La agonía de un ausente




Mira tus manos. Con una de ellas dijiste adiós y hoy ya no sabes si entonces sabías que detrás de una trivial despedida podía estar oculta la separación infinita, la absoluta, la irremediable.

Fue con una de tus manos con la que un día jugaste a ser eterno. Con un adiós negaste la frialdad y la indiferencia del tiempo.


En un gesto creíste suspender el curso natural de la vida, haciéndote su amo y señor, su verdugo.


El adiós como una proyección hacia el futuro, como una supersticiosa garantía de que luego, después de que amanezca, habrá cuando menos un encuentro, una palabra, una nueva oportunidad para decir adiós.


Es posible que entre todas las despedidas que pasaron desapercibidas haya al menos una que perdura en la memoria por eterna, por cruel y definitiva.


El ausente suele convertirse en una especie de ficción.


Uno asume que el otro está ahí, que existe, que vive aunque no se tenga evidencia empírica de ello a cada minuto.


Uno se olvida a ratos del ausente.


Su realidad, su allá y su ahora está hecho de la premonición y la expectativa de un evento que confirme que aquél no se ha desvanecido todavía en el aire. Se espera que aquél que existe sin necesidad de demostrarlo pueda estar siempre dispuesto a probarlo.


Recuerda ahora que uno de los requisitos para mantener vivo al ausente es tan sólo la capacidad de evocarlo en la memoria. Quizá sea por ello que su muerte ocurre, primero, como un suceso imaginario.

Podemos tomar de la oración que la anuncia el significado más burdo, el más orgánico y entonces frenar su efecto, manteniéndonos fieles al privilegio de las ilusiones.

Para seguir con el acto habrás de seguir postergando el encuentro, evitando los sitios donde podría haberse producido, dándole negativas al calendario, construyendo excusas que favorezcan tu alegato.


Habrás de seguir olvidándote de llamarle, de responder sus correos, de enviar saludos. Harás lo mismo que hacías cuando todavía no había ocurrido la muerte, cuando podías todavía darte el lujo de olvidar.

Entonces serás capaz de olvidarte de cuánto puede doler una ausencia cuando se extiende hasta el infinito. Entonces sabrás que sí que se puede domar al tiempo.


En el rincón de una habitación (que es rincón de un hogar (que es rincón de una avenida (que es rincón de una ciudad (que es rincón de un país (que es rincón de un mundo (que es rincón de una galaxia)))), hay un hombre que piensa en esto.

A su lado descansan una taza, una pluma, un espejo.

Ha descubierto algo de lo que no habrá ya de olvidarse: él también es un ausente en otras vidas y, desde hace tiempo, agoniza en el recuerdo de un otro que, mientras se despide de él haciendo un gesto con la mano desde la otra avenida, va avanzando hacia su propia vida convencido de que esa vez no podría ser la definitiva.

Se mira las manos, apaga la lámpara y se lleva la sospecha a la cama.

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