¿Qué sería un anarquismo 'soft'?


Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.

– Karl Marxx




El anarquismo soft es distinto al anarquismo político, aunque no se contrarían necesariamente. Para empezar, el anarquismo soft no es como tal una postura, más bien es un momento particular; pero para entender este momento es necesario saber que implica el hablar de una postura política, sobre todo de una postura radical.


El anarquismo, como postura política, ha existido casi desde el momento en que se ha podido hablar de política. Por el momento, centrémonos en el anarquismo (o, más bien, los anarquismos) cuyo desarrollo se da durante la época moderna; concebidos y popularizados en los mismos círculos en los cuales se desarrollan las distintas vertientes del socialismo.


Propiamente, sin importar la vertiente particular de la cual estemos hablando, el anarquismo comparte con las posturas socialistas la oposición categórica hacia las jerarquías impuestas por el sistema económico capitalista, sólo que adicionalmente se opone también a la instauración de cualquier institución estatal o que mínimamente se le parezca. Los anarquismos, al igual que los socialismos, se postulan como proyecto político: un proyecto que busca la abolición tanto del estado como del capitalismo, identificadas como las dos caras de la misma maligna moneda.


La finalidad del proyecto, la meta perseguida por sus integrantes, es la instauración de una sociedad sin estado y sin clases socioeconómicas, el mismo objetivo de los demás movimientos obreros radicales cuya relevancia llegó a pique el siglo pasado. A este objetivo normalmente se le denomina en círculos radicales bajo el término comunismo.


No nos dejemos distraer por la finalidad compartida, lo otro que tienen en común es más importante: los sociallismos, los anarquismos, siempre se suponen un proyecto, noción que ya ha sido mencionada.


¿En qué consiste dicha noción? Dicho de manera sencilla, se trata de la determinación de una serie de pasos a seguir, cuya ejecución exitosa traerá un cambio deseado a la realidad.


En toda postura política radical de relevancia, desde el marxismo-leninismo y el maoísmo, a los anarquismos sindicalistas y comunalistas, la noción de proyecto siempre figura como piedra angular de la postura; se imagina un mundo mejor, organizado de una manera más justa, equitativa, y para no quedar en la fantasía es necesario formular un plan para llegar a esta nueva manera de organizarnos.


Si bien el sectarianismo de la izquierda provoca la incesante producción de posturas y sub-posturas (casi siempre hostiles entre sí), también es cierto que todo proyecto radical tiene más o menos los mismos pasos generales. Estos serían los siguientes:

  1. Reunir a las clases oprimidas y/o disidentes bajo la bandera del movimiento.

  2. Organizar operaciones de acción directa (manifestaciones, sabotaje, huelgas, vandalismo, etc.) con la intención de debilitar y deslegitimar tanto al sistema capitalista como a los dispositivos del estado.

  3. La acción directa, desafortunadamente, no siempre es pacífica. Sólo hay que recordar los ataques terroristas del Frente de Liberación Nacional de Algeria (FLNA), o los enfrentamientos de guerrilleros en Cuba y las guerrillas maoístas en China y el norte de India.

  4. Una vez lo suficientemente debilitados, y suponiendo que se cuenta con un apoyo expreso de un porcentaje notable de la población (no necesariamente la mayoría) y que no haya una mayoría abiertamente hostil al movimiento, es momento de lanzar un ataque decisivo para tomar control de los recursos del estado y de las principales industrias localizadas en el territorio.

  5. Una vez tomado el control de los recursos, se hace con estos lo necesario para desmantelar los dispositivos estatales y la maquinaria distributiva capitalista, además de entrar en un proceso de (re)construcción después de los inevitables daños que ocurrieron a lo largo de la ejecución del proyecto.

  6. Este paso es particularmente controversial entre las posturas radicales. Algunxs, como lxs marxistas-leninistas y sus variaciones, optan por la creación de un estado interino, una “dictadura del proletariado”, que utilice los dispositivos estatales ya establecidos para lograr una transición eficiente. Otrxs, en su mayoría quienes se suscriben a las distintas posturas anarquistas o socialistas con tendencias libertarias, optan por una total reestructuración hacia un sistema sindical o comunal, dicho en términos generales.

  7. Suponiendo que los pasos anteriores se ejecutaron a la perfección, sólo queda felicitarnos: hemos llegado al comunismo. Ya no hay Estado, ya no hay capitalismo, y la moneda como mecanismo de intercambio y equivalencia se ha vuelto obsoleta (o al menos infinitamente menos prominente y poderosa de lo que es hoy en día).

