Pequeña ética de la honestidad




§ Preliminar. La más valiente actitud para combatir la corrupción que viene con la imposibilidad de conocer la Verdad, es dejar de buscarla y, en cambio, buscar la honestidad. Será incognoscible una verdad que trascienda la arbitrariedad de los términos humanos, pero jamás será en vano la lucha por mirarse a uno mismo con la mayor honestidad, escuchar al otro con los oídos más sinceros y, sin más, concordar las palabras con la vida.


§1.Pensamiento honesto. Toda reflexión que no esté regida por la honestidad carece de importancia. Quien tiene grandes pretensiones, quien al pensar aguarda el reconocimiento de sus contemporáneos o de la Historia, no produce más que futilidades. El pensamiento auténtico es enemigo de la soberbia, pues siempre quiere saber más, perfeccionar sus creencias; no busca otra cosa que lo que le parece más razonable. Nadie puede, a fuerza de su voluntad, convencerse a sí mismo de que cree en algo en lo que en realidad no cree, y sería absurdo defender ante los demás algo que no nos resulta del todo convincente. ¿Quién haría tal cosa? Pues bien, ocurre con frecuencia. Algunas veces, adrede, para manipular al otro. Pero la mayoría de las veces en las que se da el peculiar caso de que alguien defiende algo en lo que, en realidad, no cree, el fenómeno ocurre sin que haya malas intenciones. Sucede que muchas personas no tienen el buen hábito de la introspección y, por ello, no tienen muy claro por qué creen lo que creen, ni por qué se conducen por la vida como lo hacen.


§ 2. Introspección. Resulta fundamental que el pensador tenga cierta cualidad introspectiva, porque de lo contrario no habrá discernimiento en su pensamiento. Detrás de una gran reflexión, hay otra en torno a la naturaleza, o bien el origen de esa misma reflexión. El pensamiento no es fortuito; parte de un lugar ya sedimentado. Tenemos que ser cautos para no extraviarnos entre sesgos, en especial cuando tenemos un genuino deseo por la reflexión libre, autónoma, pues la soberanía del pensamiento está siempre amenazada por lo que pasa inadvertido a la conciencia. Esto no quiere decir que uno deba pretender dominar por en entero a sus propias reflexiones, el sentido de la introspección no es llegar a una verdad incuestionable, sino a la honestidad interior incondicionada.


§3.Acciones. Nuestro pensamiento es, a la vez, el cimiento de nuestras acciones conscientes. Ciertamente, no hay una congruencia perfecta entre las dos cosas, pero la forma en que pasamos el tiempo interno está íntimamente ligada a lo que hacemos. Entonces, pues, la honestidad interior que tanto hemos exhortado no sólo concierne a la curiosidad intelectual de uno mismo, sino que es asunto de lo otro también.


§ 4. Honestidad y justicia. La honestidad y la justicia mantienen una relación cercana. Acaso si uno es honesto consigo mismo sabe cómo ser justo con los demás. La justicia no es unívoca, es polimórfica; es decir, que lo justo no suele ser lo único que pudo haber sido justo. Los acontecimientos son contingentes, todas las relaciones y los diálogos también. De ahí que la justicia tenga tantas caras. ¿Cómo podría ser unidireccional la justicia, si el mundo es un entramado de singularidades, que sólo puede ser hilado y aprehendido por la consciencia desde su propio entramado singular de interpretaciones? Pero es preciso decir que la justicia puede darse, sin necesidad de que haya una definición que la ilustre cabalmente. La justicia, es una inclinación a la armonía, que precede a la racionalidad; podríamos llamarla una intuición. Y ésta funge como guía en nuestras acciones, en las que se devela nuestra profunda aspiración a la congruencia y al equilibrio. De modo que la honestidad es el fundamento del pensador libre y la justicia el pilar que sostiene sus decisiones.


§5.Abstracto y concreto. ¿De dónde tomamos prestadas las pautas de nuestras acciones? El impulso que las motiva, como hemos dicho, es una intuición, un deseo de armonía. Pero éste, a su vez, requiere de algo más para consumarse en la acción. Como intuición, su carácter es ambiguo, indeterminado. La acción, por su parte, es concreta, determinación de las potencias abstractas en un acontecimiento singular. La intuición, pues, necesita de algo que alguna vez haya sido concreto para dar el gran salto de la consciencia individual a la relación con el mundo exterior en la que nos colocan las acciones. Tal cosa es la memoria.


