Querer tener lo que se tiene

(¿Y a poco no toda comunicación escrita —toda comunicación, diría yo— es un baile torpe con otro cuerpo que nunca alcanzaremos a abrazar?).

Robin Myers



Un profesor de poesía dice que enfrentarse a un poema que lo sacude pero no entiende del todo es como estar navegando en medio del mar, estar sobre su superficie y saber que abajo -aunque no se vea- hay un abismo interminable: hay veces que no se ve por completo lo que se siente al leer un poema; se tiene ese abismo enfrente, se percibe solamente su silueta, su sombra, alguna de sus partes expuesta. Hay veces que la comunicación se tiene que truncar para comunicar más. Eso me pasó con muchos de los poemas de Tener / Having (Ediciones Antílope, 2019), de la poeta estadounidense Robin Myers (Nueva York, 1987), traducido por Ezequiel Zaidenwerg, poeta y traductor argentino. En las anotaciones que hice en los márgenes de las hojas hubo varias ideas que se repetían, como si fueran la columna vertebral del libro, una cuerda que anudaba las diferencias entre ellas para conformar una unidad:


1. El libro bilingüe


No sé de poetas, más que de Robin Myers, que los libros que hayan publicado sean solamente en ediciones bilingües. Myers se fue a vivir a Oaxaca en el 2005 y actualmente vive en la Ciudad de México. Se dedica a traducir poemas del español al inglés y a pesar de que escribe poesía solamente en inglés todos sus libros son bilingües. Tal es el caso de Tener.


Lo interesante es que los poemas del libro están hechos de esa manera: como si fueran seres que nacen con dos corazones. Myers, al respecto, dice esto en una entrevista: “Es un caso extraño, y para mí cada vez más bello, el hecho de que las traducciones de Ezequiel realmente sirven como el original. […] Hay una especie de hibridación en la experiencia como poeta, que he tenido, entre mi propio trabajo y la traducción hecha por otra persona, que es principalmente Ezequiel.” (Myers, 2021).


Si la palabra no le pertenece a nadie, si es de todos y ninguno al mismo tiempo, entonces habría que replantearnos la subjetividad del poeta. El poeta o la poeta, en vez de crear, selecciona y ordena un material externo a ellos, que flota por el mundo, y tienen que saber escuchar con precisión para cazar las palabras adecuadas, las sílabas exactas, y ponerlas en sus poemas.

La poesía evidencia que no existe la voz personal; o, mejor, evidencia que las voces personales están hechas de voces ajenas, porque nadie es dueño de lo que dice. ¿Cuál es la voz de un libro bilingüe de poemas? El libro bilingüe pone en tensión la idea de la voz lírica, aspecto que se ha reflexionado mucho más en la narrativa que en la poesía. Myers, con el libro bilingüe, indaga en esta problemática, y la extiende con la exploración de diferentes voces, como si buscara la unidad en lo heterogéneo.


2. La ausencia de la voz o su polifonía


En los agradecimientos del libro, Myers agradece “al recuerdo de un viejo que hablaba en muchas voces” (Myers, 2019). El poemario está conformado así: no hay una voz lírica identificable, muchas voces dicen los poemas, diferentes personajes, repartidos en momentos históricos aleatorios, en distintas escenas y perspectivas. Pero, si tomamos el guiño de los agradecimientos como literal, las voces están encerradas en un viejo; o sea que hay una voz hecha de muchas voces: la diferencia es el común denominador, lo que une a los poemas entre ellos:


Mi voz es también eso que olvidé.

El viejo, o la voz lírica del poemario, está hecha de olvido; tiene tantas facetas que no tiene acceso a todas, se entrecruzan, se contradicen:

¿Cómo voy a saber

qué voz

era la mía?


¿De dónde sale lo que decimos? ¿Cómo es el proceso de selección de las palabras que emitimos? El universo del poemario (un universo delimitado, con un principio y un final) está conformado por esa heterogeneidad de voces, cuyo orden es el desorden. En el primer poema del libro, que funciona a modo de aviso, se advierte:


Primero va el primer poema

el último va al último

y los demás se pueden leer en cualquier orden.


El primer poema habla sobre el nacimiento y el último sobre la muerte: nacimiento y muerte del universo del poemario, que apela, también, al universo del lector, como una existencia caótica, conformada por orígenes lejanos y ajenos a nuestra voluntad. Leer el libro es echarse a sus aguas confusas, desordenadas, delimitadas solo en sus bordes. Estas voces están y no están al mismo tiempo, como una sola voz silenciosa:


Cada árbol sin hojas

es un coro

silencioso de sí mismo.


3. La escena es la metáfora


Las voces, repartidas en diferentes momentos históricos, narran escenas. Continuando la tradición de poetas como W.C. Williams, Myers usa un lenguaje llano, donde el elemento poético no es evidente, un animal aparentemente sencillo que esconde su complejidad.


Como en las películas o las novelas, las escenas funcionan para que avance la narración pero también son lugares desde los cuales se comunica. Los elementos seleccionados de la escena no son gratuitos; cada uno significa algo, apelan a otra cosa. Una escena se refiere a una realidad paralela que no se puede comunicar directamente porque se perdería eso que se quiere decir. La comunicación funciona así: siempre se rodea el elemento a comunicar, siempre hay una referencia.


