Poesía y tecnología

Jorge Luis González





No son pocas las discusiones acerca de los efectos del desarrollo tecnológico en el ser humano, aunque quizá son insuficientes en su contenido. Sería una desgracia olvidar que el lenguaje es, con total probabilidad, la primera tecnología del ser humano y, por lo tanto, un ente tan íntimo como ajeno.


Volvemos la vista hacia atrás: la palabra constituye el mundo, las ideas nos arropan, en el principio fue el verbo. ¿Qué lugar tiene hoy la poesía? La salud del lenguaje se ve amenazada por la virtualidad, no tanto por los discursos políticos y sociales, pues el lenguaje siempre ha dependido de esto, sino por la inopinada apariencia que adquieren las palabras. La sustitución, la mutilación, la imagen con que ahora nos “desapropiamos” de todo.


La palabra, pues, implica una responsabilidad creadora: las rutinas, los hábitos, el nombrar algún objeto, la creencia o no, la fatuidad de una imaginación que siempre busca construir. Pero la tecnología, la casi magia de los abismos de las redes sociales arrojan fórmulas que desplazan toda causalidad propia y acoplan nuestros cuerpos a una “necesidad”.


Pero la poesía no es necesaria, es “divinamente inútil” como diría Mallarmé. Y los poetas son exaltados más por su imagen, por su personaje, por su labor altruista. La palabra, como siempre, queda en segundo término. La música se propaga, ya no es aquella combinación armónica de silencio y nota, sino que el ruido acapara todo instante, todo momento. ¿Cuándo hablar? La sonoridad se extiende a través de todos nuestros instrumentos: notificaciones, alarmas, recuerdos, imagen tras imagen, abismo tras abismo.


El tedio que acecha detrás de cada aparato no es sino un síntoma del abandono de la palabra. Es decir, aquella insuficiencia emocional viene dada por la insuficiencia de la creación, de aquella capacidad que busca restituir el rito – rito que por demás ya no existe, pues se ha sustituido por pequeñas ceremonias sin importancia. Nos encontramos frente a frente con la falibilidad, con la muerte, con la angustia, con las mismas ideas que recorren la historia del mundo, pero ahora no somos capaces de nombrarlas y mucho menos de crear sus correlatos.


La lluvia, la intimidad de siempre, es ahora una molestia o una idea, un artificio de la propaganda para encerrarse en casa y apagar el cerebro mediante una película particularmente prescindible. Cualquier emoción, cualquier búsqueda está agotada, porque ya no acudimos a la palabra como principio de renovación; buscamos la innovación en otra materia extraña, derivada de la palabra, pero que no es propiamente ella, sino un intermedio, como la idea sin forma entre el pensamiento y la hoja en blanco.


Cabe preguntarse entonces: ¿este conformismo es el que buscábamos? El somnífero con que nos azotan transparentemente ya es un arma de lo cotidiano. No es la época de las respuestas, no. Debe ser la época de las preguntas, de las búsquedas, de la verdad y la mentira como un espejo de la crítica y no como una ley. Justicia, equilibrio… ¿qué tienen que ver estas abstracciones con las leyes o con un encarcelamiento? La pasión nos obliga a entendernos, sólo ahí somos iguales, no en las minucias de un entorno aparentemente igualado por las marcas o por un aparto de iguales condiciones.


Hay que buscar de nuevo la fatiga verdadera, la sed verdadera, el acondicionamiento del alma fuera de los aforismos baratos. Hay que adoptar la renuncia como principio. En palabras de Fernando Pessoa: “abdica para ser rey de ti mismo”



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