§ 6. Memoria. Quedan en la memoria atisbos de lo que hemos visto y escuchado, pensado y sentido, creado y destruido, amado y odiado. Recordar es inevitable, pero esto, lejos de ser una condena, un castigo impuesto sobre los perceptores humanos, es un don, cuya grandeza es inconcebible. La memoria nos da la noción de que perduramos en el tiempo y en el espacio, que hay una continuidad psíquica y material que corresponde exactamente al ser de cada uno. Sin la memoria, cada instante, cada mitad de instante, cada cuarto, octavo... no podríamos conocer nada; acaso ni siquiera percibir cosa alguna. Retener información es facultad indispensable de los perceptores y, sin duda, los que poseen una capacidad más aguda para recordar, son los perceptores de tipo humano. Nuestra memoria, pues, es la herramienta principal que usamos para habitar el mundo; es nuestro archivo, lo que da cuenta internamente de nuestra existencia. La memoria custodia lo que somos.


§ 7. Contradicciones. Seguido nos encontramos en un juego de lealtades con nuestra memoria; perfectamente comprensible. ¿Cómo ser fiel a todas las ideas y acontecimientos que nos han interpelado? ¿Cómo retener cada cosa en su unicidad y considerarlas todas ellas en nuestras reflexiones y decisiones? ¡Simplemente no se puede! En primera, porque no gozamos de un poder cerebral que nos permita aprehender y recordar con precisión todo. Pero, en segundo lugar, la naturaleza del pensamiento, que se funda en la memoria, es la oscuridad. El pensamiento utiliza como medio las palabras y éstas no son tan precisas como para poder decir algo perfectamente coherente acerca del mundo. Por ello, la reflexión racional nunca está libre de trampas del lenguaje y contradicciones y esto, a su vez, resulta en la imposibilidad de rendirle lealtad a cada idea y cada cosa.


§ 8. Selectividad. Tenemos, pues, que la memoria es falible y que no podemos ser fieles a todo lo que recordamos, porque el pensamiento -la reflexión, previa y posterior a la acción- está plagado de conjeturas y paradojas. Así, es necesario ser selectivos con los recuerdos. Debemos escoger, cuidadosamente, qué cosas vale la pena retener; con cuáles podemos construir objetos y a nosotros mismos. Hemos hablado ya de la aspiración a la armonía, bien pues, tal deseo se presenta, primeramente, como una voluntad hacia la construcción estética del yo. ¿Qué es el artista sino alguien que busca crear una armonía donde no hay nada, construyendo siempre su propia regla y orden donde no hay uno preestablecido? Así también, el perceptor humano es artista de su propio ser. Quiere construir una visión integrada de sí mismo, reconocerse en su entera singularidad. Pero tal carácter único en cada uno no es aleatorio; cada uno labra su camino específico, a su yo. Y, como el pintor o el poeta , el ser humano en su forma más elemental, tiene una inclinación natural a buscar hacer de sí mismo una armonía singular. Queda, entonces, que el ser humano debe ser selectivo en la fundamentación de su propia identidad y, en tanto que ésta se funda a partir de la memoria, debe ser selectivo, en primera instancia, con sus recuerdos. La memoria no debe ser azarosa, impulsiva, sino que debe estar curada, articulada con elegancia y significación; los recuerdos como cuadros en una exposición, seleccionados, combinados y armoniosamente exhibidos al mundo.


§ 9. Revelaciones. Nuestro yo, de hecho, tiende a estar relativamente integrado en la cotidianidad. Actuamos casi mecánicamente, pues, difícilmente, se abre el espacio, entre las exigencias de la vida en sociedad, para una mayor autonomía. Además de que la costumbre resulta muy problemática porque suscita la confusión de no poder distinguir si realmente creemos en algo, en lo más profundo, o si tal creencia es un simple producto del hábito. Pero hay ciertos momentos en los que no hay lugar para la duda; instantes en los que sentimos, desde las entrañas, a la más honesta versión de nuestra consciencia. Tales acontecimientos se presentan en nosotros como una ruptura; un punto de inflexión. La consciencia es trastocada por la alteridad y se destruye ante ella. Ahí, viene la revelación: podemos, al fin, ver con claridad qué es en lo que creemos. Hay cinco tipos de momento-revelación: el político, el epistemológico, el erótico, el estético y el místico. Ante este tipo de experiencias, el yo se sabe convencido por entero de algo.