Los pasos 3 y 4 son usualmente reunidos bajo el término revolución, el éxito de estos siendo la condición determinante para emplear este término (en caso de fracaso en uno o ambos pasos, sólo se habla de un golpe de estado fallido).


Es importante notar que, obviamente, la noción de proyecto no es un invento del pensamiento radical; la planeación a futuro es y siempre ha sido un aspecto esencial de todo intento de organización social por parte de la humanidad. Sin embargo, pareciera que esta noción adquiere una posición fundamental en todo pensamiento radical; tanto así, que cualquier expresión de desacuerdo con el proyecto radical particular tiende a tener como consecuencia una ruptura dentro del grupo (no es raro que esta ruptura ocurra antes de que el proyecto entre en movimiento, antes de que siquiera se haya hecho algo).


Esta esencialidad del proyecto en las movilizaciones radicales, si bien no es necesariamente atribuible originalmente a Marx, sí parece ilustrarse en su séptima tesis de sus Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, pero de lo que se trata es transformarlo.”


Juzgando desde el paradigma del proyecto al tiempo que consideramos la cita anterior, no podemos concluir otra cosa más que el fracaso generalizado de los proyectos marxistas. La URSS, en la cual tal vez pudiéramos hablar de un genuino intento de transición bajo el liderazgo de Lenin, de un “socialismo realmente existente” (contencioso pero argumentable), devolucionó claramente hacia una dictadura totalitarista bajo el régimen estalinista, infestada de ineficiencias administrativas que le costaron la vida a millones de personas, además de que podemos hacer la irónica observación de que la explotación laboral seguía predominante en la vida de los trabajadores de las antiguas repúblicas soviéticas.


En Cuba, donde se libró una revolución guerrillera (que estaba más que justificada) contra su dictador y los terratenientes de la época, se terminó llenando el vacío de poder con un nuevo dictador y un estado igual de alejado al pueblo, cuyos intereses decía querer impulsar; quien quiera argumentar que Castro fue menos déspota que su predecesor (de nuevo, contencioso pero argumentable) tendrá que admitir que esta mejora, de haber existido, fue escasa.


Ni siquiera es necesario hablar de China, operando un sistema quimera que no se sabe ni socialista ni capitalista del todo, y en donde al momento que se escribe el presente texto, siguen existiendo campos de concentración dirigidos, entre otros grupos, a la etnia Uyghur.


Tampoco gastaré esfuerzos detallando un diagnóstico de Corea del Norte, principalmente debido a la enorme dificultad de conseguir datos y testimonios que sean verdaderamente confiables, tanto en pro como en contra. Aun así, no hay manera de argumentar seriamente que se trata de una victoria del socialismo.


Está también el caso de Venezuela, un tema que se ha convertido en un verdadero cliché cuando se habla de socialismo en Latinoamérica. Negar la total irresponsabilidad fiscal del gobierno venezolano, y la impunidad de los pertenecientes a organismos que ocultan su violencia detrás de excusas como “proteger a la nación” (un fenómeno compartido con todo estado que disponga de un cuerpo policial y/o militar), sería completamente ridículo.


Quienes apoyan o simpatizan con la izquierda radical estarán preparando ya sus contraargumentos:


“Bien fácil culpar a los revolucionarios que intentaban mejorar las cosas en su país cuando gran parte de las muertes fue culpa de la intervención del ejército estadounidense, sin mencionar todas las operaciones de asesinato y sabotaje perpetuados por la CIA en territorio extranjero, y aún en su propio territorio.”


“Es que tú te estás creyendo toda la propaganda capitalista contra los regímenes que combaten el imperialismo. Ya existen pruebas contundentes de testimonios que han sido completamente fabricados, y que algunos de los testimonios verdaderos han sido exagerados o descontextualizados a cambio de dinero y otros ‘favores’ por parte del gobierno norteamericano.”

“Bueno sí, ha habido muchísimas derrotas por conflictos internos, pero el que un movimiento haya sido aprovechado por oportunistas que lo utilizaron como excusa para acumular poder y riquezas no invalida la postura.”


“¡Pero es que lo que se terminó instaurando ni siquiera fue por definición socialismo! ¿Sabes cuantas guerras y revoluciones liberales fueron necesarias para que finalmente pudieran instalarse democracias republicanas y parlamentarias? ¿Sabes cuantas personas murieron por hambre y linchamientos (Ver Caliban y la bruja de Silvia Federichi) para que el feudalismo diera paso al capitalismo? ¿Sabes cuanta explotación, ¡y hasta esclavitud! sigue existiendo no sólo en las “democracias emergentes”, sino también en las naciones de disque “primer mundo”? ¡Es un doble estándar completamente injusto!”


No es necesario convencerme; estoy de acuerdo con estos puntos.


El que las intervenciones militares de Estados Unidos junto al resto de la OTAN en Latinoamérica y el este y sur de Asia, por mencionar unas cuantas regiones, hechas con la supuesta intención de “frenar la expansión del comunismo”, sigan sin ser reconocidas propiamente como crímenes de guerra y/o contra la humanidad, es algo que me parece vergonzoso.


Que las distintas agencias estadounidenses hayan manipulado parte de la información presentada en medios noticieros y programas educativos sobre la URSS y otros experimentos socialistas, por verdaderamente malogrados que hayan sido, es algo que sólo puede llamarse hipocresía.

Creer que los gringos siempre han sido los “buenos”, y que los comunistas siempre han sido los “malos”, me parece tan ingenuo como pensar que la URSS, Venezuela o Cuba son, o fueron alguna vez, paraísos socialistas.


Sobre las traiciones de gente oportunista y sanguinaria, y de como estas no comprometen la postura socialista, me parece un contrargumento válido; no uno que refuerce a la postura socialista como tal, pero sí uno que debilita muchos de los ataques dirigidos a la viabilidad de este. Es preciso recordar la multitud de personajes que se aprovecharon de los movimientos pro-republicanos y las atrocidades que cometieron para revelar el doble estándar presente (Robespierre y Cromwell siendo algunos de los primeros ejemplos que vienen a la mente).


Hablando de dobles estándar, el proceso histórico que transfirió el poder de los señores feudales y la aristocracia a la clase burguesa no fue uno “benigno” para la población general de Europa. Comenzando por la migración desde los feudos hacia los burgos, el desarrollo de estos en urbes que cimentaron su poder bajo una aristocracia absolutista, y culminando con la serie de revoluciones liberales en occidente (una vez que la burguesía ya no tenía necesidad de la realeza), tuvieron como conclusión un número incalculable de violencias, despojos y muertes. Si a esto agregamos las consecuencias de proyectos colonialistas e imperialistas por parte de los poderes liberales republicanos (operando bajo sistemas capitalistas), y a parte consideramos las muertes por hambrunas permitidas por actitudes lassiez-faire hacia la economía (véase la multitud de casos en la India colonial), el capitalismo deja de tener una apariencia tan favorable al compararse con los intentos socialistas por llegar al comunismo.


Habiendo dicho esto, decir que las muertes y las tragedias son necesarias para el cambio hacia una sociedad mejor no parece una postura a la que debe llegarse con tanta facilidad, y mucho menos (en mi opinión) puede ser parte de una postura digna de simpatizar sin reservas. No nos conformemos con una levantada de hombros y la sobreutilizada expresión “así son las cosas”.

Corriendo el riesgo de sonar ingenuo, prefiero una postura que no incluya la justificación de muertes y hambrunas de manera trivial, repitiendo una y otra vez que “así se mueve la historia”.

Adicionalmente, queda el hecho contundente: Todo intento de llevar el marxismo a la práctica ha, o parece dirigirse hacia, el fracaso. El marxismo no ha podido cambiar al mundo a partir de sus proyectos.


¿Qué hay del anarquismo? Su historia es un poco menos deprimente, ya que no ha tendido a la creación de dictaduras por parte de quienes lideran la causa.


Podemos empezar con la comuna de París de 1871, aunque llamarla “anarquista” como tal sería, por no decir mucho, controversial.


Aprovechando la guerra Franco-Prusa de 1870-1871, las facciones radicales parisinas (muchas de las cuales tenían miembros pertenecientes a la guardia nacional de París) aprovecharon para tomar la capital francesa y reorganizarla bajo una estructura comunal.


Bajo dicha organización, en Paris se impulsaron la separación total entre iglesia y estado, la educación laica, la disolución del órgano policial (reemplazándola con programas sociales y autovigilancia ciudadana), el derecho a la propiedad común de medios de producción operados por sus trabajadores y la abolición del trabajo infantil. Logros y cometidos dignos de ser aplaudidos, no sólo en el contexto de la Europa del siglo XIX, sino que también valdría la pena darle más vida a muchos de estos esfuerzos hoy en día.


Lástima que la comuna duró poco más de dos meses.


