Notas sobre Roberto Bolaño y "2666"

Actualizado: abr 20

Alejandro Adame

via: indibur

Roberto Bolaño fue un poeta que escribió novelas brillantes y poemas no tan buenos. Pero fue un poeta al fin y al cabo. Y aunque muchos de sus versos son torpes, no se puede negar que hay un sin fin de líneas lúcidas en su prosa. Un claro ejemplo de esto es 2666, la novela monumental (publicada de forma póstuma) que muchos consideran el Magnum Opus de la obra de Bolaño.

Mencionaremos, para hacer un análisis del libro, las siguientes claves:

1.Estos versos de nuestro autor: "Escribiendo poesía en el país de los imbéciles./Escribiendo con mi hijo en las rodillas./Escribiendo hasta que cae la noche/con un estruendo de los mil demonios/los demonios que han de llevarme al infierno,/pero escribiendo."

2. Su admiración por Baudelaire y la influencia que recibió de él. Usa, de hecho, un verso del poeta francés como epígrafe para la novela: "Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento."

Y, 3. Estas líneas, dentro de un enigmático pero revelador paréntesis, en la página 1052 de la novela (edición Alfaguara), que dicen: "Ingeborg le preguntaba a Reiter por qué no escribía poesía y Reiter le contestaba que toda la poesía, en cualquiera de sus múltiples disciplinas, estaba contenida o podía estar contenida en una novela."

Hay que decir también que la lectura de Bolaño produce siempre una sensación de angustia y que no escribió para celebrar la literatura. Escribió, más bien, como modo de supervivencia, como un único medio para lidiar con su existencia. Y si la literatura le significó una manera de soportar la vida, entonces tuvo, sin poder evitarlo, una relación instintivamente pasional con ella: Bolaño fue un león y la literatura una gacela que nunca pudo poseer del todo.

De alguna manera no tuvo opción en ejercer su profesión. Su deseo de escribir se activaba como mecanismo inherente de sus deseos. Y como nunca pudo poseer (o descifrar) la literatura, tampoco la celebraba. Las letras le dolían como el dolor de la perpetua falta de posesión de un cuerpo. Ese dolor era el oasis de horror de Baudelaire y el desierto de aburrimiento fue su existencia. ¿Y qué posibilidades estéticas hay ante esa condición?

El resultado estético podía ser solamente un resultado desesperado, repleto de angustia, opuesto a lo convencionalmente logrado o convencionalmente funcional en términos formales y de estilo. En la impotencia de no poder poseer nunca la literatura, Bolaño se fue por caminos extraños y parcialmente inexplorados. Y esos caminos se multiplicaron cuando escribió 2666. Por eso la novela es tan larga y su narrativa tan poco lineal. Y por eso la poesía de la novela está tan oculta dentro de las páginas, donde, de golpe, como rayos repentinos, imágenes abstractas impactan al lector. El lector, sin embargo, tiene que estar atento, esperando el momento del disparo, porque los dos elementos mencionados (la narrativa poco lineal y lo abismalmente largo de la novela) pronto lo cansan y lo distraen.

Pero de repente algo lo agita bruscamente y todo se entrecruza y cobra un sentido poético y estructural. Al final lo que Bolaño quería hacer era escribir; la literatura, la pasión por ella, su reducción y su verdadera esencia no son más que la escritura. Además, la influencia que recibe Bolaño de Baudelaire hace que la estructura narrativa de 2666 explore formas poco convencionales.

El verso del poeta francés que Bolaño usa como epígrafe para su novela es evidentemente negativo. Es una perspectiva negativa de la literatura que representa la relación dolorosa que el escritor tenía con las letras. Por eso la narrativa de la novela no sigue una línea ascendente. La novela se queda en el mismo plano todo el tiempo, y las desviaciones (que son muy pocas) no llevan al lector a ningún lugar.

Al final de la narrativa hay un atisbo de resolución argumentativa que resulta ambiguo y negativo, como el epígrafe de la novela y los otros versos de Baudelaire. Pero Bolaño es mucho más que este análisis. La ambigüedad de sus obras permite hacer lecturas subjetivas, inventando (con algún tipo de fundamento) significados personales. Y es que, entre otras cosas, fue un grandísimo lector de literatura, sobre todo de poesía, y tenía claro que la escritura no era otra cosa que una experiencia íntima y subjetiva y que los acuerdos hermenéuticos eran más dañinos que beneficiosos.


47 vistas

Suscríbete para recibir notificaciones del nuevo contenido