§ 10. Fidelidad. Así pues, ante tal revelación de honestidad incondicionada, y en aras de esa armonía que perseguimos, debemos lealtad al momento-revelación. Si un cadáver desfigurado aparece frente la casa de alguien, ¿no sabrá éste, con total certidumbre, qué es lo que siente, qué es lo que cree? Seguramente, estará convencido de que es una aberración. Si, de pronto, nos enteramos que hay vida consciente en un recóndito lugar del universo, ¿no podríamos contemplar en su entereza la proporción del conocimiento humano? O a quien haya leído el argumento de causalidad de Hume y se haya asombrado, ¿no se le revelará, igualmente la fragilidad del pensamiento? Ante un amor intenso, ¿quién no está convencido de qué es lo que quiere? Cuando la grandeza de la naturaleza y del arte nos trastoca, ¿quién no estará convencido del carácter infinito de todo lo que es? Quien haya tenido un encuentro con lo divino ¿no afirmará que vio la totalidad, que sintió la unidad? Si hay una verdadera ruptura de las categorías internamente, la honestidad sale de su estado de ocultamiento. Pero, ¿después qué? Parece que con frecuencia olvidamos la gran sabiduría y volvemos a regirnos por la costumbre. Hasta ahora, hemos elogiado a la memoria y hemos dicho que el don del perceptor humano es hacer de su propia vida una armonía intencional, deliberada, y, ante todo, hemos exaltado la importancia de la honestidad. De este modo, el acontecimiento (o como aquí lo llamamos “momento-revelación”) se presenta como la gran oportunidad de construir destino honesto.


§ 11. Traición y tristeza. Volver al hábito, después de que se ha vivido un auténtico momento-revelación, francamente, es triste. ¿Por qué dejar ir, a la ligera, la profunda sabiduría? ¿Por qué desperdiciar la oportunidad preciada de crear a partir de ella? A la larga, la falta de compromiso con aquello que es honesto, termina por deprimir al ser humano. Y éste carga, largamente, la culpa y la vergüenza de su inauténtica experiencia.


§ 12. Traición y Resentimiento. La traición a la memoria, a la sabiduría que nos es revelada desde lo más honesto es la culpable de nuestro resentimiento, no al revés. La memoria sincera no es acusadora, es crítica de sí misma. Recuerda qué papel jugó cada quién y quién fue responsable de qué. No cede su voluntad ni su recuerdo a la pasividad. No se asume como víctima, mero receptor pasivo de injusticias, sino que reconoce lo que fue acción deliberada suya en el pasado. No se oculta en la debilidad de la tergiversación, donde puede exentarse de toda agencia, sino que reconoce su papel como alguien activo en toda situación que ha vivido.


§ 13. El otro. Ahora, queda hablar del otro. Hemos dicho ya que estamos en relación con el mundo externo, por lo que cabe preguntarse por la manera propicia de concebir la otredad. La honestidad nos revela la dimensión del yo; infinito, sí, pero abismalmente más pequeño que la infinidad de todo lo demás. Nuestra esfera específica, armonía singular o yo, es una mínima, diminuta parte, del Todo. Lo otro es absoluto para nosotros; es lo tajantemente incognoscible, y por lo tanto, cualquier intento de definirlo conduce a su negación, pues poder descifrarlo implicaría que lo hemos conocido y en ese caso ya no sería lo otro porque lo otro es absolutamente incognoscible. No hay que perder de vista que lo otro es más grande que el yo, y sabe más. Hay que escuchar honestamente, no enjuiciar ni sentenciar. El diálogo sincero y la sincronía son las más sublimes tareas de la creatividad.


