La desterritorialización de lo erótico: Historia del ojo, de Georges Bataille

Alejandro Scopelli





Sir Edmond se divertía haciendo rodar el

ojo entre las contorsiones de los cuerpos, sobre

la piel del vientre y de los senos. Una vez, el ojo

se perdió totalmente entre nuestros ombligos.

— Georges Bataille, La historia del ojo



El ojo es el órgano de la vista. Se ofrece no a sí mismo, ofrece la imagen. Mentira. Ofrece materia prima para la construcción de la imagen. Sólo esforzándonos apre(he)ndemos a no reducir más allá del cuerpo; antes de regresar a la vida diaria, a la cotidianeidad: a la escuela, al trabajo; a nuestrxs amiguxs, novixs, padres, madres, profesorxs; a la nariz, oído riñón, pulmones, corazón, pene, vulva. Al ojo. Siempre terminamos volviendo al ojo, cada vez que se nos olvida que podemos pensar desde la punta de la cabeza hasta las palmas de los pies.


El ojo nos da la imagen, y la imagen (al igual que el sonido, tacto y olor) es detección del objeto. En lo que concierne a lo erótico (al menos un erotismo maquinizado, burocrático, esquizo: el erotismo de los flujos aislados) el papel del ojo es la pura detección del objeto de placer, objeto propiamente perteneciente al órgano sexual y no al de la vista. En el erotismo esquizo, el sexo es propiamente actividad de los órganos sexuales; cualquier desviación es tangencial al sexo en el mejor de los casos, perversión de él en el peor de ellos. En pocas palabras, no es sexo, es una actividad relacionada que a veces se tolera y a veces se recrimina, en todo caso siempre es juzgada. ¿Cuál es el crimen de la desviación? Socavar la jerarquía sexual que sitúa al falo por encima de todo.


Una configuración horizontal, esencial del cuerpo lo libera. El ojo y la mirada pueden situarse en el centro del erotismo. En la infame escena climática de La historia del ojo de Georges Bataille, el ojo del cura asesinado por Sir Edmond, Simone y el narrador pasa a ser un juguete sexual: en cumplimiento con las obsesiones de Simone, Sir Edmond le saca cuidadosamente el ojo al cadáver del pobre mártir. Acto seguido, el narrador de la novela penetra a Simone mientras que Sir Edmond observa y desliza el ojo sobre el cuerpo de ambxs jóvenes.


Simone es el motor de la novela. Ni Sir Edmond, ni Marcela (personaje secundario importante para la primera parte de la novela), ni el narrador tienen agencia alguna; son extensiones de la voluntad perversa de Simone, personaje que simboliza y actúa el punto de encuentro entre la maldad, vulgaridad, promiscuidad y la muerte, pero también de lo sagrado, lo bello y la vida. El ojo en esta escena es uno de varios objetos intercambiables y equivalentes al centro de las fijaciones de Simone: el ojo, el huevo y los testículos crudos de un toro. No son los cuerpos desnudos la razón de su excitación; es el ojo quien toma el centro del escenario erótico para Simone. El ojo simboliza el punto arquimedico mostrado en el personaje de Simone, un fetiche de la unión entre lo erótico y lo violento.


La imagen surreal y morbosa que Bataille construye en esta escena se puede entender como metáfora del voyeurismo. El ojo deslizándose por los cuerpos desnudos es la descripción perfecta de la actividad del mirón, con la excepción de que en este caso nuestra Godiva (Simone) no quiere pasar desapercibida. Hay una necesidad de ser objeto de la vista a lo largo de toda la novela, cada vez que el narrador y Simone son sorprendidxs por algún testigo, la excitación de ambxs incrementa. La equivalencia entre ojo, huevo y testículo; entre presencia, vida y erotismo, hace del testigo unx participante necesarix en el erotismo. De alguna manera, lxs lectorxs de la novela erótica juegan constantemente este papel. Si la novela no se lee y se interpreta, el texto es poco más que una serie de garabatos impresos en una colección de papeles, un artefacto muerto.

Me interesa particularmente el desplazamiento del placer sexual al ojo. Un flujo normalmente confinado al órgano sexual se traspasa a la vista, la mirada es el fin mismo de la actividad sexual y no meramente un medio para llegar a ella. El ojo es reterritorializado por los flujos eróticos después de una desterritorialización del órgano sexual, quebrando con un erotismo esquizo en que los órganos sexuales son los únicos polos aceptables para los flujos. Los flujos mismos también sufren una transformación o, más preciso, una adición a lo largo de la novela: se agregan a los flujos “propiamente” sexuales la presencia de la sangre, la orina, la violencia, el sudor, las amenazas, los fluidos oculares, la ridiculización, la materia cerebral, entre otros. Se continúa de esta manera la línea de fuga que elimina la distinción entre los impulsos de vida y muerte, Eros y Thánatos respectivamente.


Hay una imagen particularmente horrorosa al final de la escena: Simone ha insertado el ojo a su vulva, y el narrador observa como el ojo lo voltea a ver con lágrimas de orín y semen, completando la unión entre lo erótico y lo repulsivo. Se presenta al ojo en lugar del órgano sexual, y se muestran los fluidos ya mencionados emanando de él. Así termina la novela Bataille, completando la reterritorialización del ojo como territorio erótico, situándolo en lugar del órgano normalmente considerado como responsable por el placer y la vida.



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