Esto es evidente en las metáforas: un elemento es otro a partir de su semejanza, pero se necesita del otro elemento para que se muestre el elemento protagonista, para comunicarlo con más fuerza. Myers usa poco este tipo de metáfora; aparecen a veces, esporádicamente (la clavícula como un trozo de cuerda / que yo sabía maniobrar o y los perros desatan su pánico feliz / como colibríes gigantes o las flores moradas que el viento / agita entre los adoquines / se escabullen como cangrejos de río en aguas oscuras).


En cambio, presenta escenas que están hablando de otra cosa: su argumento poético es la escena misma: la escena es la metáfora de lo que se quiere comunicar, pero eso que se quiere comunicar no está dentro del poema. Le deja la tarea al lector. ¿De qué están hablando las escenas? Cada cosa, entonces, se convierte en símbolo, en disfraz. Hay que escarbarnos el mundo interno y asociar la escena con algo dentro de nosotros:


En un edificio eclipsado

por la oscuridad, con rectángulos encendidos

que parecían cortados con un cúter,

una mujer iba de una

ventana del tercer piso a otra,

y yo, abajo, asombrado

de cuánto parecía

que tardaba

en llegar.


Hay, también, otro tipo de escenas. Son escenas que no narran nada. Fotografías. Funcionan de diferente manera que la escena del poema que acabo de citar. En estas escenas fotográficas el lector queda golpeado inmediatamente, se enfrenta con una idea, un concepto, un hallazgo que sacude en el momento en que se ve, como si hubiera descubierto una porción del mundo que al verla resulta evidente pero que permanecía escondida. Aquí, como en las otras escenas, el lenguaje en sí no es el protagonista. El protagonista es el concepto descubierto. Más que una experiencia (como la experiencia de escuchar música o escuchar un poema con altas fibras sonoras) es un descubrimiento, el encuentro con algo desconocido y a la vez familiar, un impacto (que, por supuesto, también es una experiencia, pero en otro sentido):


Sábanas blancas en una cuerda en el patio

se agitan ahí colgadas

como vidas medio vivas.


4. La lista aleatoria


Además de escenas, hay también listas. Estos poemas están desprendidos de un tiempo y un espacio en específico. No les interesa eso, les interesa la posibilidad. Si no hay tiempo y espacio, hay, entonces, todos los tiempos y espacios. Pero esa totalidad no se puede escribir (Por un tiempo intenté escribirlo todo). Como no se puede escribir, se tiene que seleccionar.


¿Pero, quién habla aquí? A diferencia de las escenas, que son narradas por un personaje, que no sabemos bien quién es o por qué habla él o ella en particular, pero ubicamos el espacio en el que está diciendo lo que dice, ubicamos esa voz como testigo, en estos poemas, en los que hay listas, el testigo es capaz de ver simultáneamente, de crear una escena que sea muchas escenas. La voz está lo suficientemente lejos del mundo y eso le permite verlo todo, y selecciona partes de esa totalidad para referirse a ella, para no tener que escribir un poema infinito:


[…] Primero, atravesar el mar

y después el desierto,

un columpio en la noche,

un termómetro de vidrio,

una nevada absurda,

una chica, […]


5. Querer tener lo que se tiene


Por último, me parece que todos estos puntos engloban uno: no somos dueños de nada. Los puntos analizados son recursos para mostrar este argumento global. Al leer el poemario vamos viendo cómo nada es nuestro, cómo nuestras pertenencias se nos van escurriendo de las manos. El tiempo es un aire bravo que va empujando lo nuestro lejos de nosotros. No podemos contrarrestarlo. No somos dueños ni si quiera de nuestra propia existencia, porque existir es ir dejando de existir constantemente, un camino hacia la ausencia ([…] al final / todo termina, / estamos hechos de agua, / vivimos en un derrame […]).


Las cosas del mundo están desprendidas de ellas mismas, o al menos se están desprendiendo constantemente. Las cosas, por lo tanto, pueden cambiar de nombres, porque las cosas en sí están cambiando todo el tiempo. ¿No es este el escenario perfecto para que exista la poesía? La poesía no trabaja con el problema de la verdad; trabaja, en cambio, con la posibilidad; es decir, con la imaginación. No podemos poseer nada pero sí podemos jugar, mezclar todo aquello que no podemos tener. El deseo es falso: si tuviéramos realmente lo que tenemos entonces todo se estancaría. La falta de posesión nos libera. Como en un sueño, podemos romper las reglas del mundo físico:


Un cuento:

Vinimos solamente para dormir, solo para soñar: no es

verdad que hayamos venido a vivir a la tierra.

Pero hasta en sueños, decimos

ven, mira

todas estas cosas que tienen

que pertenecernos.




  • Myers, Robin, Tener / Having, ed. bilingüe, trad. de Ezequiel Zaidenwerg, Ediciones Antílope, México, 2019.

  • Myers, Robin, “La ficción unívoca de una voz”, Martina Vidret, Desmadres, segunda edición, noviembre- diciembre, 2021



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