La comedia informativa

Jorge Luis González



Vía Roastbrief.com.mx


De la paráfrasis sin esfuerzo a los hiperbólicos encabezados; de la reformulación infinita de una pregunta que se hace pasar por miles al ataque directo: tal es el vaivén que sufre la información en nuestro siglo.


Es como si la sangre aún circulara por las venas de un muerto, incapaz de animar cualquier órgano, incapaz de encender otro deseo que no sea el pasar de largo, a la espera de una muerte definitiva.


Volvemos la mirada y no queda ni un solo rastro, ni una sola imagen que permita a la imaginación convencerse de que algo ha ocurrido en el tiempo. Un destello en la sombra, nada más. Y la duda permanece.


El asunto reside en un término problemático: lo falso. Cuando se insiste tanto en una frase como fake news, es posible confundirse fácilmente, pues el término viene a sustituir todo un análisis.


¿Qué es lo que resulta falso en una noticia? ¿La intención con que se presenta o la información en sí?


Lo que sucede es que el ingenio puede servir para engañar, pero el verdadero dueño del ingenio conoce muy bien sus mecanismos y, por lo mismo, reconoce que dicho ingenio está hermanado con lo cómico.


Observemos un caso típico de inversión, como diría Bergson: “El Señor X, quien no creía en el coronavirus, salió de viaje, se infectó y murió en un hospital esta tarde”. Esta proposición, por muy triste que parezca, esconde en sí algo de cómico, un papel que se ha invertido, como el del ladrón robado.


De hecho, no faltarán los aplaudidores de tal acontecimiento, pues se ofrece un fenómeno de causa y efecto, una especie de “control” sobre el suceso, control que nos da la comicidad implícita en la frase: “obtuvo su merecido” diríamos insensiblemente, “era predecible” diríamos con soberbia intelectual.


Arrojadas las noticias de tal forma al abismo de la conciencia, no es raro que para guardar cierta “objetividad” o “seriedad” se acuda al sentimentalismo. En el contexto de la pandemia es posible observar que los lugares comunes son el cuidado de nuestros padres o nuestros abuelos, un sentido de fraternidad, un ejercicio responsable de la libertad entre una humanidad en vías de reformación.


Por otra parte, se disfruta de lo cómico en las noticias, pues dicha cualidad ofrece una forma de predicción, un automatismo de la vida orgánica. Y es que lo cómico necesita de una especie de indolencia, de una apelación directa al ejercicio inteligible y no al factor emocional.


Otro problema subsiste en los pavorosos encabezados que en más de una ocasión se adornan con cifras: “El 37.587484% de los infectados ha sufrido de secuelas” Y no faltará el adorador de los números que diga: “¡Caray, es 0.36474% más que ayer!”


Así, refiriéndonos a una realidad abstracta –la de los números– pretendemos haber entendido algo. En estas circunstancias, no es raro que exista una confusión entre el espacio y el tiempo. Continuamos pensando en el tiempo en razón del espacio: lo que he recorrido, lo que piso ahora y el sitio al que iré después, es decir, en razón de una sumatoria o un desplazamiento.


Pero el tiempo no es reversible, simplemente “dura”. Al hablar de duración, podemos remitirnos a la memoria. La facultad narrativa nos ofrecía diversas formas de apropiarnos de las historias, de agregarles distintos matices y destinos a través de una reformulación de los sucesos. En cambio, la información sólo es relevante en proporción a su novedad.


La lucha se desprende de lo más hondo de lo inconsciente, pues cualquier suceso que se nos presenta a manera de historia o de fábula es susceptible a tomarse como poco objetiva o “no comprobable”.


Pero el deseo de la precisión y la exactitud matemática nos ha dado un rol pasivo, una torpeza para buscar los hechos desde la imaginación propia cuando no se nos ofrece una conclusión definitiva.


Vagamos en el automatismo cómico de la información: un medio sin un fin. Y aunque esta pueda ser la verdadera misión de la vida –un simple paseo por el tiempo– perdemos la facultad de creación que exigía la concepción narrativa.


El gran ejercicio literario no empieza por la escritura, sino por la lectura. La ejecución impaciente no permite madurar las ideas y cada vez se acrecienta más la posibilidad de trasladarse bruscamente de la primavera al invierno sin haber conocido nunca las condiciones de una y otra estación.



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