Bullfighting: Réplica a la "Réplica de 'El diálogo de sordos' de Mauricio Merino"

Actualizado: may 17

Francisco Ibáñez García




Ben Garrison


Mauricio hace un recuento del diálogo político; representa la frustración y el hartazgo entre distintos grupos de personas que no se logran comprender. El problema, señala el autor, está en las bases del diálogo mismo. Grupos políticos que parten de distintos conceptos fundacionales, definiciones que son condición de posibilidad de la discusión constructiva. Este considera que la dilación mencionada representa un obstáculo insuperable para el diálogo entre facciones.


Yo, personalmente y para el caso particular del diálogo político, ubico otras barreras que parecen ser incluso más complejas de sobrepasar. Creo que el problema no yace en la dinámica de poder ni en la definición de los conceptos. Si algo me parece evidente, es que este diálogo político es intrascendente, vacío de contenido y, desafortunadamente, un medio sin valor propio para el reconocimiento de poder político. Más bien, parece haber una finalidad compartida entre grupos políticos, la dominación en lo particular, de tal suerte que las ideologías solo funcionan para diferenciar superficialmente a grupos que son, sustancialmente, idénticos.


Para entender esto, hay que hacer una breve comparación entre los llamados “gobiernos neoliberales” y la administración actual, que pregona ser un “gobierno de izquierda”. En términos de diseño institucional, ambos han implementado estructuras muy similares: un poder ejecutivo altamente centralizado acompañado de una figura presidencial protagonista, poca autonomía para las entidades federativas, poco respeto a los derechos humanos y una estructura de militarización para combatir al crimen organizado.


No obstante, por más que podamos encontrar diferencias superficiales en estas políticas, son muy parecidas sustancialmente. Y, lo que es aún más importante, son herramientas equivalentes dentro del contexto del empoderamiento.


Al fin y al cabo, se comparte la finalidad de concentrar el poder por medios institucionales y, desafortunadamente, el diálogo se relega al plano secundario.


No quiero decir que no vale la pena analizar el diálogo político y sus contradicciones, pero hacerlo sin entender la estructura que lo subyace termina volviéndose un ejercicio contraproducente.


Además, esto amerita una reflexión de los incentivos que existen dentro de la política mexicana. Al fin y al cabo, el acaparamiento y la centralización del poder no constituyen fines validos en sí mismos, mucho menos dentro del ámbito político. Los políticos deberían buscar empoderar a lxs ciudadanxs desde el servicio público.


Viéndolo así, creo que el problema central no es que no se entiendan, si no más bien que, para conservar su poder, no les conviene entenderse.



Réplica de Mauricio Peña:


En su columna “Réplica a 'El diálogo de sordos' de Mauricio Merino”, Francisco Ibáñez García refuta la trascendencia del análisis de la retórica política contemporánea. El autor argumenta que el problema de la polarización política actual no es el desconocimiento o rechazo de los conceptos o postulados políticos de los distintos actores de la vida pública, pero la completa falta de sustancia ideológica que subyace al discurso. Francisco expone el crudo cinismo de la política: la clase gobernante y la oposición, como en muchas otras sociedades del mundo, se han desdibujado ideológicamente y han perdido total credibilidad para sectores enteros de la población en los últimos veinte años. La disonancia cognitiva de la fauna política mexicana es palpable: sus decisiones en el gobierno son poco diferentes (si no es que exactamente iguales) a la de anteriores gobiernos de “otras” fuerzas políticas que abiertamente rechazaron en sus campañas, haciéndose notar que la única gran distinción entre éstas fuerzas es la retórica propagandística que se desprende en medios y campañas electorales.


Por ello, los postulados de los distintos grupos parlamentarios, los partidos políticos, sindicatos, medios masivos de comunicación y grupos empresariales son ya vagos e intrascendentes, y sus miembros más prominentes son al día de hoy figuras polarizantes e incompetentes en el ejercicio de sus funciones más esenciales, poniendo así en peligro el sano desarrollo de la vida democrática del país. De todas formas, vale la pena revisar si el debate público ha perdido total rumbo para volverse otro activo más del marketing electoral, o si este tiene un futuro relevante en el fortalecimiento y consolidación de la débil y frágil democracia mexicana.


Es mi opinión que la disonancia entre lo que se dice y lo que se hace es uno de los muchos costos de cualquier sociedad que se presume como democrática, y eso es especialmente cierto en un país como México. El ejercicio del poder en países con enormes disparidades sociales e instituciones y sistemas jurídicos débiles, donde la influencia pública se concentra en grupos de poder cuasi oligárquicos y mafiosos, pone una gran presión en sistemas políticos de corte ultra-presidencial como el nuestro que requieren, entre otras cosas, de una gran legitimación popular para garantizar la gobernanza del país. En otras palabras: sin legitimidad popular no se puede gobernar México (a lo mucho se puede administrar, como sexenios anteriores han demostrado), y sin un discurso extremadamente popular (si no es que populista), ningún gobernante puede gozar de dicha legitimidad. Ese es quizá el gran talón de aquiles de nuestro sistema político y la horrible consecuencia de nuestra deficiente Constitución y sus quiméricas reformas a gusto y modo: garantizar la gobernabilidad al día de hoy en un país como el nuestro empuja a las fuerzas políticas hacia el autoritarismo populista, y no hacia el diálogo, la negociación y la institucionalidad que garantice el sano balance de poderes en defensa de la ciudadanía y sus derechos.


Quiero aclarar que esto de ninguna manera justifica el cinismo y la bajeza de la clase política en su discurso. Sencillamente expone los costos de aventurarse en el experimento de la democracia occidental en un país que históricamente ha rechazado la institucionalidad en favor del centralismo, el compadrazgo, la corrupción y el autoritarismo y el presidencialismo hedonista e histriónico que caracteriza la historia de nuestro país. Por ello, fuera de sólo criticar al discurso sin substancia, debemos caracterizarlo no como un problema, pero como el resultado de otro problema mucho más profundo y relevante para el futuro de la democracia en México: la consolidación de una cultura democrática-institucional que prevalezca por encima de los intereses de los actores que juegan en la ruleta de poder que hoy llamamos elecciones. Por ello, el darle relevancia al discurso político no debe ser abandonado. Representa uno de los pocos medios disponibles a los ciudadanos para que interactúen con sus gobernantes y debatan los temas públicos entre ellos. Por más contraproducente que parezca, la retórica política (vacía o no) podría ser la única válvula de escape que le permita al país consolidar su proyecto democrático, puesto que fomenta un mínimo nivel de diálogo (mediocre, pero diálogo al fin) y habilita a los individuos a sentirse parte de la gobernabilidad de la nación. El siguiente gran paso, finalmente, es que sean parte de la gobernabilidad de la nación. Aquello es fundamental. Sin este diálogo, la segunda mejor alternativa sería el abandono de la fé en la participación política, el definitivo regreso al autoritarismo unipersonal y la muerte de la apuesta democrática en México.







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