La capitalización del orgullo

Actualizado: jun 21

Jimena Balcázar




Gilles Deleuze escribió alguna vez que no hay nada a lo que temamos más que al diluvio [a la desterritorialización, al derrumbe]. Como flujos que viven de otros flujos, tenemos miedo a eso que, en lugar de responder a un código, huye por debajo de él. De ahí la norma. Y es que la norma nunca es arbitraria: la norma es intención, es contención, es historia. En la norma está la dicotomía y el binario, ahí descansa la normalidad y la patología, de ahí viene la distinción entre naturaleza y cultura, de ella nace la diferencia entre el hombre y la mujer, entre el heterosexual y el homosexual. Pero además, es la norma la que nos enseña a pensar el mundo, a verlo, a vivirlo. Es esta la que nos dice cómo y qué bloqueamos, cómo y qué cortamos, cómo y qué anexamos. ¿El propósito? Hacer que la gran máquina funcione.


La máquina funciona cuando nada se le escapa. Se descompone cuando algo se escabulle, se cuela entre sus orificios, se disfraza para pasar desapercibido. La máquina castiga, jerarquiza, excluye, define y, de ser necesario, destruye. La máquina se metamorfosea, se adapta, se reinventa. Lo que parecía ser diluvio pronto se convierte en un flujo regular —ordenado, bien trazado— que sirve por y para la máquina. Nada existe y nada funciona si no es bajo esta lógica.


Empezó el mes de junio y el mercado se pintó de colores. Los escaparates de las tiendas se llenaron de banderas, de arcoíris, de pintura. Por su parte, las camisetas se convirtieron en portadoras de consignas, en letreros, en manifestación —política o no— que se desplaza del mismo modo que el cuerpo que las porta. Se trata de un asunto que entra y sale por la vista, que no necesita ni del texto ni del contexto. No hay discurso porque sobra y entorpece. Se digiere con la misma velocidad con la que se consume. Dura lo que tiene que durar y, más tarde, se desecha. El orgullo se convirtió en mercancía (¿o será que quizá la mercancía se convirtió en orgullo?). Lo que tenemos es la pura imagen, el mero símbolo que circula en forma de gorras, calcetas y tote bags.


Volviendo al asunto de la máquina, recordemos que la homosexualidad permaneció patologizada hasta el año 1990. Antes de eso, todas las letras del LGBTQ+ eran enfermedad y locura [prohibición y tortura]. También, antes de eso, en su cuna descansaba el bebé que se convertiría en el capitalismo industrial. Esa criatura necesitaba de una madre procreadora, una progenitora. Más valía prohibir cualquier encuentro sexual que no fuera a dar frutos, cualquiera que buscara satisfacer un deseo en lugar de concebir un pequeño. Los hijos de aquella mujer hogareña se hicieron trabajadores fuertes, descansados y bien comidos. La madre producía, sin darse cuenta, nada más y nada menos que el producto más precioso y valioso del mercado: la fuerza de trabajo. Aquello que no garantizaba descendencia —a saber, la masturbación, la sodomía, la homosexualidad—, quedaba en el espectro de lo marginal.


Me remito a la historia para explicar por qué de pronto lo que antes parecía enfermizo se incorporó —en cierta medida— a la norma. Al tiempo que se gestaba el proceso de liberación sexual, ocurrió una transición de un sistema económico que necesitaba de trabajadores a uno que necesitaba consumidores. O lo que es lo mismo, el sistema que antes necesitaba de trabajadores que mantuvieran la oferta, pasó a necesitar de consumidores que aseguraran la demanda. Las maravillas de la metamorfosis. Ya no era necesaria la vigilancia sobre la sexualidad —que más bien era natalidad— y, por tanto, las demás formas de erotismo fueron bienvenidas. Lo que antes, por ser diluvio, se contenía en la clínica y la prisión, se transformó en flujo que convive en las calles con el resto de los sujetos (flujos) que siempre fueron considerados “normales”. Se reterritorializa un flujo y, de nuevo, la gran máquina funciona.


Desde luego que esta transición no significó la plena aceptación del sujeto homosexual: no le garantizó (como sigue sin hacerlo) un trabajo digno, ni una vida segura y estable. Y es ahora que podemos hablar de qué exactamente se festeja durante el mes de junio [mes del orgullo]. Tenemos que remontarnos a junio de 1969: La Revuelta de Stonewall. Aquella fue la primera vez, en la historia de los Estados Unidos, que la comunidad LGBT —junto con las personas racializadas— se manifestó en contra de la opresión policiaca. La manifestación [la marcha, la revuelta] duró cuatro noches. Se trató de un movimiento por los derechos y la liberación. Ahora bien, la primera marcha del orgullo que conmemoraba Stonewall ocurrió en 1970: veinte años antes de que la Organización Mundial de la Salud borrara a la homosexualidad de sus manuales de enfermedades. Entonces a) El orgullo nace en el momento de la represión y la censura [lo que quiere decir que] b) El orgullo fue diluvio, fue sacudida del orden establecido.


Pero si la máquina no puede evitar el disturbio, necesariamente tiene que convertirse en disturbio.


La búsqueda de los derechos humanos para la comunidad LGBTQ+ se le adelantó a la OMS por dos décadas. Ante todo, lo que me interesa explicitar es que el sentido de comunidad, la lucha y el avance no se dio nunca en términos del sistema hegemónico. Se hizo, se conquistó, se construyó al margen [como historia paralela, marginal, subalterna y, por supuesto, casi invisible]. Han pasado sólo 31 años desde que la homosexualidad dejó de ser considerada enfermedad. Pero hoy, cuando la homosexualidad convive con la hegemonía, da la impresión de

que la una se sirvió de la otra para erguirse. Hoy, cuando las tiendas le ponen precios y etiquetas

a una lucha que nunca resultó más monetariamente fructífera, pareciera que todo es terreno conquistado. Hoy nos hacen pensar que ya nada se queda al margen, que se ha ganado una batalla. Me pregunto a dónde se va el orgullo cuando se acaba el mes de junio. Sospecho que entonces, invisible, vuelve a ser diluvio.

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