La imagen y la palabra imagen

Actualizado: ago 12





Toda masa, cúmulo, conglomerado, articulación de palabras nos presenta algo; ya sea el uso del lenguaje, como artefacto, para un propósito -in-determinado, o la fragilidad de lo que sería querer aprehender el mundo desde las palabras. Todo sustantivo, adjetivo, nombre, está cuarteado desde que se pronuncia y escucha. Y lo que nos queda ente esta imposibilidad de aprehensión, de llegar a las cosas que decimos y escuchamos, es la red y telaraña de sentido. Todo texto, hablado o escrito, la tiene o la implica.


Para esto es decisivo el contraste entre la identificación por medio de la imagen y la palabra.

La imagen se queda en el estanco del ojo y permanece silenciosa, casi muda; queda, puede ser vista una y otra vez, mas no permanece. La memoria actúa, sí, como la revisita a lo que fue visto, pero la pérdida es inevitable. Regresar la mirada a algo que vimos implica cosas y observaciones nuevas, diferentes a las que en un principio tuvimos gracias al impacto de mirar. Ahora, la identificación por medio de la imagen prescinde totalmente de las palabras. Para que suceda, no hay necesidad de que el lenguaje permee, explique o argumente la relación entre lo visto y quien ve, más que el acto de mirar. Sin embargo, cuando las palabras y las imágenes chocan, y su soplo es el mismo, sucede la ruptura por medio del lenguaje, la perdida del mundo.


El texto es imagen, cada párrafo, cada letra. Pero el hecho de que pueda ser, literalmente, leído implica la activación del sentido de las palabras, el choque de sus definiciones y la temporalidad oracional. En su calidad de imagen, cada texto nos presenta los rieles de su contenido; en todo poema su ubicación, espacial en la hoja nos hace pensar en qué palabras contendrá.


En el caso de la imagen: ahí está, es vista, hay cosas qué identificar mientras la miramos y trozos que arden; sin embargo, mientras no suceda en palabras, en lenguaje, la imagen se nos quedará callada y su mudes casi nos obligará a hablar. Tenemos bien entendido y adoctrinado que todo pasa por el lenguaje, pero primero está el silencio, ante la imagen y ante el mundo y sus cosas.

Pero en el momento en que se articula un cúmulo de palabras y oraciones, una estructura en párrafos o capítulos alrededor de las cosas que suceden, la perdida sucede, tanto de las cosas como de nosotros en el intento de verbalizar. Ya que las palabras necesitan preguntas y respuestas para seguir su camino, para seguir su trazo en la hoja o en el documento. Las imágenes no del todo: estás, más que perdida, nos hacen perdernos. Desde el momento en que describimos cualquier cosa, objeto o lo que sea, sucede que se significa desde las palabras y nos representa una pérdida de la cosa y un esfuerzo, un tanto fallido, de nuestra parte por recuperarla. Por eso es que ningún nombre perdura; pero el símbolo, la imagen mística, el ardor del miedo y la oscuridad, la imagen que implicó la palabra imagen, permanecen.


Y eso, más que pesimista, puede verse como una esperanza de escape, una luz que la perdida constante del mundo en las palabras, de su fuga, nos presenta todos los días al momento de articular sonidos o letras. Todo sentido, con la producción de silencio, se fuga; todo silencio, con las palabras, se disipa. Así que, mientras la imagen y su palabra colaboren, habrá algo imposible de decir.


Así que, mientras la identificación sea con imágenes, las preguntas y la crisis no llegaran tan pronto.


Así que, mientras reine la imagen, la facilidad de producir capital será esquizofrénica.


Así que, mientras rompan y rompan imágenes las palabras, estas crearan otras, imágenes y palabras.


Así que, cuantos más fragmentos rotos tenga el vidrio cuarteado, más prudente será romperlo, y romper los otros.


Por lo que primero es texto el mundo, ya después mundo afuera.


¿Y la imagen? Indescriptible y ardiendo.



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