¿Qué significa ser liberal en el México de hoy?




Cuando nos remitimos al concepto de liberalismo hoy en día en México, yo pensaría que se nos vienen a la mente tres grandes significaciones. La primera, con referencia a aquellos grandes autores de los siglos XVII y XVIII de Inglaterra y Francia; es decir, los partidarios del liberalismo económico —John Locke, Adam Smith, David Ricardo—, pero también político —Rousseau, Montesquieu, Voltaire— que fueron conformando el pensamiento europeo burgués de cara a las revoluciones de la época. Así, cuando nos dicen algo sobre el liberalismo, visualizamos aquella doctrina que abogó por la nula o menor intervención del Estado en la economía, el libre mercado, la iniciativa privada, la propiedad privada, el énfasis en el individuo, la igualdad ante la ley y la supresión de privilegios, etc., en el continente europeo —y que luego migró al continente americano—.



Vía Reporte Índigo


En segundo lugar, tenemos la apreciación del liberalismo mexicano. Nos remitimos a esas figuras como Benito Juárez, Melchor Ocampo, Matías Romero, los hermanos Lerdo de Tejada, José María Iglesias, Ignacio Comonfort, y ya más atrás a Valentín Gómez Farías, José María Luis Mora, Mariano Otero, Lorenzo de Zavala, entre otros muchos. Es curioso que no nos remita al periodo porfirista en el que, con todos sus puntos centralistas conservadores, la ideología seguía siendo de corte liberal con el añadido positivista. Estos hombres defendían, según sus décadas, la secularización social y política, la ruptura con las corporaciones o espíritus de cuerpos, una educación desapegada del clero, la constitución de la propiedad privada y un sinfín de cosas más que —con los liberales de la segunda mitad del siglo XIX es visible— trataban de alcanzar el progreso mexicano, el gran deseo moderno.

En tercer lugar, fruto de las resignificaciones continuas de dicho concepto, entendemos por liberal a aquella persona que es laxa. Un liberalismo ideológico. Esto es, nos referimos a aquel que no tiene ningún problema con el hecho de que los valores reconocidos como tradicionales no sean ejercidos al pie de la letra o que el comportamiento, vestimenta, preferencias de las personas no encajen con la moral de las últimas décadas. Una persona liberal es aquella que no sólo no tiene problema con eso, sino que incluso propugna por cambios activos en esos apartados socioculturales.

Con ello, vemos que el término liberal puede ser muy ambiguo en gran parte porque si alguien se denomina como tal, la pregunta es evidente: ¿y qué está entendiendo esa persona por “liberal”?

En la política mexicana actual, podemos atestiguar numerosas referencias al liberalismo mexicano o al liberalismo juarista en específico. Basta con sumergirse someramente en el discurso del gobierno actual del presidente, en la retórica visual en torno a Juárez que ha enfatizado mucho el Estado, en las palabras de algunos diputados o gobernadores actuales, en los artículos de los periodistas, en la “misión” de varios partidos políticos… para darse cuenta de que muchos se identifican con el liberalismo, con el juarismo. No obstante, ¿realmente entienden lo que eso implica? Parece ser que muchas veces no es el caso.

Es curioso pensar que el gobierno en turno se denomine como juarista, pero esté en contra de varios proyectos de inversión extranjera, o no esté muy por las buenas de ciertas expresiones de la prensa… También es enigmático ver que en la memoria histórica, Juárez ha permanecido como símbolo de la república y de la independencia mexicana, pero nunca parece que algún Estado se esfuerce realmente por mantener ese estado de legalidad constitucional.

Y qué decir de la economía. Parece ser que el neoliberalismo es el demonio contemporáneo mexicano y, sin embargo, si nos detuviéramos a pensar por un momento, los liberales decimonónicos mexicanos más bien hubieran visto como la misma reencarnación de Satán a varias corrientes económicas actuales que muchos políticos sostienen (defendiendo un creciente poder estatal que interviene mucho en las relaciones entre los individuos, por ejemplo). Quiero aclarar que yo no soy partidario del neoliberalismo, simplemente me remito al pensamiento liberal.

Asimismo, no es de extrañarse que ya se encuentre muy desgastado el concepto de liberal. Con tantas y tan diversas referencias al término, pues nadie quiere no ser liberal, las acusaciones a diestra y siniestra están a la orden del día. Yo digo lo que es ser liberal (porque soy tal y cual) y, por ende, tú no lo eres. Y viceversa. De nuevo, ¿la gente realmente está entendiendo lo que implica ser liberal? Porque seamos claros: no se puede decir ser liberal pero estar en contra de ciertas reformas sociales o ideológicas en materia de género, sexualidad, economía y demás. Es ilógico.

Para mí, la gran ambigüedad del término se debe a que en México, por la educación y por el discurso político del último siglo, tenemos sacralizado al liberalismo. Así, queremos ser liberales a toda costa ya que tenemos metido en la cabeza que no serlo se traduce en ser un villano.

Por lo tanto, las y los mexicanos vamos a tratar de tener algo de liberal a lo que agarrarnos y, con eso, denominarnos así. En mi opinión, eso responde a una falta de criterio historiográfico y también de principios propios. Si uno piensa de determinada manera, ¿por qué forzosamente debe tener una justificación liberal juarista?

En conclusión, podemos ver cómo el Estado mexicano o los partidos políticos se han apropiado del pasado liberal mexicano y han construido toda una retórica o simbología conveniente a su discurso para legitimarse, fortalecer sus acciones o simplemente justificarlas. ¡El mismo Porfirio Díaz, edificador del símbolo de Juárez, se valió de la figura del oaxaqueño para poder reelegirse y mantener unidos a los liberales de su tiempo!

Y dicha retórica, por supuesto, es cambiante: muta con cada sexenio o cada que alguna campaña política decide que es hora de cambiar lo que Juárez significa para México. No obstante, sabemos que, en gran parte de dichas ocasiones, este discurso puede llegar a ser todo menos liberal o juarista. Ahí es donde debe entrar el criterio personal de las y los ciudadanos para saber identificar cuándo se está usando la imagen de Juárez con un propósito justificatorio y no uno legítimamente liberal.



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