La leyenda del Toro Salvaje

Fernando Székely-Aburto IV



via: Diario de Navarra


Es difícil, hoy en día, imaginarse a Jack Dempsey en un momento vulnerable. El antiguo campeón de los pesos pesados, alabado como uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos, se cimentó como un hombre casi indestructible, noqueando una vez tras otra a sus contrincantes. Sin embargo, hubo un joven, un joven latinoamericano que alguna vez le recordó al entonces campeón que las cosas de puños pueden favorecer a cualquiera. Ése joven fue Luis Ángel Firpo, un peso pesado de 28 años que no solo le dio a Dempsey todo lo que tenía, sino que dejó un legado imposible de olvidar en su país natal Argentina.


La pelea se llevó a cabo el 14 de septiembre de 1923, cuando era inusual que un campeón norteamericano le diera una oportunidad por el título a un extranjero. Pero, Dempsey no era de los que esquivaban, y el reto era evidente y lo estaba esperando. El reto medía cuatro centímetros más que él y tenía la ventaja en peso por más de treinta libras. Una bandera albiceleste le envolvía los hombros de gigante. Alrededor de 80, 000 personas asistieron al combate. Dempsey, que había ganado el cinturón en 1919 frente a Jess Willard, se encontró al centro de cuadrilátero con un Firpo más joven y más hambriento que él.


De inmediato, Firpo tiró a Dempsey a la lona, pero el campeón, con una barbilla de acero, no tardó en levantarse. El asalto que siguió, hasta casi cien años después, no ha encontrado uno que se le compare. Ambos peleadores soltaron golpes, sin dar pasos para atrás, con la menor preocupación de defenderse. Firpo pegaba lo más fuerte que podía y Dempsey le contestaba con dos derechazos. Luego, el norteamericano soltaba un fuerte gancho al cuerpo y el argentino conectaba un cruzado de izquierda. Era inevitable: el que primero bajara las manos, el primero que retrocediera, iba a perder. Dempsey derribó a Firpo siete veces eseround. Las reglas vigentes, en aquel momento, consistían en que un peleador, al llevar al otro a la lona, podía permanecer parado frente a su rival y pegarle tan pronto como sus guantes dejaran el piso.


Dempsey se relamía los labios, tiró a Firpo hasta cansarse, pero el argentino no se dejaba de parar, y cuando estaba de pie, caminaba hacia delante. En eso, después de recibir tanto castigo, Firpo puso a Dempsey contra las cuerdas y de un golpe lo sacó del cuadrilátero.

El campeón, desconcertado, cayó en la mesa de los comentaristas y no se paró del todo rápido. El árbitro hizo cuenta lenta. Hay quienes dicen que Dempsey estuvo fuera del ring por diecisiete segundos, siete más de los permitidos. Pero, cuando volvió a sí, se enteró de que la pelea no había terminado y vio a Firpo, más grande y más enojado que nunca, dispuesto a ir hacia el frente. Nunca más, en toda su carrera, se le vio tan indefenso a Dempsey. Aun así, la gloria del argentino duró poco. En el segundoround, después de más y más acción, el americano finiquitó la pelea. Esta vez Firpo no se pudo levantar y el referee no le dio más de diez segundos.


Dempsey, celebrando con las manos en el aire, sabía que nunca se había enfrentado a un hombre como el latinoamericano, que después se pasaría a conocer como El Toro Salvaje de las Pampas por su resiliencia y ferocidad. Pero más allá de las complicaciones que Firpo le dió al campeón, o la llamada “Cuenta larga”, la pelea pasó a la historia como una absoluta reliquia del boxeo. En Argentina, cuyos fanáticos vieron la pelea solamente de forma ilícita, el boxeo por fin fue legalizado. Ya no más los peleadores como Firpo tendrían que entrenarse en clubes clandestinos y patios traseros. El 14 de septiembre sería después recordado desde Buenos Aires a la Patagonia como el día del boxeador y, tanto Dempsey como Firpo, son hoy y serán siempre inmortales, inmortales e incomparables como muy pocos.


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