¿Qué ocurre al decir lo indecible?






Uno de los nombres originales del dios abrahamico es “Yahvéh”; este es Dios con De Mayúscula. Nombrarlo (o cualquier tipo de representación “tradicional”), sobre todo en el contexto hebreo e islámico, es peor que mal visto, es prohibido.


Se razona que, al ser ilimitado en todes sus aspectos, Dios no puede ser nombrado.


Al nombrar se define.


Al definir se limita.


Un Dios limitado no es un Dios absoluto, en tanto que es condicionado.


Por supuesto, nunca hablar de Dios-el-absoluto habría significado la muerte de Dios-el-símbolo (la existencia del primero me es indiferente, la del segundo indiscutible).


Se crearon soluciones ingeniosas: el uso de la inscripción “YHVH”, palabra impronunciable fonéticamente e incompleta gráficamente, presenta un signo inacabado que alude a lo infinito; la teología apofática de Pseudo-Dionisio el Areopagita, una tradición que desde la mística habla de Dios sólo en términos negativos, afirmando que de Dios no se puede decir; sobran los caminos, y por diversos caminos se llega a Dios.


Sólo hay un problema,

Dios sigue siendo un nombre.


Al ser nombrado deja de ser lo innombrable, y delante no tenemos más que “un objeto muerto y la cosa del teólogo”.


No importa la identidad ontológica que queramos darle, la aprehensión de lo indecible, lo innombrable, lo excedente, es imposible. Y es que lo indecible sigue siendo algo allá afuera, algo por aprehender.


Damos un paso en la dirección correcta al decir que lo absoluto sólo es estético.


Damos otro paso al abandonar todo prejuicio sobre la estética como una rama tangencial de la filosofía.


Vemos entonces que anterior a la ontología, anterior a la epistemología, está la estética.

Entonces, cuando alguien niega lo absoluto al decir que se trata “meramente” de una experiencia estética, no podemos sino responder:


¿Meramente? ¡Si ahí comienza todo!


Al dejar de ser un algo-allí-afuera (que incluye al todo-allí-afuera), la irrepresentabilidad de lo indecible ya no nos parece tan angustiante.


Lo indecible pasa de ser Dios a algo mucho mayor; lo indecible es vivencia.


La última máxima del Tractatus logico-philosophicus, “De lo que no se puede hablar hay que callar”, refiriéndose a lo metafísico/absoluto/Dios/etc., cobra un significado distinto al impuesto por la hegemonía anglo-sajona: primero, el callar deja de ser una evasión del tema y se vuelve un signo por sí mismo.


Un signo vacío de contenido, una gesticulación sin movimiento, una regla que no puede seguirse. El silencio performativo nos “dice” una cosa: mira.


El silencio vuelto un signo, la nada representando un contemplar; la ausencia de fonema inscribe en la realidad un no hablar de lo no hablable. Se abusa del lenguaje, se rompe y se desobedece toda convención con tal de intentar una comunicación vuelta improbable por su contenido.


Esto revela lo segundo: el silencio es una sola estrategia, la manera de causar un desborde semiótico mediante el habla. ¿Cómo se consigue el desborde en el reino del grafema? La respuesta es evidente: la poesía.


Por poesía no me refiero a ninguna tradición ni a ninguna estructura poética particular (de hecho, tal delimitación sería contraproducente), aquello que tengo en mente son los trazos de la pluma de San Juan de la Cruz inspirados por el trance místico; a la prosa revolucionaria de Virginia Woolf; al tecleo de la máquina de escribir de Alejandra Pizarnik, de Cortázar, de Ginsberg; y, sobre todo, a la visceralidad en sus lecturas.


Al decir lo indecible se juega una apuesta, cuyo resultado cambia con cada destinatarie. Se apuesta por la reproducción de La Vivencia en reciba el texto, obligándole a enfrentarse al sinsentido.


Decir lo indecible es fracasar, con la esperanza de que de esta forma pueda ser mostrado.



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