Razón del sinsentido. Samuel Beckett como figura del “absurdo”

Jorge Luis González


via: Flashback.com

Toda revolución estética, en un sentido de plenitud, es absolutamente necesaria. No hay arte fortuito; toda obra pertenece a un sentido particular que está escrito en un fragmento de la historia. Tampoco hay propuestas originales –ilusión vana que el romanticismo ha impregnado en nuestros sentidos- sino que el arte mismo exige una reestructuración constante. Es natural que los ciclos artísticos dejen una huella, que sólo es un rastro de otra huella, y su esencia prevalezca durante algún tiempo. Esta esencia, mientras más se refuerza, se torna asfixiante y arroja su propio tiempo de vida hacia el espejo de la metamorfosis.


Caducada ya la razón científica por la Segunda Guerra Mundial, Samuel Beckett emergió de una crisis profunda para entregar su obra al desdén de la estructura intelectual más nunca al desdén de la inteligencia en sí, la cual se manifiesta de múltiples formas en sus novelas y sobre todo en la inagotable Esperando a Godot. No hay que decir mucho más de la época tormentosa en la que vivió el escritor irlandés: la guerra es persecución, es muerte, es violencia, es desamparo, es arte y, cuando no queda nada más que ser, es paz.


Cualquier narración precisa de la guerra quedaría desplazada por la oquedad silenciosa que fue sembrada en la conciencia humana, razonable sería entonces escribir páginas en blanco como el testimonio más fiel de la guerra. Beckett agotó sus posibilidades intelectuales, abandonó su lengua materna de la misma forma que uno abandona su vida a cada segundo y encontró en el “absurdo” un símbolo en donde recostar su nueva lengua: la francesa. Hay en el absurdo un intento por solapar el alma y transfigurar ese sentimiento de oquedad en una emoción.


Las historias de Beckett parecen no tener fin ni principio –como el sufrimiento- y transmiten una incierta avaricia sobre el escritor: no se nos está diciendo nada y lo poco que se nos dice es, aparentemente, ininteligible-. Más una vez que se ha completado la obra, un pequeño cosquilleo nos mantiene alerta: la razón en el sinsentido. Toda palabra es precisa, aún dispersa, aún en caminos laberínticos, aún en un diálogo aparentemente inútil. Todo punto, coma, punto y coma; todo silencio es absolutamente imprescindible.


Beckett nos revela su virtud como ninguna; disfraza las palabras, las desecha, las convierte en una sombra y detrás de todo aquello el absurdo, de pronto, comienza a tener sentido. La belleza encuentra sus propios caminos inusitados y enredados para los ojos y recorre distancias inimaginables. Así como muchos son incapaces, aún en la virtud mexicana de convivencia con la muerte, de mirar lo bello en el duelo, lo bello en la violencia, lo bello en lo obscuro, Beckett desentrañó la belleza en el vacío: generó luz en el abismo. Incluso su afamada frase “fracasa mejor” –que nada tiene que ver con un hábito de esperanza, sino con que la vida es una larga sucesión de fracasos y nada más queda que fracasar mejor- esconde un tenue deseo, una fe ciega y sin motivo que arrastra al hombre hacia el bien de manera inevitable. No hay mayor desamparo para el ser humano que saberse solo y, tal vez, Beckett encontró compañía incluso en el vacío, en el único sentido de la vida que es no tener sentido.


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