La capital francesa fue recapturada por el ejército de la tercera república francesa el 28 de mayo de 1871, a sólo 72 días de la formación de la comuna.


Podemos también contar la historia del bando republicano durante la guerra civil española de 1936-1939, muchxs de lxs cuales eran anarquistas o, al menos, suscribían a algún tipo de radicalismo político. Claro, ya sabemos cómo terminó esa historia: ganan los falangistas, gana Franco, se obtiene la llegada de un nuevo fascista al poder (hecho que, sin importar época o lugar, es siempre una tragedia).


No todo ha sido fracaso, tenemos que mencionar las múltiples instancias de zonas autónomas como forma de protesta frente al estado. Se trata de pequeños territorios, de unos cuantos vecindarios a lo mucho, en los cuales lxs ciudadanxs construyen barricadas e impiden la entrada a policías y militares; lxs que logran entrar a escondidas, son expulsadxs inmediatamente.


Estas zonas jugaron un papel importante durante las protestas del movimiento Black Lives Matter (BLM) contra las muertes injustificadas de afroamericanos en Estados Unidos, entre las cuales destacan George Floyd y Breonna Taylor, y la concientización sobre la impunidad (y posibilidad de abolición) del órgano policial. Sin embargo, como la comuna parisina del siglo XIX, su existencia tiende a ser efímera.


Quizás sea falta de organización (altamente posible), quizás se deba a presión y sabotaje por parte de organismos policiales (altamente probable), quizás simplemente se deba a que su finalidad nunca fue una existencia prolongada indefinidamente (un factor decisivo), pero es un hecho que las zonas autónomas no tienden a tener una existencia longeva.


A pesar de lo anterior, sería impropio no mencionar la continua existencia y resistencia de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) en gran parte del territorio de Chiapas. Dichos municipios han logrado mantener autonomía aún frente a un estado centralizado como lo es el mexicano, y eso sin mencionar la cercanía (al menos geográfica) que tiene el estado mexicano con el estadounidense, experto en sabotear todo intento de liberación (ya sea interno o externo).


Claro, esta instancia es de un territorio bastante reducido (el mismo nombre nos dice que el territorio compromete sólo una colección de municipios, y cada uno de estos es autónomo no sólo frente al estado mexicano, sino también entre sí). Debemos recordar que el movimiento zapatista fue uno localizado; no se trataba de una movilización nacional por la toma de poder, de Sonora a Yucatán, sino uno de pobladores principalmente indígenas en Chiapas.


Por una parte, el que critiquemos al zapatismo por no ser lo suficientemente extenso pareciera hablar bien del movimiento, pero también debemos recordar que fue un movimiento localizado, el cual utilizó técnicas, estrategias y discursos hechas para ser exitosas en sus localidades particulares. Los discursos y estrategias zapatistas probablemente no tendrían el mismo éxito en un estado como Nuevo León o en un territorio urbano como lo es la Ciudad de México.


El estudio de distintos movimientos políticos/sociales radicales suele ser sumamente deprimente. Pareciera que siempre hay que enfrentarse al mismo dilema: conservar los dispositivos estatales para defenderse de intervenciones extranjeras (inevitablemente devolucionando hacia un estado totalitarista opresor), o desmantelarlos en su mayoría o por completo, quedando a merced de los poderes imperialistas cercanos si no se logra establecer una fuerte organización horizontal que pueda enfrentar al estado.


Recordando las palabras de Marx, que de lo que se trata es transformar la realidad, mientras repasamos el destino de la mayoría de los proyectos mencionados (admitidamente una breve muestra que no cubre ni una cuarta parte de la historia del radicalismo político moderno), sólo podemos concluir que, hasta ahora, el radicalismo ha sido un fracaso salvo en casos particulares. El radicalismo no ha servido para nada.


¿El radicalismo no ha servido para nada? ¿Acaso no le debemos en parte la formación de sindicatos y uniones de trabajadores; estructuras que, pese a sus fallas, han impulsado considerablemente la calidad de vida de las clases trabajadoras? ¿Acaso no ha habido fuertes influencias radicales en los distintos movimientos de liberación, como los de la mujer, las personas afrodescendientes, las comunidades indígenas y de las movilizaciones de las disidencias sexuales y de género? ¿Nos es tan fácil olvidar a las Panteras Negras? ¿A los miembros del EZLN? ¿A los intentos kurdos por la autodeterminación mediante estructuras horizontales? ¿A la multiplicidad de movilizaciones feministas? ¿A cada movilización que busca llevar la lucha a los fundamentos más insidiosos y persistentes del statu quo que permiten la opresión por parte de quienes son hombres blancos, cisgénero y heterosexuales; es decir, de quienes son parte y partidarios de la hegemonía?


