La Primavera Árabe: Problemas de una revolución

Arcadio Falcón









“Más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer” — Refranero Español



“Si tuviera una oportunidad, sólo una…” - le dije una vez a mi padre. Mi teoría en ese momento era que si me dieran el poder que tiene un presidente americano, solucionaría la mayoría de los problemas del mundo en dos años. Era inocente (más aún que hoy) e insultantemente joven para entender cuestiones tan complejas.


Algo parecido debieron de pensar los rebeldes tunecinos que en 2010 dieron el pistoletazo de salida a lo que hoy llamamos la Primavera Árabe. Durante muchos meses, los ciudadanos, la gran mayoría musulmanes, tomaron las calles con decisión y quizá necesaria violencia para pedir cambios en la estructura del Estado. Algunos tuvieron “suerte”. Otros fueron masacrados. Contaremos la historia de los perdedores, tomando tres ejemplos, porque es donde realmente se ve el problema de la revolución.



Egipto


Mubarak, tirano, llevaba 30 años en el poder cuando empezó todo. Su régimen torturaba y arrestaba indiscriminadamente, pero entendía a Nicolás Maquiavelo cuando escribió que un tirano debe proyectar dureza… pero no siempre. Llega un punto en el que el pueblo no lo soporta más y Mubarak permitía cierta crítica a las políticas sociales y gubernamentales en los medios de comunicación y la prensa.


Hoy, Egipto se encuentra bajo el yugo de un tipo aún peor, Abdel Fattah el-Sisi. Militar, llegó al poder organizando un golpe de Estado contra Morsi, que sucedió al depuesto dictador y fue el primer presidente elegido democráticamente en toda la historia del país. Suena parecido a lo que hizo la CIA durante todo el siglo XX en Sudamérica, ¿o no? El método es parecido y aquí podemos observar el primer problema: echamos a un déspota y aparece un psicópata.


Para entender mejor la situación en Egipto pueden leer la entrevista que hice a un músico egipcio para Diario ABC.


Libia


Este es un caso especialmente cruel porque Libia ha pasado de un país organizado y relativamente próspero a uno de los centros mundiales de tráfico de personas.


Gaddafi fue el líder de la nación durante 42 años y, aunque había llegado al poder por la fuerza y era otro ejemplo claro de dictador, hizo mucho para mejorar el país durante su tiempo. De hecho, llegó a proponer una unión monetaria de países africanos con una nueva divisa que se sustentara en los recursos naturales de las distintas naciones y en oro.


Eso no es algo que el petrodólar pueda asimilar y sería, con casi total probabilidad, su final.


Gaddafi fue ejecutado por fuerzas rebeldes el 20 de Octubre de 2011 y desde entonces la nación no tiene estructura. Distintos grupos terroristas se reparten el territorio y saquean los pueblos “enemigos” secuestrando a las mujeres, asesinando a los hombres y reclutando a los niños. Sus victorias son pírricas y ninguno de estos grupos conseguirá imponerse sobre el resto sin ayuda externa.


Aquí tenemos el segundo problema: la caída de una figura autoritaria genera un vacío de poder que nadie consigue ocupar y el mundo post-dictador es peor aún.


Siria


Bashar al-Assad es, según la prensa oficial americana, el Demonio. En contraste con lo que tiene alrededor (y fíjense que en todo esto nunca se habla del régimen saudí o el kuwaití), es casi occidental. O era, porque el país que le han dejado no tiene mucho que ver con el de hace diez años.


Los ataques de 2013, en los que supuestamente el gobierno bombardeó zonas rebeldes con un agente químico letal, son la base de esta visión occidental y simplista sobre un asunto tan complicado. En primer lugar, nadie ha producido nunca pruebas para confirmar esa acusación.


Hay que recordar además que una de las pocas cosas tangibles que sucedieron durante la Primavera Árabe fue la creación de ISIS, o Estado Islámico en Español. Gracias al trabajo del loco Julian Assange y el libro “Wikileaks Files: The world according to US Empire”, sabemos de forma irrefutable que los terroristas recibieron armas, entrenamiento y financiamiento a través del Golfo Persa, la forma que tienen los diplomáticos de decir Arabia Saudí, cuyo mejor aliado, defensor militar y pareja comercial número 1 es Estados Unidos


Aquí vemos el tercer problema de una revolución: la influencia de una superpotencia, algo imposible de procesar para un país pequeño en comparación.


A medida que descubro cosas y voy “creciendo”, soy menos osado cuando hablo con mi padre.










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