La sombra de la Malinche



No hace falta ser historiador para darse cuenta de la libertad con la que se ha manipulado el discurso histórico en torno a la figura de la Malinche.

En algún momento, por ahí por la primaria, aprendimos que la Malinche era la traductora de Hernán Cortés, que fue vendida como esclava y que Cortés, al darse cuenta de su particular inteligencia y su manejo de varios idiomas (maya y náhuatl) la escogió como traductora, cosa que era, por ponerlo sutilmente, inusual para una mujer indígena de su época.


Tal como Pocahontas y John Smith en la versión de Disney, se enamoraron perdidamente, a pesar de venir de mundos completamente distintos.

En la concepción a la que todos estamos acostumbrados, esto significó que la Malinche traicionó a los indígenas. Como consecuencia de su deslealtad a nuestros ancestros, hoy usamos su nombre como sinónimo de “persona que prefiere a los europeos”.


Esta impresión es, por supuesto, propagandística y poco confiable. La construcción del discurso que rodeó a la Malinche depende de las intenciones de cada gobierno.


En realidad, Cortés apenas escribió sobre la Malinche y, si lo hizo, fue sólo porque se le pidieron recuentos detallados de los viajes en los que lo acompañó.


A pesar de la aparente indiferencia de Cortés, varias narrativas de la época (como las de Bernal Díaz del Castillo) intentan pintar a la traductora como una “princesa” de clase alta; una digna acompañante para el respetable español.


En estas crónicas, la Malinche es representada como inteligente, misteriosa y atractiva, cosa que, por supuesto, implicaba que su color de piel era más claro que el del resto de su comunidad y que presentaba muchas características más parecidas a los españoles que a los indígenas.


Los españoles no tenían ningún interés en estudiar a los indígenas como realmente eran, pero servían como un elemento romantizador para sus relatos sobre el nuevo continente.


Estas percepciones fueron reforzadas a lo largo de los siglos, adjudicándole a la Malinche cada vez más características correspondientes a la feminidad tradicional europea. De hecho, esta percepción se consolidó en el siglo XIX, cuando México estaba recién independizado.


En su libro de 1843, Historia de la Conquista de México, William Prescott empieza a construir la narrativa de que la Malinche estaba enamorada de Cortés.

Por supuesto, según él, cualquier señorita indígena sumisa y respetable no podría sino derretirse ante el explorador europeo, llegado por fin a traerles el regalo de la civilización a ella y a toda su comunidad.


Y, por este amor de telenovela, por supuesto que Doña Marina estaba dispuesta a traicionar a su pueblo e irse con Cortés. Por ende, desde la concepción eurocéntrica (que abunda en Estados Unidos, de donde es el autor), se le establece como traidora, pero una cuya ofensa está justificada porque: 1. Traicionó por amor y 2. Traicionó a los indígenas, no a los españoles.


Incluso la reivindica inventando un final alternativo para su historia: la Malinche, tras casarse con Juan de Jaramillo y recibir una generosa dote de parte de Cortés, regresa a su pueblo rica y feliz, donde vive hasta su muerte (1).


Esta narrativa era, por supuesto, extremadamente conveniente para ser apropiada por la recién independizada nación mexicana.


Una vez terminado el conflicto de Independencia, México se encontró a sí mismo en búsqueda de una narrativa histórica que los ayudara a definir su identidad.


La Malinche, entonces, se convirtió en una de las principales figuras de la romantización de los indígenas como lugar de origen del pueblo mexicano.


La historia de amor entre la Malinche y Cortés es, además, un símbolo de la nación naciente, que era una mezcla entre su origen indígena y su pasado colonial. Solía decirse que su hijo con Cortés, Martín, había sido uno de los primeros mestizos del territorio mexicano.


Además de ser un perfecto mito fundacional, la idea de una relación romántica entre Cortés y la Malinche escondía tras de sí la realidad devastadora de la conquista, implicando que el contacto entre los dos territorios y las dos cosmovisiones fue romántico y emocionante… incluso deseable.


Del otro lado del espectro historiográfico, está la imagen de la depredadora desenfrenada; la mujer insaciable que sólo buscaba su propio beneficio sin importarle el bienestar de la sociedad que la vio crecer.


Uno de los más claros ejemplos de esta narrativa viene del final del Siglo XIX, cuando la autora Laureana Wright de Kleinhans escribió un artículo sobre la Malinche para su libro Mujeres notables mexicanas.

Dice que la Malinche solamente pudo haber “ejecutado los actos vulgares que el amor origina en todos los seres que se hallan poseídos de su pasión, logró hacerse notable sin ser grande y alcanzar fama sin gloria, viniendo a reflejarse en la carrera de Hernán Cortés como un punto negro iluminado por el reflejo de aquél (2).”


Evidentemente, la autora considera que la Malinche no es más que una sanguijuela alimentándose de la sangre de Cortés.


