia epistémica, señala una clase distintiva de disfunciones; a saber, aquellas en las que ciertos hablantes son puestos en desventaja con respecto a su validez como sujetos productores de conocimiento (2019). Ella, y otrxs autores de la misma línea, hablan de que occidente ha puesto más validez a lo racional, lo verdadero y lo universal. Y rastrean cómo eso ha expulsado, no solo a otras formas posibles de conocimiento, sino a grupos marginalizados que se han considerado como hablantes menos viables (Fricker, 2019; Tuana, 2019).

Nancy Tuana, por ejemplo, explica que la racionalidad se ha entendido históricamente en relación a lo masculino. Las emociones, lo corporal, y el espacio privado —que se han asociado con lo femenino— se han desvalorizado (2019, p. 126).

Pienso que el chisme ha sido una de las víctimas de esta tradición de occidente, donde la imagen típica del sujeto de conocimiento siempre ha sido la del científico blanco de clase media-alta, nunca la de la tía chismosa de barrio. Por eso creo que es posible reivindicar el chisme como una forma femenina, periférica del habla: una que pone en conflicto las categorías de verdad y falsedad, realidad y ficción, objetividad y subjetividad. Y al hacerlo permite cuestionar las jerarquías que invisibilizan a ciertos sujetos.

Además de sus características y definiciones, también hay una estructura del chisme, que es donde yo encuentro su potencialidad. Existen lugares específicos para hacerlo, criterios para elegir qué situaciones son dignas de ser contadas, e incluso algo que llamo redes de confianza del chisme.

El chisme siempre empieza con un reconocimiento de sí mismo. El “te voy a contar un chisme” implica cierta distancia, cierta conciencia de la posible falsedad o los “tintes de ficción” del relato. ¿Por qué eso tendría menos validez que hablar en nombre de la verdad? Yo pienso, al contrario, que las formas de habla que evidencian su propio carácter subjetivo son más interesantes que aquellas que lo ocultan bajo la pretensión de universalidad.

A veces a ese auto-reconocimiento le sigue un “pero no le puedes decir a nadie”, que quizá es parte de lo que Valeria Angola llama ética del chisme (2022). Yo creo que, además de eso, es lo que le da forma a las redes de confianza que mencioné antes. Wendy Cárdenas-Parra argumenta que el yo chismosx, el Dasein de la cotidianeidad, se caracteriza por configurar a un nosotrxs a través de hablar de lxs otrxs (2018). Y cuando alguien decreta que “nadie puede decirle a nadie”, confirma su confianza con lxs receptores de ese chisme en particular (que probablemente tienen su propia red de confianza con la que después irán de chismosxs, y a quienes también les harán prometer que no dirán nada a nadie).

En ese sentido, el chisme pone en conflicto la separación entre las esferas de lo privado y lo público. Hablar de algo íntimo/privado hace que deje de serlo. Pero el chisme solo se practica en confianza y en secreto, por lo que de algún modo mantiene el carácter inicial del evento en cuestión. El chisme está en ese límite: no es ni privado, ni íntimo, ni público. Tiene su propio espacio político.

Cuestionar que esas esferas estén escindidas y cerradas sobre sí mismas es valioso: permite polemizar las divisiones del espacio según el género, la clase y la raza. La defensa de lo privado suele contener un impulso de blanquitud y masculinidad.

Ahora bien, con esas redes de confianza puede haber un peligro: “el nosotrxs es construido a través de la exclusión de otrxs que no corresponden a las formas de ser fijadas por el nosotrxs” (Cárdenas-Parra, 2018, p. 19). Es decir, fijar un nosotrxs puede significar la exclusión o la sanción de otrxs. Como dice Valeria Angola, esa parte punitiva del chisme es dañina porque se puede convertir en una suerte de “cancelación privada de otra persona” (2022). Por eso es importante tener cierta criticidad en cuanto al chisme: para evitar que nos distancie de lxs demás.

El chisme suele terminar con otro auto-reconocimiento, aún más interesante que el primero. “Te voy a contar un chisme” es la frase que abre la sesión de comentarios y observaciones sobre las situaciones de vida de lxs otrxs. Y ese intercambio se cierra con un “pero pues cada quien”, con el que las partes involucradas relativizan de algún modo su propio juicio y, con ello, dan por terminado su viboreo.

Si revalorizamos esta estructura del chisme, con todo y sus tintes de ficción, podremos repensar las formas de construcción de conocimiento en general. Y sobre todo, podremos verlas no como algo puro, abstracto, enfocado solo en la verdad universal, sino como algo contaminado por la cultura, la sociabilidad, lo particular. El chisme no es un discurso comprobable, impoluto; muchas veces ni siquiera es consistente. Pero está circulando; se está moviendo por canales alternos, subterráneos, periféricos. Y yo diría que eso lo hace un objeto cultural digno de ser reivindicado… pero pues cada quien.


Fuentes

—Angola, V., Estrada, S. y Figueroa, M. (Anfitrionas). (19 de Mayo de 2022). 5.5: Chisme. En Afrochingonas. https://podcasts.apple.com/us/podcast/afrochingonas/id1510269432?i=1000562575163

—Cárdenas-Parra, W. N. (2018). El chisme como espacio de creación. (Trabajo de grado, Universidad Pedagógica Nacional). Bogotá.

—Fasano, P. C. (2008). El chisme: una práctica que performatiza la sociabilidad del barrio. En IX Congreso Argentino de Antropología Social. https://cdsa.aacademica.org/000-080/107

—Fricker, M. (2019). Evolving concepts of epistemic injustice. En Kidd, I. J., Medina, J., & Pohlhaus, G. The Routledge handbook of epistemic injustice (pp. 53- 60). London: Taylor and Francis

—Tuana, N. (2019). Feminist Epistemology: The subject of knowledge. En Kidd, I. J., Medina, J., & Pohlhaus, G. The Routledge handbook of epistemic injustice (pp. 125 - 138). London: Taylor and Francis.





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