La muerte del fútbol

Arcadio Falcón





Sobre cómo el VAR y la corrección política están acabando con el deporte Rey.


Los bares están huérfanos y nadie parece haberse dado cuenta. Ya no se lleva la trifulca, los ultimátums, los “te espero fuera”; la salsa del fútbol.


Ahora, cuando juego un partido, el defensa sonríe, se preocupa si me doy un golpe y me ofrece la mano para que me levante.


El balompié que yo recuerdo era callejero, veloz y pícaro. Se sacaban rápido las faltas, se le susurraba un insulto en la oreja al rival antes de un córner y le lanzabas un beso envenenado a la afición contraria después de marcar gol.


El árbitro, pobre diablo, era como el náufrago de Hemingway: sólo y a la deriva en el mar de sus polémicas decisiones. Un penalti dudoso podía, fácil, arruinarle el fin de semana (y quizá el tabique nasal).


Esto no es apología de la violencia en el deporte, es una defensa a ultranza de la pasión, ese frenesí irracional que producen las cosas buenas. Porque el fútbol no consiste en marcar goles; el fútbol es la vida en 90 minutos.


La grandeza de este deporte no es el partido, es todo lo que lo rodea. Los cánticos obscenos de la grada, el “ooooooooooeeeee” cuando saca el portero rival de puerta, el pisotón disimulado de un mediocentro sin escrúpulos y la indignación post-partido de un entrenador que se sabe robado.


Ahora, con más cámaras que en un reality de televisión, el fútbol ha perdido todo eso. Los hinchas más intensos -a quienes algunos llamaban “ultras”- han sido expulsados de los estadios y los jugadores se tapan la boca para insultarse. Los partidos se paran durante 3 minutos para que unos gurús analicen desde el VAR (el peor invento desde la bomba nuclear) si es fuera de juego por dos centímetros y los entrenadores se abonan al cliché de: “Yo no hablo de los árbitros” por miedo a que el todopoderoso presidente del comité de idiotas les sancione con dos partidos en la grada.


En otras palabras, el fútbol está siguiendo el mismo camino que la música, el cine, la televisión, los streamers y toda la sociedad en su conjunto: se está volviendo mediocre, previsible y controlado, y la verdad es que da pena.


Uno de los momentos más educativos de mi vida fue el día que me partieron el labio inferior tras un partido. En la primera parte había marcado un bonito gol al primer toque y el entrenador me sustituyó mediada la segunda. Cuando quedaban 5 minutos de partido, un compañero y yo fuimos a buscar una pelota extraviada y pasamos por detrás de la portería rival justo cuando nuestro equipo marcaba el definitivo 4-1.


Nos reímos de un chiste que íbamos contando y el portero rival pensó que era de él y su lamentable actuación. Se dio la vuelta y me dijo: “¿De qué te ríes, gilipollas?”. Y yo, que no me estaba riendo de él, le contesté: “De ti, subnormal”.

La conversación siguió:

“¿Quieres que te parta la cara?”

“¿Tú y cuántos más?” - le dije, con la arrogancia de un divo.

“Te espero fuera” - sentenció.


5 minutos después, el árbitro pitó el final del partido y por el rabillo del ojo vi una sombra que se acercaba veloz. Antes de que su puño derecho impactara contra mi cara, alcancé a ver la marca en el dedo corazón donde, cuando no ejercía de portero, llevaba un anillo.


No hubo pelea ni necesitó ayuda: fue un knock-out instantáneo y el “combate” duró apenas tres segundos. Mientras estaba en el suelo y con la sangre deslizándose por mi barbilla, me sentí poderoso.

Ganamos 4-1, había marcado uno y ese tipo que acababa de partirme la cara se iba a acordar de mí toda su vida. En ese instante empecé a entender la magia de la pelota.


Aunque os cueste el labio (que tampoco pasa nada, se recupera rápido), espero que no se pierda esa chispa; es la salsa del Fútbol.



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