Paraísos artificiales: La familia

Jorge Luis González



De: Caras.mx


Los primeros acercamientos a la virtud y al vicio se producen dentro del aura familiar. El hogar funge como un gran vientre donde las fuerzas golpean en una u otra dirección. Entonces observamos que el principio familiar no reside precisamente en el amor o en la armonía, sino en la disputa.


Hoy los “spots” publicitarios de los partidos políticos exaltan – para variar – los valores familiares como principio del orden universal. Orden que se reproduce de manera intacta a pesar de las distancias insalvables entre una y otra familia.


Nacer entre la dicha o desdicha no determina nuestros movimientos en el mundo – bastante ha enseñado la historia al respecto –; simplemente se ofrecen distintas posibilidades. Las aspiraciones ideales son las que producen el sufrimiento, es decir, “el dolor no proviene del no- tener, sino del querer tener y no tenerlo”, en palabras de Schopenhauer.


La idealidad absoluta ya no atiende a la realidad y, por lo tanto, resulta incompatible con la extensión de la vida. La familia que ofrece el desarrollo y la protección se desliza en las turbias aguas del pensamiento abstracto, donde el individuo pierde toda cualidad para cumplir con su rol: padre, hija, hermano, etc.


Como toda estructura que busca el orden, la jerarquía y la discriminación son necesarias. Y donde está involucrado el poder, está involucrada la violencia por igual. Quizá la inocencia con que se recubre el orden de lo paternal y lo maternal no permita observar en primera instancia el deseo de control sobre una vida humana, es decir, “el deseo de dirigir el deseo”.


Los hijos, con total naturalidad, se oponen a las prohibiciones establecidas por los padres y así inician un largo camino en la dirección opuesta, pero cuando la fatiga comienza a surtir efecto, se les revela que la misma prohibición los dirigió hacia allí, sin que otra decisión fuera posible. La libertad se desvanece en un suspiro al mirar atrás.


Mientras más purifiquemos al tiempo del “presente” lograremos comprender el origen verdadero de nuestros deseos. La familia actúa desde su fondo histórico y mítico como el principio de la cultura – por medio del matrimonio y la división de los trabajos – y nos atraviesa como una flecha que sigue moviéndose a través del viento, pero llevándose consigo a nuestro cuerpo. Así, tanto hijo como hija, buscarán el poder que un día envidiaron de sus padres, para lograr la dirección de sus propios deseos por medio de nuevos hijos.


Entonces cabe la pregunta: ¿a qué valores se refiere el discurso político? Quizá se trata de la evidencia más grande de que la unidad es una disputa constante por el poder, pues sin la prohibición y su natural oposición, no existiría el movimiento necesario para que el engranaje de la estructura social funcione. El deseo, en fin, es inalcanzable, y aun con los medios suficientes para equilibrar la balanza, la vida sería estéril sin aquella lucha constante, fuente de toda pasión humana, única justicia en verdad para todos los seres.



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