§ 14. Equilibrio. Para entrar en auténtica relación con el otro es necesario, como hemos dicho, no pretender dominarlo a través de nuestras propias categorías. Imponer tajantemente sobre la exterioridad el limitado conocimiento que le es propio a un sólo individuo es, sin más, un acto de violencia. Pero el otro extremo, la pasividad absoluta ante la exterioridad, la mera reacción, la ausencia de creatividad, imposibilita la relación dinámica entre las diferentes armonías individuales. Es preciso, por ello, buscar un equilibrio entre la inacción y la acción de dominación. Cuando los objetos están en este equilibrio, se da lo que llamamos relación dinámica auténtica.


§ 15. Armonía comunitaria. Esta relación consiste en un balance armonioso entre la individualidad y la colectividad particular que se forma cada vez que un conjunto de objetos interactúa. El conjunto es un objeto con una lógica interna específica; es un mundo singular. De modo que cada combinación particular de objetos produce su propio tiempo y espacio de relación. Así como hemos hablado de que el ser humano busca ser creador de su propia vida, hacer de su existencia una armonía estética, también tiene, dada su inclinación natural a la socialización, pretensiones de crear una armonía conjunta con los otros objetos y perceptores. Sin embargo, si resulta difícil llevar a cabo la tarea de la honestidad y la construcción del yo, es aún más complicado entrar en una relación dinámica auténtica, o bien, una armonía comunitaria. La apertura a lo que nos escapa, a saber, lo otro, coloca al individuo en una posición de vulnerabilidad, pues lo otro es todo aquello que está fuera de nuestro control. Y el ser humano, que utiliza como herramienta el conocimiento racional para conducirse por el mundo, queda desprotegido ante aquello que no puede aprehender con el intelecto, de ahí que le de miedo entrar en una relación dinámica auténtica. La armonía comunitaria implica ceder ante la otredad, ante lo desconocido.


§ 16. Ceder-imponer.. A la relación dinámica auténtica la caracteriza un principio al que llamaremos ceder-imponer. En toda convivencia, con el entorno en general o con perceptores individuales, el juego de interioridad y exterioridad coloca a cada ente en la necesidad de dar y recibir algo. El principio de ceder-imponer consta de una conciencia plena sobre la unidad formada por los entes individuales en relación; hay que considerar y priorizar siempre el bien de la armonía comunitaria y no las pretensiones de dominio que un individuo tiene sobre otro. Es decir, que en una conversación hay que tener criterio de discernimiento para saber cuándo imponer y cuándo ceder la palabra en función de lo que es mejor para el conjunto; de qué posibilitará la producción de conocimiento conjunto.


§ 17. Ejemplo ilustrativo. Acaso es conveniente poner un ejemplo de la aplicación del principio ceder-imponer. Tomemos como escenario un seminario de filosofía. Tras haber hecho una lectura, los estudiantes asisten a clase y han de comentar en relación a lo que leyeron. Los estudiantes y docentes forman ahora parte de un conjunto que tiene la potencia de convertirse en una relación dinámica auténtica, que es lo mismo que una armonía comunitaria. En aras de lo que es mejor para el grupo, los estudiantes deben tener criterio de discernimiento y decidir sabiamente cuándo imponer sobre el grupo un comentario y cuándo ceder la palabra a los demás. Esto no significa, meramente, no acaparar el discurso; significa que se buscará crear un argumento compartido, un discurso nuevo que integre las perspectivas variadas de los entes individuales. Pero para lograr esto, todos deben ir en la misma línea, por así decirlo. Si estamos jugando dominó y alguien saca un alfil, pretendiendo que sirva de algo para el juego, no conseguirá nada. Así pasa con las conversaciones y demás interacciones. Si no estamos en una esfera de valores compartidos, si no se presta atención al otro, no se puede jugar nada, ni mucho menos construir una armonía comunitaria. En nuestro ejemplo del seminario, el estudiante debe constantemente examinar si sus comentarios aportan algo a la totalidad de la discusión o si, más bien, la van a entorpecer. Puede ser el caso que alguien sienta una urgencia por decir algo pero, ¿es acaso pertinente? ¿Es el momento para decirlo? ¿Va acorde con la totalidad? A lo mejor el comentario del estudiante no tenía nada que ver con el centro de la discusión específica del grupo y, aun cuando su reflexión puede ser interesante, si no aporta a la totalidad, es mejor reservarlo para otro momento, pues imponerlo sobre el grupo pone en riesgo la relación dinámica auténtica. Hay que sopesar todo el tiempo y siempre en aras de lo que es mejor para el conjunto.


