Los gnomos libreros



Manuel Barroso


Me encantan los juegos de mesa. Es una práctica que se esparce cada vez más y eso me alegra, pues existe la posibilidad de jugar siempre con personas diferentes. Además, hay juegos de todo tema imaginable, incluyendo libros y su mundo. Ahí están Biblios, de Steve Finn, o The

Great Penguin Bookchase, de Tony Davis. Sin embargo, mi favorito es Ex Libris, diseñado por Adam P. Mciver y con el arte de Jacqui Davis, Anita Osburn y el mismo Mciver. En él, cada jugador es el dueño de una librería que intenta hacer de su tienda la mejor del pueblo consiguiendo la mayor cantidad de libros y, encima, acomodándolos en orden alfabético en sus estanterías. Para lograrlo, puedes mandar a tu librero a ciertas partes del pueblo para encontrar tomos antes que los otros. Cada uno es un peón distinto a los demás, tiene una habilidad especial, le da la razón de ser al nombre de su librería.


Y luego están los gnomos, peones genéricos que todos los jugadores tienen. Salvo por el color, son idénticos entre sí. Son empleados en tu librería, nada más que eso. Es por ellos que, al jugar, me acuerdo de cuando trabajé en Casa del libro. 1,150 pesos quincenales y el 10% del precio de cada venta realizada por ocho horas de trabajo, una de comida, un día de descanso y el 10% de descuento en cualquier libro que comprara ahí.


Entré a trabajar ahí por romántico e ingenuo. Tenía 19 y acababa de leer La librería de los escritores, de Mijail Osorguin. La idea de una librería atendida por conocedores me tenía maravillado, quería ser parte de ello. Sin embargo, no tarde en darme cuenta de que no solo ninguno de mis compañeros era experto en libros, sino que, salvo a dos de ellos, a ninguno le gustaba leer. Tampoco tarde en darme cuenta de que el gusto por la lectura es un requisito

irrelevante para las librerias al contratar a sus empleados.


Si bien es cierto que, por ejemplo, librerías Gandhi realiza un examen sobre cultura librera ( es decir, que sepas algo sobre libros y su contenido ), la verdad es que es fácil pasarlo teniendo la preparatoria terminada. Porque una librería no necesita conocedores en una materia o expertos

en poesía francesa del siglo XIX, necesita cargadores para hacer devoluciones. Porque en un mercado como el del libro, saturado de producto y de un ritmo más lento al de cualquier

otro, ningún "librero sensato compraría en firme veinte ejemplares de un libro nuevo a menos que su venta fuese absolutamente segura, y casi nunca lo es. Pero no tendría reparos en recibir esos veinte ejemplares en consignación ( ... ), con la posibilidad de devolver los que hayan quedado,

al cabo de un tiempo. Asi pasa. El porcentaje de devoluciones en cualquier mercado oscila entre el 30 y el 50 por ciento" (Escalante Gonzalbo 271). Es decir, la exigencia real de estos vendedores es acomodar cajas, quitar etiquetas y buscar títulos que no están en su lugar para devolverlos.


Sin embargo, ahí no acaban sus funciones. Tiene que teclear títulos en su buscador para decirle a sus clientes que no los tiene, debe armar listas de material escolar lo más rápido posible porque, todos lo saben, esa sí es una buena venta. Y, sobre todo, debe lidiar con la peor pregunta posible

que alguien puede hacerle: ¿qué me recomienda?


Esa interrogante, que obliga a un vendedor a fingir que sabe de lo que está hablando, es crucial en un mundo del libro donde la mesa de novedades de las ''librerías de recreo", como las llama Laura Miller, rigen las ventas (y relegan a la devolución a los libros de la estantería) (131 ).

Porque el vendedor tomará, por ejemplo, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y lo venderá como la mejor novela policial que ha leído en su vida. Y ese suceso es relevante porque cambiará la manera en que el lector se aproxime al texto, va a condicionar su lectura.


Y esto podría sonar fatal si se pensara que entre estos vendedores solo hay trabajadores que no leen, pero entre ellos, también hay bibliófilos que esperan, ansiosos, compartir con alguien los textos que aman.


Bibliografia

Escalante Gonzalbo, Fernando. A la sombra de las libros. Lectura, mercado y vida publica, Colegio de Mexico,2007.


Miller, Laura J. Reluctant Capitalists. Bookselling and the Culture of Consumption, The University of Chicago Press, 2006.


Osorguin, Mijail. La libreria de los escritores, traducido por Selena Ancira, Ediciones de la Caldera y Editorial Sexto Piso, 2008.


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