La otra cara de Platón: sus doctrinas no escritas




Este artículo nace de una inquietud al pensar en que Platón podría no haber escrito lo mejor de su pensamiento por razones que iremos exponiendo a continuación. Dicha angustia nace porque si, como aseveró alguna vez Whitehead, toda la filosofía occidental es en una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica, entonces, ¿qué sería si sí tuviéramos aquello no-escrito por el gran filósofo ateniense? ¿Ya ni notas al pie se hubieran realizado?


Por ello, aquí me propongo responder las siguientes preguntas: ¿Qué entendía Platón por escritura? ¿Qué consecuencias tuvo esa noción para su pensamiento filosófico?


Primero que nada, hay que contextualizar. Disculpará el lector que no profundice en este apartado como se merece, pero trataré de dejar los puntos clave muy claros. Chartier y Cavallo en su Historia de la lectura (2004) nos muestran que la sociedad griega de los siglos V-IV a.C. era un mundo muy distinto en cuanto a lo que comprendían los griegos por escritura y el acto mismo de leer.


La función del acto de escribir era la conservación de los conocimientos, por lo que los textos respondían a un propósito de preservación… su lectura era un refrescamiento de la memoria (Chartier y Cavallo, 2004, pp. 21-27). Hablamos de un mundo en el que la oralidad y la escritura conviven, pero la primera es más importante.


Así, el lector, que era al mismo tiempo un oyente, por leer en voz alta y de forma pausada, por un lado distribuía la información entre los demás oyentes (incluyéndose), por otro, reconocía lo que el texto guardaba a través de la escucha, y, por último, añadía. ¿Qué implica esto de añadir? Que el texto, por sí mismo, se entendía como algo incompleto. O sea, el texto sin su oralización no subsistía. Puestas ya las bases, podemos, ahora sí, remitirnos a la noción de escritura según Platón.


Jacques Derrida en su ensayo «La farmacia de Platón» aborda la manera en que, en el Fedro, el filósofo de Atenas nos muestra su pensamiento sobre la escritura. Desde una mirada marginal, deconstructiva, Derrida se cuestiona si la grafía para Platón es una simple transcripción del habla y auxiliar de la memoria, pero también un peligroso veneno para la misma (Nava, 2016, p. 22), un phármakon.


Y es que, leyendo el Diálogo en cuestión, vemos un profundo contraste entre un Fedro que necesita apoyarse de un escrito, contrario a un Sócrates que elabora su discurso sin mayor complicación.


«Para Sócrates [personaje del Fedro], la escritura, al ser meramente un auxiliar de la memoria, volverá a los hombres tardos en pensamiento, al impedirles cada vez más la facultad de la memoria» (Nava, 2016, p. 24). Platón sí condena la escritura, mas no en su totalidad ya que por algo escribe, ¿no? Lo que condena, más bien, es pensarla como medio de generación y transmisión de conocimiento.


Por eso es que el personaje de Sócrates habla sin necesidad de un texto en el que apoyarse. Es la oralidad el verdadero valor para el saber. Esto conlleva entender la palabra dialogada (logos) como algo vivo y real; opuesto a la escritura que es apariencia, olvido, muerte (Wenger, 2016, pp. 17-18).


Por eso es que el método iniciado por Sócrates y continuado por Platón, como su discípulo y amigo, consistía en llegar a la verdad mediante el diálogo (Pavetti, 2016, pp. 33-34). Era la dialéctica el camino para aproximarnos a las formas.


Si ampliamos el marco, también los sofistas operaban de esa forma: enseñaban la excelencia, la virtud por medio del arte de la retórica, o sea, te enseñaban a hablar… en ningún momento a escribir o a leer. Sócrates iba dialogando por la polis ateniense, no redactando. Así también operaba Heráclito siendo muy hostil con su lector; los sacerdotes y las grandes eminencias de la sociedad griega no revelaban sus secretos a cualquiera; ¿cuántos presocráticos no escribieron? Los pitagóricos iban preparando a sus miembros en el camino de la soteriología.


