La angustia de la representación



Siempre estamos buscando cambio, cosas, palabras con las cuales podamos identificarnos.


Podríamos cambiar de ciudad, de país, de mundo, en la búsqueda de un espacio y un ambiente con el que nos sintamos afín.


Podríamos llegar tan lejos en la búsqueda que saldrían más de mil páginas que nadie, nunca nadie –por suerte—leerá.


Pero queda algo en el camino, como una esquina de hoja doblada que jamás será como antes, un malestar profundo: la angustia.


La búsqueda de identificación podría verse como una especie de ensayo y error donde nada es perpetuo mas que el acto de seguir buscando. Toda producción cultural tiene una semilla de esto, de indagación en las formas y contenidos para comunicar algo.


¿Y qué sucede cuando no rinde frutos, y la pretendida identificación se aborta y se frustra? Sucede que algo se rompe, por supuesto, y que crea algo nuevo. Y esto deja migajas, las cuales muches de nosotres tomamos y comprendemos.


Pero nunca es así de fácil. Es fácil decir que mediante el experimento y la indagación en las formas culturales se llega a un concilio, a una representación e identificación.


En el procedimiento, en la búsqueda, sucede un choque entre lo ya nombrado y lo que se pretende nombrar.


La angustia llega cuando lo representado no proyecta nada significativo en nosotres ni viceversa, cuando vemos que en la cultura y la sociedad estamos como vacío u otra posibilidad de generalización bajo estereotipos.


Llega cuando tratamos de sintetizar y comunicar nuestras experiencias, ideas, y pareciera que no tienen forma o contenido parecido.


Aunque la cosa sea comunicar, aunque sea identificarnos, es doloroso cuando se es vacío. Y qué cosa más fuerte que el vacío que no se sabe ni su nombre.


El mundo es mundo porque hay palabra qué designarle. La palabra mundo. Este primero es texto, un manojo y tramado de imágenes y significado.


Cuando no hay palabra, ni representación con la que surja una identificación… La angustia, desesperación de estar, de ser y localizarse dentro del mundo.


Lo instantáneo sería la descripción, el punteo y enumeración de lo que traspasa nuestros cuerpos –nuestra existencia—. Y como las palabras son pérdida, ¿qué sucede cuando se pierde lo descrito parte por parte?


La unidad que conforma la identificación es cíclica: se rompe, busca, encuentra; se rompe, busca…


Pero lo enervante es no verte representade en el mundo, en su entramado, y pensar que une es cero. Desde cero. Esto, desde el privilegio, por supuesto que es una alegría. Y como solo soy prieto que no puede decir prieto porque… ¿Por qué?


¿Por qué buscar otras formas de representación, por qué escapar de lo establecido, del estereotipo ya institucionalizado? Porque no nos encontramos lugar en el mundo, tal vez.


Las palabras existen desde el momento en el que se pronuncian. Desde que tienen aliento. Decirlas es un acontecimiento, al igual que el diálogo.


Entonces por qué negar la existencia de una palabra que se pronuncia (remito instantáneamente al caso del humane estudiante exigiendo ser llamade por sus pronombres, y a Cthulu).


“La única realidad es el lenguaje”, bien decía Cristina Peri Rossi en Evohé.


“La pobreza de la imaginación ante lo simultáneo proliferante”, dijo José Emilio Pacheco en Altar barroco.


Buscar la identificación y la representación es también buscar el mundo mediante diversos caminos: afectivo, intelectual, creativo, corporal… Es buscarse, y saber que existe una (im)posibilidad de hacerlo.


La angustia reside en eso. En saber que somos y que, como las cosas, sucedemos; que siempre estaremos en ruptura y búsqueda de nosotres mismes en les demás, en las cosas que pasan.


Y el mundo, bien quitado de la pena, sin necesidad de nuestro soplo.






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