En esta concepción, la Malinche encarna todos los peores estereotipos de los indígenas y las mujeres: es una persona dispuesta a sacrificar su dignidad, que utilizó su sexualidad para llegar a una posición de poder, no sólo en su tiempo, sino también como figura histórica.


Esta imagen, evidentemente, era compartida por muchos autores occidentales; no conforme con llamarla promiscua y poco memorable, la acusa de traición.

La culpa de preferir a los españoles por encima de los indígenas pues, “una vez entregada en cuerpo y alma a los extranjeros, despertaron en ella desconocidas ideas de orgullo y al estar colocada en alta posición con respecto a los suyos, rompió toda liga con los pueblos del Anáhuac desconociendo a su raza (3)”.


Olvidado está el supuesto final feliz propuesto por William Prescott; la Malinche de Wright de Kleinhans termina siendo regalada a otro hombre por su adorado Cortés.


La Malinche, pues, es similar a muchas otras mujeres en el discurso historiográfico hegemónico, en el sentido de que encarna tanto las virtudes virginales de María como las fallas morales de Eva, dependiendo de cómo la mires.


Por supuesto, las perspectivas decimonónicas corresponden con las corrientes morales e ideológicas de la época, mientras que análisis más recientes priorizan las problematizaciones relacionadas con eventos y actitudes actuales.


Uno de los ejemplos más claros es cómo, en años recientes, muchos autores han optado por utilizar un análisis de género para explorar las implicaciones socioculturales del personaje de la Malinche.


La autora Tanya Huntington, en un reciente panel virtual sobre la presencia historiográfica de la Malinche, hizo referencia al hecho de que fue una de las pocas mujeres que era representada con tlahtolli, el símbolo náhuatl para la lengua, simbolizando su labor como traductora.


Recalcó: “la mujer que es lengua no se calla. Y yo creo que ese es un aspecto de ella, un superpoder que ejercía en un momento en que las voces de las mujeres carecían de registro, de huella, podríamos decirlo así. Ella sí dejó la suya. Además, ha logrado sobrevivir a todas estas versiones que han existido de ella misma (4).”


Es cierto que la Malinche es una de las figuras historiográficas femeninas más persistentes y reconocibles de la historiografía mexicana. Sin embargo, darle una connotación empoderante a lo que era, en su centro, una situación de esclavitud es un poco exagerado.


Es cierto que, por lo que sabemos, era una mujer con más privilegios que la mayoría de sus contrapartes.


Sin embargo, esta situación no se dio porque ella luchara por sus propios derechos o tuviera realmente una voz entre los españoles, sino gracias a que era parte de una clase social extremadamente privilegiada para su época, cosa que le permitió recibir una educación poco común.


En realidad, esta narrativa no es más que otro de los muchos disfraces con los que se ha colado la Malinche en nuestro discurso histórico, y es igual de criticable que cualquiera de los anteriores.


Ninguno de estos recuentos es “objetivo” ni nos dice realmente nada relevante sobre la vida que vivió la Malinche, pero ese no es el punto. El punto es la historia, el cuento que nos contamos y las razones por las que decidimos hacerlo así.


Dentro de cien años, los libros dirán cosas distintas, y se les harán críticas distintas que serán igual de válidas.


Vale la pena pensar si el verdadero motor de la historia no es su escritura misma; queremos seguir viviendo, explorando, evolucionando, aprendiendo, para que dentro de cien años, quienes escriban los libros tengan una variedad de acontecimientos y recuerdos con los cuales reconstruir nuestras narrativas en historias que a nosotros nos serían absolutamente irreconocibles.


Lástima que no estaremos ahí para verlas.




Notas al pie


1. Becerra, Fernanda Núñez. La MALINCHE: De La Historia Al Mito. Instituto Nacional De Antropología e Historia, 2002.

2. Wright de Kleinhans, Laureana. “Caoniana, Tenepal o Malinal.” Mujeres Notables Mexicanas, edited by Laurena Wright de Kleinhans, Tipografía Económica, 1910, pp. 17–17.

3. Ídem.

4. Hernández, Ricardo. “Reivindicación De La Malinche.” Gaceta UNAM, 15 Feb. 2021, www.gaceta.unam.mx/reivindicacion-de-la-malinche/.


Referencias

  • Franco, Jean, y Gloria Elena Bernal. “La Malinche: Del Don Al Contrato Sexual.” Debate Feminista, vol. 11, 1995, pp. 251–270. JSTOR, www.jstor.org/stable/42625352. Consultado 26 Ago. 2021.

  • Leyva Rendón, Gabriel Ulises. “Diseccionan Mitos y DISCURSOS Historiográficos DETRÁS Del Nombre De La Malinche.” Bienvenidos Al INAH, INAH, 14 June 2021, inah.gob.mx/boletines/10057-diseccionan-mitos-y-discursos-historiograficos-detras-del-nombre-de-la-malinche.

  • Mohammed, Farah. “Who Was La Malinche?” JSTOR Daily, 1 Mar. 2019, daily.jstor.org/who-was-la-malinche/.


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