Habrá quien maldiga el día en que nacieron “los rojillos”, y que los responsabilizan por las atrocidades de la URSS y demás fracasos del radicalismo.


Sí podemos decir que las consecuencias de las posturas radicales, si bien no han resultado en la invocación de una utopía, han cambiado y siguen cambiando al mundo en maneras que son simplemente incalculables.


Pero entonces, ¿qué? ¿Abandonamos la noción de proyecto, de planeación? ¿Nos sometemos a la intuición y al instinto sin deliberar los efectos de nuestras acciones (en términos más familiares, actuar a lo güey)? No exactamente. Regresemos al comienzo de este texto, a su título, inclusive a su epígrafe. En la cita de Marx, se habla del movimiento real. ¿No fueron reales los intentos previamente mencionados? En letras cursivas, está la palabra en inglés soft. ¿Qué tiene que ver aquí lo suave?


Es verdad que la palabra soft tiende a ser traducida al español como suave, débil, como algo en una situación de impotencia. Ese no es el significado referido al utilizar la palabra soft. Cuando se le aplica a una postura, principalmente una postura filosófica o política, lo soft representa una especie de coexistencia con lo inmediatamente aparente, mas no una conciliación y mucho menos una resignación.


Lo soft puede ser el encuentro entre lo construido y lo inmediato, lo buscado y lo encontrado, el mundo deseado y el mundo que está aquí. Lo soft es, contraintuitivamente, conflicto, pero a diferencia de la revolución, es conflicto que no sufre la arrogancia de creer poder predecir todas las consecuencias de sus acciones. Lo soft es el punto de encuentro en el cual no están el statu quo repudiado ni la utopía fantaseada.


Lo soft es sola y puramente disrupción, revelando que el estado de las cosas siempre puede y está cambiando.


Lo soft desmiente a la vez que apoya la tesis marxista: no es que transformar al mundo sea de lo que se trata, transformar al mundo es siempre inevitable porque el mundo es un constante transformar. No intentes fijar una meta final para esta transformación, esto es simplemente imposible. Lo que puedes hacer es causar tropezones, interrupciones, distracciones que cambien el rumbo de la transformación.


Suficiente palabrería oscurantista, hasta yo mismo me harté de mí releyendo el párrafo anterior. Mejor con ejemplos: ¿Qué hace un anarquista soft?


Supongamos que hay elecciones. Quien sostenga una postura radical antisistema probablemente no participará, alegando que las elecciones son puro espectáculo y que lo que tenemos que hacer es traer el cambio mediante su programa revolucionario de elección. Otrxs también se abstendrán de votar, pero esto debido a la indiferencia y los afectos casi depresivos que les produce vivir bajo el presente sistema. Otrxs votaran, sin ninguna ilusión de que llegue un cambio, pero lo hacen por la ficción del “deber civil”. También votaran quienes quieran que las cosas se queden como estén, votando por lx candidatx que de continuidad al mandato anterior. Por último, están lxs ilusxs que votan pensando que sus esfuerzos traerán un verdadero cambio.


¿Quién tiene razón? Probablemente lxs radicales. Su postura frente a las elecciones se fundamenta en la imposibilidad de la representación política: un individuo no puede tener presente los intereses de la mayoría, ni se diga de todxs, sus constituyentes. Lo más probable es que velará por sus propios intereses, pero haciendo concesiones con los intereses de quienes puedan mantenerlo en una situación favorable, durante y después de su cargo. De cualquier manera, lxs “representantes” políticos no son de fiar.


Punto para el radicalismo, tuvieron razón. Un aplauso por favor. ¿Y luego? Quienes estén convencidxs de su causa se seguirán organizando y participando en demostraciones de acción directa y programas de asistencia mutua en sus localidades, dos cosas que son sumamente importantes y esenciales para la resistencia. ¿Pero qué hicieron frente a las elecciones? ¿Cómo aprovecharon ese momento para crear una irrupción en la política institucional a la que tanto se oponen?


En ese momento, en ese ahora, nada.


No es que sean inservibles o inútiles, lejos de ello, lxs activistas radicales son probablemente quienes más le facilitan la existencia a las poblaciones disidentes y/o marginadas; pero ahí había una oportunidad, en ese ahora.


