Mirar el mundo con cansancio: ¿Arte post-pandemia?



Sobreviviendo a la cobertura de la mitad del rostro, se asoman unos ojos que miran otros ojos. En el acto de mirar legitiman su circunstancia compartida y en ella saborean su cansancio. Se reconocen en esa especie de fatiga prolongada en el tiempo que ya no apuntala hacia ningún futuro próximo, que habita con indiferencia el presente que ha dejado ya de deslizarse. Suponíamos que si se eternizaba el presente en él habitaría lo trascendente, lo suficiente, lo infinito. El resultado fue distinto a lo esperado y el mundo se esfuerza entonces por hablar de ello, por hacerlo visible, por articularlo discursivamente. Se quiere hablar del mundo como se hacía cuando aún existía el mundo, cuando nadie sabía todavía que este pronto acabaría por reducirse al perímetro de una habitación perenne.


Hoy el arte pretende hacernos ver las consecuencias del encierro y la distancia. Se quiere retratar la vida desde lo que tiene de moribunda, de infertil, de fragmentaria. Y es que quizá la responsabilidad del artista ha sido guardar la fidelidad para con lo real que se nos esconde y que se escapa de toda comprensión posible. Traer a la vista lo que usualmente recibiríamos con los ojos cerrados, regalar la inmundicia con una violencia o una sutileza tal que, como sierva de lo real, la haría tangible; familiar. Eliminar la extrañeza y entonces ofrecer relatos que expliquen el mundo por lo que es, por su naturaleza defectuosa desde el origen, por su sacralidad, por su vacío, por lo que tiene de incoherente.


Pero cuando lo ínfimo y lo extraño se convierten en lo más evidente, aquella sagrada intención queda vaciada de contenidos. Regresa a un terreno donde ya nada acontece porque quiere hacer cercano lo que en modo alguno ha permanecido lejos, porque quiere abrir paso a la sensibilidad en donde la razón ya ha construido su imperio. Ya no puede echar a andar el pensamiento para obligarlo a imaginar lo inimaginable, pues la distancia entre lo real y lo que no quisiéramos evocar con el pensamiento quedó suspendida. Hoy habitamos esa zona indiscernible entre lo familiar y lo extraño, entre el refugio de habitar adentro y el riesgo de muerte que se halla tan sólo unos pasos más allá de la puerta.


La pesadez de dicha transición es innegable. También lo es el pesimismo detrás del ocultamiento del rostro, la aniquilación de la cercanía y del tacto, la angustia de una mirada que se sigue a sí misma a través de una pantalla, que mira su hablar, que ya no sabe sentirse en compañía sin estar atravesada por la culpa y el miedo. El cansancio de una expectativa frustrada que se prolonga, se multiplica y que pronto anula toda posibilidad de un nuevo horizonte se revela en forma de apatía. Un demonio se ha deslizado furtivamente en la más solitaria de sus soledades para anunciarle que esa vida, tal como la está viviendo ahora deberá vivirla otra vez, innumerables veces. Y no habrá en ella nunca nada nuevo. El eterno reloj de arena de la existencia se invertirá siempre de nuevo. Y lo hará él también como una pequeña partícula de polvo. Los días eternos. El tiempo eterno, girando y volviendo a suceder con las mismas angustias, la misma pereza, la misma agonía.


La obra de arte que se atiene a la realidad como mera descripción y retrato deberá esperar la misma mirada de tedio con la que se mira el mundo del tiempo detenido, del espacio circunscrito, de lo terrible del afuera. La representación que no da cabida al pensar ofrece un suspenso, pero uno sin excitación alguna, sin intensidad: un suspenso que neutraliza y anula la realidad que pretende mostrar. Con un nacimiento nauseabundo, su incapacidad tanto para solventar las contradicciones como para multiplicarlas hasta el infinito la dirige a la tumba en calidad de un archivo. Una visión optimista le permitirá servir como recuerdo, como evidencia y como historia de un tiempo que se caracterizó por haber detenido el curso de la vida, por el aletargamiento del ánimo, por la carencia de éxtasis, de catarsis, de deseo. Si la realidad nos ha sido revelada con un gesto hostil, y si es esto de lo que tratará la vida en el tiempo subsecuente, ¿podría el arte resignificar el poder de la ilusión? ¿Podría poner en relieve que aquello que nos está llevando de la mano hacia un nihilismo pasivo es la monotonía del transcurrir de los días, del ahora, de lo que visualizamos como un posible futuro? ¿Será capaz de mirar más allá de sí, de mostrarnos desde su tiempo lo que nos excede, lo que sigue siendo —aún ahora— extraño?


Por último, ¿podrá el arte hacernos mirar una realidad que estamos cansados de seguir viendo, de seguir habitando? ¿Es capaz de librarnos del encierro?



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