El punto al que quiero llegar es que la noción que Platón tiene de la escritura no es exclusiva suya; es fruto de su tiempo. ¿Por qué, entonces, Platón escribe? Aquí hay que visualizar que su escritura, ya de entrada, era un soporte, no la versión definitiva de lo que él pensaba. En segundo lugar, si ponía por escrito una parte de sus razonamientos (lo que es la justicia, la amistad, el amor, la teoría de las formas…) lo hacía por medio de interlocutores que estaban dialogando al interior de su obra, como el Banquete.


Esto es, sus textos eran un continuo recordatorio de que en la oralidad se hallaba el conocimiento… no en esas letras muertas. ¿Esto implicaría que sus Diálogos se leían en voz alta y, a la par, el lector o los lectores iban completando lo escrito? Muy probablemente.


Ahora bien, toca el turno de introducir a esta exposición la Carta VII de Platón para enriquecer nuestra discusión. Cito sus palabras:


«Y he aquí por qué todo hombre serio que se ocupa de temas realmente serios se guardará mucho de escribir y de arrojar su pensamiento como pasta para la envidia y la incomprensión del público. Es preciso sacar de esto la siguiente breve conclusión: que cuando se ven composiciones escritas, sea por un legislador sobre las leyes, sea por cualquiera otro sobre cualquier tema, él no ha tomado a serio su obra si es que era serio él mismo. Pero si ha realmente depositado en sus escritos, como algo serio a sus ojos, sus pensamientos, es el caso de decir que, a despecho de los dioses, los mortales le han hecho perder el espíritu» (Platón, 2013, p. 728).


Las conclusiones que uno puede obtener de esta cita son realmente demoledoras. Platón está afirmando con todas las de la ley que poner por escrito lo más valioso (¿hay una jerarquización ontológica de las formas?) es ilógico, absurdo.


Entonces, ¿y sus Diálogos? ¿No son serios acaso los temas tratados en ellos? ¿Qué puede ser más importante que la reminiscencia, la inmortalidad del alma, la teoría de las formas? (Sal, 2001, p. 196). Si las cuestiones más elevadas no las puso por escrito, ¿qué clase de Platón estamos leyendo?


Razón por la cual ya no parece muy descabellado afirmar que sus Diálogos estaban planeados para ser leídos en voz alta, pero que sólo un público restringido podía añadir eso que los textos per se escondían (Román, 1999, pp. 86-89). Los discípulos de la Academia serían esos que añadirían el contenido velado.


Todo esto explicaría los numerosos callejones sin salida a los que llega el personaje de Sócrates en los Diálogos; explicaría por qué Sócrates no nos dice expresamente qué es el Bien en el libro VI de la República, por qué algunos Diálogos parecen inconclusos como el Lysis, por qué la misma estructura en diálogo o el uso continuo de los mitos y del discurso, como en el Protágoras

En fin, son muchos los secretos que guardan los Diálogos. Lamentablemente, tampoco podemos profundizar mucho en ellos.


Llegamos al final de este texto en el que, tras todo lo visto, podemos concluir que Platón sí tenía unas ágrapha dógmata, unas doctrinas no escritas, que, además, tenían un carácter esotérico… estaban restringidas. A su vez, si él piensa la escritura como phármakon (medicina-veneno), no es algo radicalmente ajeno a la forma en que los griegos de su tiempo entendían la grafía y la acción de leer.


De ser así, de ser «verdad» lo que he expuesto en este pequeño trabajo, podemos llegar a dos conclusiones un poco amargas: 1. El mejor Platón nos es inaccesible, pues sus pensamientos más elevados no fueron puestos por escrito… se diluyeron en la oralidad. 2. Lo que conservamos de él, es una capa de sentido que posee otra capa subyacente a la que no podremos acceder por lo mismo de que no contamos con la posibilidad de que Platón nos revele personalmente eso que está oculto, eso elevado que no quiso explicitar.



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