Mística y brujería: la comunión de carnes y de mentes.

Diegardo Corgóngora




La brujería y la mística siempre tachadas. Siempre puestas juntas, remachadas en la locura. Una desde lo divino, la carne divina y del divino; otra desde la divinidad de la locura, de la carne loca. Pero ambas desde su éxtasis crean.

A la brujería se le puede objetar como trueque o patraña, pero en esta ocasión pasaremos por alto el hecho de que ha servido como productora de capital, al igual que la mística divinizada. Y desde el momento en que la experiencia de estas dos supone la inexplicabilidad de la conexión social, la experiencia supone todo. Pero, más allá que relativizarlas, es posible esbozar puntos que las conectan y que, de alguna forma, proclamen la realidad que es la brujería.


Sabemos que esta depende de la experiencia del contrato religioso: el fervor a la deidad, la carne que se sabe cuerpo. Pero hay una gran diferencia y punto a observar. En la brujería se sabe que, mediante la seguridad de que la palabra representa a la cosa, el control del mundo y de cómo suceden sus cosas está en saber y pronunciar nombres. Los ejemplos son muy vastos: los mitos paganos, la adjetivación y epítetos a deidades y espíritus son prueba de que están atados a sus poderes, a lo que tienen potestad. Toda oración, “Diosa del infierno, del cielo y de la tierra, diosa de las encrucijadas… Tu que te regocijas de ver sangre”, es la seguridad de que la palabra es poder, y de que la realidad está sujeta a estas, “Líbrame de mis enemigos, oh Dios mío… Ponme a salvo de los que se levantan contra mi”.


Sin embargo, la sutil diferencia está entre el conjuro, la invocación y la plegaria. Diferencia que podemos llamar volitiva, y que caracteriza a quien habla entre el querer traer, propiciar o pedir desde la palabra.


Ahora, el encuentro mediático de la brujería al que todos hemos estado acostumbrado es demasiado corto y restringido: es fácil ponerle peros. Todo lo que es brujería, nigromancia, necromancia, wica, herbolaria, todo lo no cristiano es malo. Bien nos lo enseñaron. Pero, fuera de lo mediático y de la manipulación de la imagen, es posible ver que la brujería atiende a necesidades místicas, en tanto que responde a la necesidad de actuar y de ser una alternativa para una comunidad y encuentro social.


Nada es maniqueo, en blancos o negros, tanto el hyperfervor como la nula atención al fenómeno religioso nos ciegan y nos hacen ver cosas. La brujería no es únicamente conjuros y malas intenciones, ni el éxtasis místico es el sueño dorado y puro.

La brujería depende de la mística, del espacio que crea y del fervor que la hace fenómeno en el mundo.


La danza de los derviches, el contacto que tienen con su carne y con lo divino, es abominable y perjurador para los chiitas.


Sin morar en lo profano, sin el acto de carnaval corporal, la mística no sería mística.

El motivo avieso y las malas intenciones no se oponen a la comunión ni al encuentro social: a lo místico. El odio es obstáculo y, a veces, el odio es lo que hace la diferencia.

La brujería y sus derivados dependen de la comunión, aunque sea desde el abismo oscuro de nuestros seres, de la experiencia que es la comunicación de anhelos entre personas. Es una alternativa al descuido del Cristianismo institucionalizado ante sus promesas, al descuido que ha tenido por años la institución religiosa/política más grande del mundo. Las palabras del Chréstos ya no es camino al Christos, sino que ha sido utilizada como control estatal: la mística proclamada divina por las sedes/Estado Cristianas utilizan, parcialmente, las estrategias de mercadotecnia de la brujería.

La mística, sin espacio a dudas, jamás podrá ser vista como buena o mala. Jamás. Que su experiencia queme y fortifique no significa que carezca de significado o sentido, al contrario, va más allá de lo que las palabras pueden conciliar. Más allá del edicto de quemar, destruir, y de lo que cualquier religión imperial dicte como abominable y prohibido. Es comunión de carnes y (de)mentes.



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