Nuestra sociedad del 'hiperrendimiento' y el 'hipercansancio'



Nuestro mundo contemporáneo es uno difícil de explicar por las nuevas formas de comunicación, las relaciones interpersonales, las tecnologías actuales, etc. Actualmente, tenemos otra experiencia del tiempo, fruto de las problemáticas ambientales y la vorágine industrial; contamos con diferentes vínculos con el espacio y el medio natural; y también con otras formas de entendernos, incluyendo las dinámicas de poder y violencia.


Sin embargo, vale la pena poner el acento en la manera en que los seres humanos de hoy en día actuamos en función de eso que el filósofo y teórico coreano Byung Chul-Han denomina como la Sociedad de Rendimiento. Así, en este pequeño escrito me propongo meditar un poco en torno a la tesis de Chul-Han localizada en su libro La sociedad del cansancio (2017).


Nosotros nos encontramos sumidos en la violencia de la positividad. Esta se enfoca no en reprimir, restringir, controlar, —lo cual pertenecería a una Sociedad soberana premoderna o a una Sociedad disciplinaria moderna—sino en la exhaustividad, en lo hiper. Es decir, la Sociedad del rendimiento de la modernidad tardía se fundamenta en la hiperatención (con el multitasking y la necesidad de estar en mil cosas y a la vez en ninguna), la hiperproducción (donde uno nunca para de hacer, pues se queda atrás en la carrera por un determinado puesto de trabajo, una beca, un ascenso…), el hiperrendimiento, el hiperconsumismo, la hiperactividad, etc.


Al final, estamos en todos lados y a la vez en ninguno debido a que, apenas se está terminando de realizar una actividad, y ya necesitamos (y sí, necesitamos) estar pensando en la siguiente tarea. No hay espacio para el respiro en el sujeto de rendimiento. Sólo trabajo y trabajo extenuante. ¿Por qué? En breves profundizaremos.


Ahora bien, cualquiera podría pensar que esto respondería a la lógica de un sistema de poder en el que hay una clase explotadora y una clase explotada, víctima de estas cuestiones. No obstante, como bien señala Chul-Han, este statu quo sistémico responde a una violencia de la positividad en la que se suprime una estructura antagónica (otro-dominador), desembocando en una violencia autoinflingida. Nadie nos obliga a explotarnos de esta forma. Por violencia de la positividad entiéndase, por un lado la supresión del otro negativo que me violenta al establecer normas, ahora soy yo verdugo y víctima; y, por otro, a la idea de lo hiper.


Esto es, para el filósofo coreano, somos los seres humanos hipermodernos los que, con miras a ser productivos hasta el máximo nivel, nos autoexplotamos hasta llevarnos a nuestro límite. Con esto, el sujeto de rendimiento termina por saturarse, extenuarse, estrangularse en su propia positividad inalcanzable.


En suma, esta violencia de la positividad, que abandera lo hiper, como el superrendiemiento, como la superproducción, nos conduce a la asfixia… ¡es un sofocamiento autoproducido con sensación de libertad!


Todo esto origina sujetos de rendimiento exhaustos, quemados por sí mismos, lo cual es todavía peor. La Sociedad de rendimiento se reviste no del deber, sino del poder en su eslogan. De hecho, el sujeto de rendimiento hipermoderno es más productivo bajo la falsa sensación de libertad y poder, que bajo la obediencia foucaultiana.


Es cosa de poner atención a los anuncios o comerciales y ver cómo en casi todos se enfatiza esta idea de “tú puedes hacerlo todo, es cosa de que te lo propongas”, “si quieres, puedes” o el tipo discursito ese de “si Bill Gates, Elon Musk, Steve Jobs, etc. pudieron, tú también”. ¿Es que acaso no vemos lo ridículo y a la vez fascinante de todo eso?


Es un lavado de cerebro total. Nos afirman que podemos llegar a ser lo que queramos siempre y cuando nos esforcemos lo suficiente. ¿Qué causa esto? Que el individuo, creyente de esta libertad con capacidad de acción infinita, se dedique a ser su propio verdugo. En esta autoexplotación, estamos condenados al cansancio. Reapropiando a Jean Paul Sartre, el infierno no son los otros en nuestros tiempos, es uno mismo.


Como quiero y puedo ser multimillonario… necesito no-descansar, no-disfrutar, no-dejar-de-producir, no-detenerme. De esta forma, esta Sociedad de rendimiento se traduce en una Sociedad del cansancio, que produce individuos que creen ciegamente en una libertad autocoaccionada y que, quemados por una autoexplotación indefinida, terminan por enfermar mentalmente.


Nuestro mundo hipermoderno fabrica en serie sujetos con padecimientos neuronales, tales como la depresión, el déficit de atención, la hiperactividad, etc.


En el fondo, el estar-siempre-ocupado no es una actividad genuinamente libre, surgida de una voluntad propia; es, más bien, una replicación sin parar de acciones no-elegidas, es una pasividad perpetua la hiperactividad. Es una estupidez mecánica sin momento para el respiro, para la creatividad, para el asombro, para el razonar…


Y, cuando no alcanzo ese yo-ideal autopoiético (fabricado por uno mismo) —ese Elon Musk que la sociedad me dijo que podía alcanzar— es cuando el desgaste es insostenible, conduciendo a la depresión. En este caso, la depresión se traduce en la derrota del verdugo-víctima frente al imperativo interminable del hiperrendimiento. En pocas palabras, el superrendimiento constante, cuando llega a su límite, transforma al sujeto en un depresivo supercansado… en un zombie (muerto en vida).


Podríamos objetar que nuestra sociedad sí proporciona espacios para el descanso, ¿no? Los viajes, el entretenimiento, la recreación y demás. No obstante, como señala Chu-Han, el descanso ahora se razona como un medio para intensificar la producción, como doparse. O sea, descanso para producir más al rato. Vacaciono para volver a ser más productivo que antes…


Siguiendo a Herbert Marcuse y su Sociedad Industrial Avanzada, el individuo es presa de una serie de necesidades inventadas que subliman sus auténticas necesidades. Me hacen creer que necesito formar parte del hiperconsumismo porque tener es ser, porque tener es poder; cuando en realidad no. ¿Qué necesita el sujeto de rendimiento hipermoderno? ¡Respirar!


Como podemos hacerlo todo, el límite, contrario a lo que se podría pensar, no está en donde quieras (por más que puedas), sino en lo que pueda resistir nuestro cuerpo, nuestra mente, de cara a esta violencia de la positividad. Por tanto, nos explotamos hasta el agotamiento, hasta el burnout (Síndrome del trabajador quemado en palabras de Chul-Han), hasta no poder más. El límite está en el colapso.


La presión por tener que superarse a sí mismo continuamente, de seguir avanzando en ese yo-ideal auto-proyectado desemboca en el imperativo de cada vez rendir más at all cost. Esto implica ser víctima de una escalada de coerción destructiva con uno mismo hasta no poder más.

¿Mis conclusiones? Preferiría que tú, lector, lectora, medites las tuyas.


Referencias:

Chul-Han, Byung. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2019.

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