Los privilegios de perder la cabeza a gusto



Te levantas. No dormiste bien. No tenías insomnio antes de la pandemia, por lo menos no tan denso, pero ahora ni siquiera sabes qué día es. Hoy pudiera ser ayer y mañana, un embudo de aburrimiento y desesperación y noticias culeras que te meten en dilemas existenciales desde que te despiertas y abres twitter hasta 3 horas después, cuando logras despegarte de ese torrente de historias horribles sin un cacho de esperanza en el que se convirtió el mundo desde que no puedes salir a vivirlo. Te sientes mal, y ya empezaste mal, ayer fue un mal día y pensaste que hoy iba a estar mejor pero ya no te despertaste para meditar y desayunar desayunos de gente sana, y no hay leche para cereal entonces mejor te haces unas quesadillas medio secas y pones una serie sin mucho sentido que te embobe un rato.


Después de comer checas tu pastillero para poder darle a tu cerebro lo que necesita para ser moderadamente funcional ese día. Sorpresa, ya no tienes medicina.


Inmediato pánico. No te gusta pensar que eres dependiente de las pastillas pero la neta es que hoy necesitas ser funcional, tienes cosas que hacer y que ya no puedes procrastinar más porque ya las procrastinaste una semana, y no te puedes dar el lujo de que el mero pensamiento de que no te tomaste tu medicina para el cerebro te llene de tanta ansiedad que no puedas hacer nada.


Entonces, a la farmacia. A gastar más o menos el doble o triple de lo que ya pagaste para que te diagnosticaran el cerebro, y de lo que pagas periódicamente en terapia. Se te hunde el estómago cuando ves la etiqueta que tienen las medicinas de la cabecita que lee precio máximo al público y a la que le sigue una cifra que te sabes de memoria, porque te acecha cada mes, un putazo de realidad que se te pega a la nuca y que, conforme se acerca la fecha de renovar los medicamentos, se vuelve más incómoda, se mueve como un gusano adentro de tu consciencia y de tu sentir.


No, no puede ser que eso tengas que pagar para poder tratar un órgano de tu cabeza que no está funcionando de manera adecuada, pero sí es. No, no puede ser que, por dentro, te sientas humillade y pequeñe por necesitar de estos medicamentos para poder sobrevivir y hacer lo que te corresponde, aún sabiendo que la salud mental es importante y que es una necesidad, pero lo es. No, no puede ser que cuando un ser queride tiene algún padecimiento de salud mental no pensamos dos veces en impulsarle a buscar tratamiento si siente que lo necesita, a priorizarse, a decirle que tiene todo nuestro apoyo, pero no poder encontrar ese apoyo en nosotres mismes por a) el padecimiento mental propio como bloque que nos impide vernos como nuestro principal objeto de cariño, y b) la etiqueta con el precio sugerido que nos hace cuestionar si realmente vale tanto la pena para gastar esa cantidad de dinero, si realmente nuestros sentires son más importantes que el golpe económico que esa cantidad de dinero representa.


Te tragas la culpa internalizada y sales a la farmacia. Número uno, no manejamos ese medicamento. Número dos, este país está en desabasto de metilfenidato desde hace 3 meses señoritx, ¿no sabía? Número tres, esta farmacia no maneja medicamentos controlados, nos damos el lujo de atender todas las enfermedades que consideramos válidas y visibles porque atacan de la ceja para abajo, pero sólo esas, nada de que el cerebro también es un órgano y sufre y padece y deja de funcionar como debe, porque si no es somatizado por medio de fiebres y vómitos y mocos y flemas no vale. Número cuatro, sí tenemos el medicamento, señoritx, pero el doctor que le escribió la receta la firmó con una pluma de otro color y eso invalida la receta. Disculpe, el doctor firmó de esa manera porque se le acabó la tinta, yo estuve, además cumple todos los demás requisitos, si quiere le marco a mi doctor para que le diga que es válido, puede buscar su cédula médica y contactarle usted misme. No, señoritx, no le vamos a poder proporcionar su medicamento en esta ocasión. Hasta luego. Tu órgano que padece es una prueba burocrática-farmacéutica que nunca se puede superar.


Te paseas mareade por todas las farmacias que encuentras en google maps. Un loop interminable: ves la etiqueta del precio, no tienen tu medicamento, te niegan tu medicamento. Empiezas a sentir el descontrol detonado por la ansiedad de la situación y potenciado porque TIENES EL CEREBRO ENFERMO y eso hace cuando necesita un medicamento y no lo tiene.

Asfixia. Nunca vas a encontrar el medicamento. Quién sabe cómo le vas a hacer. Dejar una medicina de golpe es peligroso, ya lo hiciste antes una vez y no salió bien. Te entra el pánico de que entre el pánico, de que no puedas accesar a uno de los recursos más importantes con los que cuentas para Cumplir con tus Deberes de Ciudadane y Persone Responsable dentro del Sistema Capitalista. Te entra el pánico del pánico de que entre el pánico. Quedan tres farmacias a la redonda: o lo encuentras ahí o colapsas hoy. Empiezas a hacer planes y excusas para cuando no puedas hacer lo que tienes que hacer hoy. Perdón, profe, disocié tan duro que no pude ver la pantalla de la compu ni con mis lentes. ¿Le puedo entregar extemporáneo?


¡¡¡En la farmacia número 7 tienen tu medicina!!!!! Doscientos pesos más cara que la última vez que la compraste, pero la tienen :) . Todo tu cuerpo es un cable de alta tensión mientras leen tu receta: aunque sabes que es una receta válida y que sí necesitas esa medicina, no puedes evitar sentirte como que estás cometiendo un crímen. Quieres llorar de enojo y llorar de alivio. La compras y te quedas viendo en la aplicación de tu banco las miserables cifras que quedan después del Self Care. Regresas derrotade a casa a tomarte el medicamento rápidamente y esperar a que puedas empezar a ser. Te arrastras por treinta días.


Te levantas.



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