Intervenciones monumentales. David Alejandro Hernández

Texto de Alejandra de la De la Peña y Fernando Székely-Aburto.


Curación de galería: Constanza Estrada





David Alejandro Hernández es un artista interdisciplinario que explora diversos temas en relación con el cuerpo.


Este es el punto de partida y la materialidad misma de muchas de sus obras.


Tal es el caso de Pendiente de remover, en donde David Alejandro utilizó su cuerpo para ocupar el espacio vacío sobre el pedestal del monumento a Cristóbal Colón el pasado 5 de agosto de 2021, antes del anuncio de la cabeza tlalli y la acción Antimonumenta.


La escultura del navegante fue removida por el gobierno capitalino, no se sabe si para darle “mantenimiento” o, según algunos, para “resguardarla” de intervenciones/derribos por parte de lxs ciudadanxs.





Una vez que se ponen a salvo las esculturas, lo que queda en el espacio público es un pedestal vacío “pendiente de remover” o esperando la siguiente figura que va a sostener en alto.

Ocupar este espacio con el cuerpo implica señalar el lugar del símbolo dentro del sistema hegemónico, negociar dicho espacio con la institución (para el artista esta negociación duró una hora cuarenta minutos, pues los policías reclamaron el espacio desde el primer momento pero lograron recuperarlo después de este tiempo) y mostrar que lo que se coloca sobre el pedestal no solo está ahí para sostener relaciones de poder abstractas, sino que nos atraviesa la carne, afecta la forma en la que sentimos.

En palabras de David Alejandro:


“Recrear, dislocar o eliminar el pedestal representó un gran cambio en la historia del arte. En el espacio público el pedestal tiene una connotación social y política específica en cada contexto, no es la obra de arte lo que está arriba de los pedestales sino la representación del poder. El cuerpo vivo sobre este pedestal usurpa su narrativa simbólica de hombres muertos, mitos fundacionales y alegorías patrióticas.”

Lo que buscó David Alejandro Hernández con este gesto es abrir un espacio de reflexión en torno a lo que está sobre los pedestales y qué ocurre cuando su significación se trastoca por el acontecer social.


No se trata, como lo propuso Claudia Sheinbaum, de cambiar un símbolo por otro lo más rápido posible para evitar desarreglos en la ciudad, sino de permitir a la ciudadanía una participación activa dentro de la reescritura de las narrativas que habitamos.

Así, en este espacio de reflexión por el que abogó el artista, unas semanas después el gobierno de la ciudad anunció la fallida propuesta de Tlalli que derivó en la acción del grupo feminista Antimonumenta que reescribe la historia sobre el pedestal mismo y dedica la glorieta a las mujeres que luchan.




Este acto, a diferencia de la propuesta de colocar una cabeza de una mujer indígena de un artista consagrado (hombre blanco), las mismas actantes sociales reflexionan sobre el quehacer histórico y abren la piel de la ciudad con las marcas de sus luchas, marcas que se habían borrado.





La cicatriz que debían cubrir y olvidar, la hacen parte del paisaje urbano con esta intervención, y son ellas mismas las que se representan como agentes de la historia.


Las estatuas y monumentos ayudan a los sistemas políticos a cristalizar y cimentar su dominio sobre la memoria.


Es con estos gestos de piedra que los gobiernos materializan la historia oficial, y suelen hacerlo también con placas, libros de texto y fechas conmemorativas.


Hay que tener en mente que la historia es (entre otras cosas) un tesoro de significados que pueden articularse de muchas maneras, y justo por eso es un arma de dos filos: por un lado, puede servirles a multitudes enteras para identificarse y posicionarse dentro del mundo, por el otro puede ser utilizada por gobiernos para mantener el orden cívico y social y encausar a los ciudadanos hacia un esfuerzo común.


“Desde hace tiempo vengo cuestionando estas cosas, los ejercicios de la memoria (...) Me interesaba mucho cuestionar la memoria sobre los 500 años de la conquista de Tenochtitlán, que se centra en un solo punto, como si todos los pueblos indígenas hubieran estado ahí reunidos. Ese proceso tan largo de conquista y de colonia se centra en un momento histórico, que es la caída de Tenochtitlán, un acto sumamente violento.”


La historia oficial, que tantas funciones cumple y que tantos riesgos implica, entonces, se ve cimentada en monumentos como el que intervino David Alejandro.


Pero hay, para todo momento y todo caso, un sin fin de historias olvidadas, de historias escondidas y de historias marginadas.


“A la par estaba estudiando toda esta cosa que está pasando con los monumentos en el mundo, cómo han tirado las estatuas de esclavistas, de colonialistas que representan el patriarcado, que representan una visión unívoca de la historia, la visión de los vencedores.”


Pero los monumentos también son símbolos que se paran como una astilla en el tiempo: los pone un régimen para recordar un pasado específico; pasa el tiempo y el régimen, su relación con la estatua y la forma en que se recuerda ese pasado específico se vuelven otra cosa por completo.


En el caso de Hernández, le fue posible intervenir una base vacía justamente por el sentido que el régimen actual ha dado a ese pasado específico que otro régimen institucionalizó.


“La ciudad termina siendo escenografía, pero una escenografía pensada en torno a lo que quiere el poder en ese momento.”


Y es que el gobierno obradorista, aquí, se ha lanzado en una cruzada contra la historia oficial. Ha tratado de resignificar la memoria oficial sobre la conquista y la colonia y el papel que jugaron, en ambas, los indígenas mexicanos para, así, darle al país una identidad nueva, reconfigurada, que le dé sentido a su propio discurso.


En este esfuerzo orientado de forma tan extraña entran las peticiones de perdón a España o la reconstrucción ficticia del Templo Mayor en el Zócalo, pero no una preocupación genuina (o un esfuerzo empático) por los indígenas mexicanos que viven hoy.





Así David Alejandro Hernández, interviniendo el pedestal de Colón enfrenta con su arte una vorágine de tiempos, de momentos en la historia de México.


Lo pone de cara con la llegada europea a Mesoamérica y con la población indígena diezmada; lo alza frente a Maximiliano de Habsburgo, que mandó a hacer el monumento; lo pasa por los filtros del tiempo y la memoria, una memoria confusa, inevitablemente subjetiva; y, finalmente, se lo deja caer de lleno a la transformación política fallida más reciente del país.


Esta acción forma parte del proyecto colectivo Cambio o Persistencia, en el cual se busca explorar diferentes perspectivas en torno a ‘‘la conquista de México’’ en diferentes disciplinas. Para ver más, puedes buscarlos en Instagram como @cambioopersistencia o entrar a su sitio web www.cambioopersistencia.com. David Alejandro está en Instagram como @davealexhernandez.


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