§ 18. Sincronía. La sincronía se da cuando todos los objetos que forman un conjunto, están regidos por el principio imponer-ceder. Si todos ponderan continuamente si es preferible intervenir o escuchar, contemplando el bien de la totalidad, entonces hay un equilibrio que sincroniza a todos los entes individuales.

Así como al inicio de este breve tratado discutimos la naturaleza de la justicia y dijimos que ésta no es unívoca, que no hay un camino ya trazado para cada caso particular que dicte lo que es lo justo, así también no hay sólo una sincronía posible, ni es la búsqueda de ésta un exhaustivo análisis matemático que nos revele, en valores absolutos, cuándo hay que hablar y cuándo hay que callar. Más bien, la sincronía se da gracias a la actitud de apertura, a la aspiración al equilibrio de la comunidad. El principio de imponer-ceder no es una fórmula, es una noción a considerar para desarrollar una actitud que tienda a lo dialógico. La actitud opuesta es la monológica; aquella que lee a la otredad, estrictamente, a través de las propias categorías. Encierra, reduce y tergiversa a lo de lo de afuera en clave del yo; no deja espacio vacío, oportunidad a lo desconocido, sino que pretende hacerlo suyo y, tristemente, su fin tiende a ser la producción de un ego ilusorio, una imagen de poder ante el resto. El monológico conversa sólo consigo mismo. Habla para imponer sobre los demás su mundo y no para buscar la sincronicidad, que es la puerta al conocimiento.


§19. Recapitulación. Y bien, tales parecen ser los principios fundamentales de esta ética de la honestidad, cuyo propósito es hacer elogio de la vida auténtica. Hemos hecho un recorrido por la fundamentación del yo, que se cimienta en la memoria, ¡noble facultad que da origen a la creación de una armonía individual! Tal es la motivación más íntima: el deseo de un equilibrio singular, la construcción de una propia identidad que, como una pintura, dé cuenta de sí misma por entero y produzca su regla única e individual. Debemos fidelidad a nuestra memoria, pues resguarda aquello que se ha manifestado, desde la honestidad, a la consciencia. Lo que alguna vez supimos convencidos cuando la honestidad no deja lugar para las dudas, puede ser hilo conductor de la creación del yo, de la armonía individual. La honestidad es el arché de toda armonía; el principio y el fin último de la existencia auténtica. La traición a nuestros recuerdos y a la sabiduría que se nos revela cuando los acontecimientos más íntimos perturban la estabilidad del yo y, por unos instantes olvidamos la costumbre y los parámetros, es triste desperdicio de una oportunidad brillante de construir a partir de lo que, para nosotros es, sin más, verdadero.

Después de hablar del yo y su camino, fue preciso describir el papel que juega lo otro. Entonces, vimos que la honestidad nos permite advertir el carácter diminuto de nuestro conocimiento. Cada perceptor es un planeta minúsculo en un cosmos infinito. Por eso no hay razón para ufanarse, mostrarse altivos y arrogantes. La alteridad es inmensa, avasalladora y, en su totalidad, incognoscible. La relación con lo otro, entonces, debe partir de que no podemos reducir al otro a las categorías del yo. Con esta actitud presente, nos adentramos, entonces, a la construcción de una armonía comunitaria. Tal cosa es una relación dinámica auténtica en la que los distintos elementos de un conjunto están predispuestos a la aspiración de un bien mayor para el grupo. Para lograr tal equilibrio, es preciso discernir y sopesar cuándo imponer la propia voluntad ante el grupo será beneficioso para todos y cuándo, en aras de la totalidad, es mejor ceder. Tal es la naturaleza de la sincronía, que es, acaso, la más alta forma creativa a la que puede aspirar una armonía individual, o un yo.


§ 20.Conclusiones. Es preferible concluir con poesía:


A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.


Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde.

El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios.


También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable

JLB





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