Se puede votar, pero bajo un criterio distinto: ¿a quién va a ser más fácil hacerle la vida imposible? ¿Quién en esta lista de candidatxs puedo elegir de contrincante para irrumpir, si no es que atrofiar, el funcionamiento del statu quo?


¿Y en manifestaciones? Siempre habrá gente cínica que dice que están llenas de acarreadxs, que no son demostraciones genuinas.


Difícil de creer en un país como el nuestro.


También está el pesimismo que trata de argumentar contra las estrategias de acción directa no sirven, que el estado no escuchará ni dará lo que se pide por no estarse utilizando los canales apropiados, por lo que no tiene sentido ir.


¿Qué tal si este es el punto? Pedirle algo muy sencillo al estado, algo que supuestamente está dentro de sus obligaciones dar, como por ejemplo…


Un mínimo de seguridad para las mujeres y las disidencias sexuales y de género en México.


Es una petición básica al estado, pero todxs sabemos que el estado no cumplirá a suficiencia; el estado sabe que no cumplirá a suficiencia. Estas peticiones, fundamentales a la vez que “aparentemente” imposibles, tienen como consecuencia el encuentro entre individuos igualmente insatisfechos, la formación de amistades que crecen a colectivos, que a su vez hacen posible la creación, expansión y multiplicación de espacios disidentes.


Un último ejemplo, algo más cercano a lo cotidiano, al día a día. Llega el temido día de la comida familiar, e inevitablemente surge el tema de la política. Quienes tengan que soportar a familiares negando la validez de su existencia, hacen ya un acto de resistencia sólamente estando ahí, solamente existiendo. Quienes no sean blanco de estos ataques y estén presenciando esta violencia hacia un ser querido (esté o no presente en la mesa), una mentada de madre a quien(es) estén cometiendo la agresión no estaría mal.


La situación que estoy pensando en este texto, sin embargo. es cuando se empieza a hablar de partidos y candidatos. No importa si se está abogando a favor o en contra pero, ¿qué tal un recordatorio de lo que ellxs mismxs saben?:


“¿No hemos pasado por esto lo suficiente? Primero fue Fox, luego Calderón, luego Peña Nieto y ahora López Obrador. Si, ya se, unos fueron peores, otros mejores, unos sí tuvieron la culpa, otros no; eso no importa para nada. El hecho es que estemos más o menos en lo profundo no importa, seguimos estando en un pinche hoyo, y llevamos años votando y seguimos sin salir. El país no lo vamos a salvar, obviamente, ¿pero y nuestra calle? ¿nuestra colonia? Ya vimos que no podemos depender ni del presidente, ni de la cámara de diputados, ni de la cámara de senadores, ni lxs gobernadorxs, ¡carajo, ni siquiera de la alcaldía! Obvio no les tengo ninguna respuesta, ¿pero no sería más útil e interesante pensar y platicar sobre cosas que podríamos hacer aquí y ahora?”


Observa la reacción; lo más probable es que inicialmente se cree un silencio incómodo, quizás algún familiar haga una broma a tus expensas para “aligerar el ambiente”. Tal vez intenten hacer alguna observación sobre tu forma de vida, los aspectos de ella que dependen o han sido resultado del “progreso” estatal y/o industrial para desviar la discusión. Lo que sí se puede asegurar con casi total certeza es que nadie va a responder a la pregunta


Creaste un momento que es importante, a la vez que ordinario, durante la cena familiar. Quizás lo importante del momento es su ordinariedad. El punto es que, con un comentario aparentemente impulsivo e ingenuo, lograste disipar las ficciones de la nación como comunidad y de la representación dentro del estado, aunque sea por unos segundos.


Ni siquiera se trata de hacer un acto político per se: puede ser un gesto, una expresión, una conversación, una risa o una burla fuera de lugar en un proceso institucional. No se trata de una alternativa a la política radical, sino eso anterior, o debajo por decirlo de alguna manera.


Nunca se sabe que pasa después de estos momentos. A veces haces tu escándalo y lo único que pasa es que tu mamá te lanza una mirada para que te cayes. Otras veces, como sucedió en Chile, por decidir saltarte el torniquete del metro, tu país termina unos meses después con una nueva constitución política. Estos momentos de disipación, este anarquismo soft, puede ver lo que el proyecto político no: las consecuencias de nuestras acciones pueden ser impredecibles, pero aquellas que decidimos al disipar las ficciones del estado, la nación y el capital nos acercan a la liberación.

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