La confusión del presidente

Mauricio Peña Barrena




El presidente López Obrador parece estar más enojado de lo que debería. La 4T disfrutó el pasado 6 de junio con una apabullante victoria en las gubernaturas en juego, además de sostener una mayoría simple junto con sus aliados legislativos, una fuerza considerable en el Congreso. El único revés para Morena, irónicamente, salió del flanco menos esperado para la izquierda mexicana: la capital del país. Morena perdió un número substancial de alcaldías frente a la alianza “Sí por México” del PAN, PRI y PRD. Independientemente de las causas objetivas de la derrota (la pandemia, el colapso del metro, la incompetencia burocrática, etc) que ya son analizadas ampliamente por distintos académicos y periodistas. Creo que, en este caso, si queremos entender el resultado del 6 de Junio en la capital, hay que escuchar lo que el perdedor tiene que decir. El oficialismo Morenista negó el descalabro (con el notorio silencio de Claudia Scheinbaum, una de las grandes corresponsables de la derrota); pero el presidente lo reconoció con un spin muy revelador: la culpa la tienen los mismos votantes. No es para menos. El presidente lo ve como una puñalada por la espalda. La culpa del revés de Morena en la Ciudad de México fue que las clases medias, para López Obrador, no fueron capaces de entender el proyecto del gobierno y que, por el contrario, fueron sistemáticamente engañados por los medios de comunicación nacionales.


El presidente parece haber terminado, de forma fulminante y violenta, una relación aparentemente inquebrantable entre la izquierda de la capital del país y una clase media educada que entendía la urgente e imperiosa necesidad de reformas sociales y económicas que reivindican y emancipan a grupos sociales históricamente marginados.


Cito al propio López Obrador en la conferencia de prensa matutina del 11 de Junio: [...] pero un integrante de clase media-media, media alta, incluso, con licenciatura, con maestría, con doctorado, no, está muy difícil de convencer, es el lector del Reforma, ese es para decirle: Siga usted su camino, va a usted muy bien, porque es una actitud aspiracionista, es triunfar a toda costa, salir adelante, muy egoísta [...] ¿Y saben qué también, que hay que seguirlo diciendo? Son clasistas y racistas.


El presidente juega con fuego. ¿Acaso ya cualquier mexicano de clase media que aspire a triunfar y salir adelante es ya un egoísta y de paso, un racista también? Que conste aquí que no pretendo, como otros, ofrecer una lectura maliciosa y tergiversa de lo que dijo el presidente. Simplemente se le cita textualmente sus palabras. El mensaje subyacente es uno que peca de mezquino y mediocre: no pretendemos construir una clase media educada, puesto que ésta peca de egoísta y racista. Lo que queremos es un país que predique una humildad casi religiosa en lo material. La idea es que todos seamos felices con menos, no que todos tengamos más. Ni siquiera que todos seamos iguales, pero que todos tengamos poco. La “izquierda” de López Obrador abandona una propuesta filosófica fundamental de su discurso ideológico (materialismo histórico) para retirarse al pensamiento mágico, a la fantasía del ya inexistente México “profundo” y revolucionario, rural, mítico y católico que se predica todos los días desde el púlpito presidencial en una sinfonía de mentiras y disonancias cognitivas. La apuesta de AMLO hacia una lealtad incondicional de clases populares que eclipsen el voto de clases medias organizadas y opuestas al gobierno es peligrosa y un tanto ilusa. La marcha feminista de marzo de 2019 lo prueba: el poder de organización y movilización popular es uno que prepondera hacia los sectores educados. Morena sencillamente necesita de una gran coalición de todos los estratos socioeconómicos si pretende poder conservar su legitimidad política más allá de la figura de López Obrador. Por otra parte, sabemos que los “apoyos” económicos que ofrece el gobierno no se están reflejando en tantos votos como antes, como la Ciudad de México confirma.


El revés de Morena en la capital nos ofrece una introspección hacia el sexenio del presidente (retirarse hacia sus filias y fobias sociales más fundamentales y prejuiciosas) y un presagio a lo que se avecina: una ruptura social y política hacia 2024. Para evitarlo, se necesita que las clases medias progresistas terminen su ya muy anunciado divorcio con Morena y se organicen, desde sus propias trincheras y con un profundo llamado popular, en una nueva coalición de izquierdas progresistas que logre recuperar el lugar que les corresponde en el discurso público. El debilitamiento de Morena, por ello, quizá vendrá de la misma izquierda social que cobijó al presidente por tantos años, y no por el reaccionismo de derecha que promulga sus ya muy desgastadas e impresentables posturas entre los sectores tradicionales de la derecha. López Obrador está en riesgo de perder el monopolio del discurso y de la agenda política que indignamente pretende encabezar: el de la justicia social y la reivindicación popular.

43 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo