No tienes que amar tu menstruación (para no odiarla)




Se estima que, actualmente, 1.8 billones de personas menstruamos en el mundo. 1.8 billones de personas viviendo un ciclo que abarca la mayoría de nuestras vidas y que, contrario a lo que muches creen, no se resume a 4 días de nuestro mes: constituye un antes, un después, un durante, el pre del antes, el post del después. Los procesos menstruantes son un constante devenir cuerpo, son un desenvolver complejo y único para cada persona, un proceso físico y emocional que nos hace ahondar en nuestra consciencia de habitar un cuerpo de manera involuntaria. En el mundo del imaginario popular últimamente se observan imágenes que nos invitan a celebrar este proceso, a ‘alabar nuestra sangre’, a aprovechar la menstruación como un momento de reconexión con nosotres, a querer y adorar nuestro dolor, a abrazarlo de manera incondicional.


Esto puede sonar deseable y factible para muches. Tal vez hay personas que sí disfrutan su menstruación y ha sido una vía de reconexión con sus cuerpos, una manera de reconciliar un proceso que para muches todavía se presenta como algo extraño, algo tabú, algo de lo que se siente mucho y se habla poco, un tema individual que no entra en lo colectivo y que se vive y sufre en el espacio únicamente del baño personal y el cuarto. Y es increíble que puedan encontrar la reconciliación en esa vía. Sin embargo, siguiendo un poco la cultura de la toxic positivity, la misma que nos impulsa de manera abrasiva al amor propio y nos condena cuando ese amor propio no es absoluto, incondicional e inamovible, para muches no es posible amar su menstruación. Para muches sigue siendo un proceso dolorosísimo, complejo y que parece inacabable, o es razón de una disforia de género que irrumpe en nuestra noción del ser, o ha causado problemas de salud más graves para los cuales no hay solución concreta. Para muches es un desgaste (y gasto) sin sentido, un simulacro inacabable y que ni siquiera tiene una utilidad dentro de las metas de vida individuales.


La cultura de amo-mi-menstruación nos plantea una solución que parece lógica: es cierto que toda nuestra vida se nos ha condicionado a no vivir nuestros ciclos de manera abierta, a callarlos y reprimirlos, lo cual sólo genera frustración, hartazgo y vergüenza. Frente a eso, no odies tu menstruación: mejor ámala ☺. Sin embargo, eso sólo desplaza el sentimiento al otro extremo de la dicotomía, el cual ignora la difícil realidad que este proceso representa para muchísimas de las personas que lo viven: dudo que todes se puedan dar el lujo de tomarse sus días de menstruación como días de autocuidado y mascarillas, o que puedan siquiera tener acceso a los productos necesarios para sentir algo que no sea incomodidad y a veces hasta abyección.


Evidentemente, las intenciones detrás de este tipo de posts no son incorrectas. Sin embargo, no es necesario amar algo para dejar de odiarlo, especialmente en lo que concierne a los procesos corporales que nos causan dolor. Podemos construir relaciones y vínculos que den visibilización a dichos procesos, que nos permitan hablarlos, vivirlos y somatizarlos adecuadamente, tanto física como emocionalmente, sin que eso involucre una celebración de algo que francamente no siempre se va a sentir como una celebración. Está bien no poder o no querer amar el dolor menstrual que se extiende desde nuestros muslos a nuestra espalda, intestinos, ovarios, útero, cabeza. Está bien que no esperemos con emoción esos días en los que nuestra energía se derrite y cargamos con nuestros cuerpos pesados y nuestra velocidad es menos, nuestra agilidad es menos, nuestras ganas son menos. No tenemos que intentar forzar una relación desde el amor. Lo que sí podemos es intentar, desde donde podemos, abordar el proceso con amabilidad hacia nosotres mismes y hacia les que sabemos que pasan por lo mismo. Amabilidad que va desde el autocuidado, en el nivel en el que se pueda, hasta el no condenarnos si realmente no podemos hacer nada más que sentirnos mal ese día. Amabilidad para asistir, en la medida que nos sea posible, los procesos de otres. Amabilidad que no se limite a los días en los que ocurre el sangrado, sino a todo el proceso. Amabilidad para sabernos cuerpos vulnerables con procesos no lineales de reconciliación y sanación con nuestro devenir físico constante.


De la misma forma, esta amabilidad puede y debe expresarse en la acción social. Aunque es un ciclo inacabable y perpetuo, la menstruación sigue siendo un tema mayormente ignorado dentro de la comunidad médica y legislativa. Muchos de los productos que ayudan a solucionar problemas y dolores relacionados con esta ni siquiera fueron creados con la opinión de las personas menstruantes en mente, y las regulaciones laborales en cuanto a temas de salud no ven ninguna parte de este ciclo como una razón relevante para que quienes pasan por esto tengan algún tipo de accesibilidad para tratarlo en un espacio en el que pasan la mayoría de sus días. No tenemos espacios para vivir nuestros cuerpos, nuestro dolor: la menstruación es un ‘asunto de cada quién’, un vivir privado, porque, ¿quién nos manda nacer con un órgano que se deshace y se rehace cada mes? Tan es nuestra culpa y nuestro asunto que todavía no tenemos una idea clara de los efectos que las vacunas de COVID tuvieron en los ciclos de menstruación de los habitantes del mundo, y hasta el día de hoy ni se tiene una cifra clara con respecto a esa problemática ni una vía de solución para les afectades. Por lo tanto, la aceptación, aunque no debe derivar en amor, puede derivar en una exigencia cada vez más fuerte hacia nuestros sistemas de bienestar público, una voz clara y contundente que haga saber que este proceso no se va a ir dentro de mucho tiempo, y que necesitamos contar con mejores condiciones para que cada persona lo pueda vivir en la comodidad que pueda y desee.


La cultura del amor tóxico nos invita a que nos despojemos de nuestros rencores y amemos absolutamente todo lo que se nos cruza. Sin embargo, menstruar es doloroso y es feo. Puede que para muches represente un proceso que eventualmente lleva a algo bellísimo, para muches otres simplemente es tedioso, cansado y triste. Cualquiera que sea el caso, se puede dejar de abordar el tema con odio y con vergüenza sin que tengamos que adorar cada gota de sangre que cae de nosotres. Construir relaciones con nuestros cuerpos desde la aceptación y la amabilidad no siempre tiene que involucrar amor, felicidad y positividad, y eso está bien. No poder entrar en el círculo de amor a los cólicos no nos hace malas personas y tampoco involucra un pleito perpetuo que además muchas veces no podemos ganar. Sabernos cuerpo, saber que podemos abarcar tanto dolor y que eso nos fragmente unas veces pero nos lleve a rehacernos con amabilidad, poder abrazarnos a nosotres mismes y acompañarnos desde la compasión tanto individual como colectiva puede ser un paso más importante en nuestro camino de reconciliarnos con el hecho de que tenemos que habitar un cuerpo.



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