La inteligencia narrativa y el acto de pensar




Aquí, sobre la cima

Ya clara,

Estar es renacer.

-Jorge Guillén



Benedetto Croce decía que toda literatura es expresión. Si tomamos esta sentencia como verdadera, nos hallamos ante un escenario donde la cultura se inclina hacia una sola frase: tengo algo qué decir. El deseo transita de la abstracción hacia la acción y desemboca finalmente en el acto comunicativo.


A través de los siglos, este tránsito del pensamiento a la comunicación ha concluido en el edificio cultural que contiene a la historia. Imaginemos entonces al primer artista del pensamiento, al primer o primera poeta, al primer artesano de la idea.


¿Cuán distinto sería el destino de la humanidad si aquella revelación hubiera permanecido en secreto?


Por fortuna, la condición humana parece estar hermanada con este deseo comunicativo que, a su vez, se enlaza con un deseo de reconocimiento, es decir, la identidad humana se constituye a través de una conversación.


Es posible que el destinatario de nuestros mensajes no se devele con claridad ante nuestros ojos, pero es importante advertir que cada objeto en el universo es capaz de responder. El mundo nos devuelve a nosotros mismos, pues los objetos han sido proyectados ya por nuestras ideas. El sentido interior se expresa en el exterior y retorna más tarde, renovado, a su hogar perdido. La toma de conciencia de este proceso es apenas el primer paso para comprender el acto de pensar.


Existe en todo mensaje una intención original que se ve obligada a confrontar la interpretación de nuestro destinatario. ¿En qué sitio radica la verdad de nuestro mensaje? Aquí un problema originalmente atribuido a la literatura se amplía y toca los límites de la realidad misma. El gran ejercicio literario y su posterior interpretación ofrecen a la inteligencia una fuente inagotable para probarse a sí misma. Entonces los matices se vuelven indispensables, pues el error y la mentira traspasan sus límites hasta confundirse.


El error puede derivarse de una serie de desatenciones o de un solo desliz garrafal; la mentira, por otro lado, se engendra a partir de la perturbación de una intención. Claro que la existencia de una mentira presupone una verdad, es decir, algo concreto que nos es posible conocer: “A medio camino entre la fe y la crítica está la hospedería de la razón. La razón es la fe en lo que se puede comprender sin fe; pero es todavía una fe, porque comprender implica presuponer que hay alguna cosa comprensible” (Pessoa, 2013, p.189)


¿Qué resulta más atractivo entonces? El discurso se transforma y el acto de pensar ya no recae sólo en el “tengo algo qué decir”, sino que sufre un reordenamiento: “tengo algo qué decir, y esto que te diré es la verdad”. El pensamiento toma un cauce distinto, pues no solamente busca la expresión, sino que existe además una voluntad de convencimiento.


El poder de la palabra reside en el poder de ser comunicada de manera coherente. Volvemos a la verosimilitud de Aristóteles y sus fórmulas para la tragedia. Cada circunstancia ofrece la oportunidad para narrar de manera distinta un acontecimiento, pero cada narración debe explicarse a sí misma por medio de los elementos que la constituyen. Dicha verosimilitud puede apoyarse en otros relatos ya consolidados, como una teoría o un gran tratado sobre cómo escribir ensayos. En otras palabras: la intertextualidad suma a la verosimilitud.


El gran tejido cultural entrecruza sus caminos y nos ofrece una familiaridad que reconocemos sólo al haber entablado aquella conversación contenedora del acto de pensar. La intertextualidad posibilita una serie de novedades, una serie de nuevos ordenamientos que sobrepasan la intención original de nuestro mensaje. La posibilidad interpretativa se enriquece y la realidad condensada comienza a girar en un engranaje imprevisto en un principio.


El relato adquiere un tinte histórico y ofrece un mejor panorama para vislumbrar las distintas transformaciones de la verosimilitud que se intenta consolidar. El efecto de la mirada histórica también suma a la proporción interpretativa, pues esta se transforma conforme a los distintos contextos sociales y los pesos discursivos con los que estos sobreviven aún en nuestra actualidad.

La inteligencia narrativa se desprende de la sumatoria de todas las variables que la constituyen: la expresión, la intención, lo intertextual y las posibilidades interpretativas. La potencia del arte se expresa en la vida y viceversa. Atendemos a las posibilidades del mundo en la medida que somos capaces de representarlas.


Quizá la literatura sea un gran campo ensayístico para las ideas, donde el acto comunicativo se materializa para un convencimiento parcial de la realidad, aunque quizá lo único que nos haga falta sea un compromiso, una fe entera en las ideas que constituyen y que rigen ese mundo, un traslado de un mundo posible al mundo de nuestra actualidad —nada recomendable para el escepticismo que proponía Montaigne—.


La actualidad es una constante elección de pasados. Si este presente no es modificado por el pasado, no hay porvenir posible. Digo porvenir y no “futuro”, pues tanto pasado como futuro son meras posibilidades del presente. Todo desemboca en la interpretación coherente de nuestras acciones: “Por lo que hacemos nos damos cuenta de lo que somos” (Schopenhauer, 1980, p.148). La verdad insospechada de los relatos puede estar mucho más cercana de lo que creemos, en cada acción mínima del mundo, en cada representación que interpretamos, en cada cielo que alumbra la gran caldera del pensamiento universal.


Nada es irresoluble, toda pregunta es posible porque toda respuesta también lo es, solo hay que estar atentos y aguardar al momento preciso en que el mundo nos ofrezca una nueva coherencia, un nuevo relato, nunca exento de esa intertextualidad histórica que a fin de cuentas es la identidad misma del ser humano: una prolongada conversación con nosotros mismos.


Las correspondencias se establecen desde nuestro nacimiento y el carácter profundo de nuestro espíritu nos arrastra hacia ciertos relatos, hacia ciertas esperanzas. Ningún signo está vacío, aún en el dolor y en la ausencia, siempre habrá manera de hallar una coherencia a los hechos y, en la medida de lo posible, tomar una posición respecto a la realidad.



Bibliografía

Pessoa, Fernando, El libro del desasosiego, Acantilado, Barcelona, 2013

Schopenhauer, Arthur, La libertad, La nave de los locos Premiá editora, segunda edición, México, 1980



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