Imágenes de dolor y violencia

Actualizado: ago 26






Comí entre batallas,

a la hora de dormir me acosté entre asesinos.

En mis tiempos, todos los caminos

me llevaban al pantano.

-Bertolt Brecht




“Tiempos oscuros”: esas fueron las palabras que Bertolt Brecht —desde su condición de hombre rodeado por el mal y el peligro, de eterno migrante y fugitivo— utilizó para referirse a su época ante sus contemporáneos.


La oscuridad, sabemos, es la antítesis de la luz, y la luz es requisito fundamental para el correcto funcionamiento de los ojos. Nuestro mirar depende, ya-siempre, de la luz; está sujeto y aferrado a ella.

Por “tiempos oscuros” debemos entender tiempos de guerra, tiempos de sangre, de brutalidad, terror y angustia. Debemos traducir la oscuridad al peligro latente de la muerte y, entonces, suponer que ahí donde el miedo abunda el ojo se vuelve un órgano inútil.


¿Qué podemos hacer cuando la oscuridad reina? Primero está la espera. Esperar, replegarnos, aguantar. Debemos repetirnos una y otra vez que ya pasará. Muy pronto estaremos acostumbrados: el hombre, en palabras de Didi-Huberman, es un animal que se adapta pronto.


Cuando uno se acostumbra a la oscuridad aprende a moverse en ella y ya no espera nada en absoluto. El horizonte temporal termina por desdibujarse, fundiéndose en tinieblas, cubriéndose de olvido.

La sumisión a la oscuridad es también sumisión a la muerte [a la muerte de nuestra expectativa, a la anulación de nuestro deseo]. A este terrible abandono a la muerte, Sigmund Freud opuso la indestructibilidad del deseo; la búsqueda de una luz, por tenue que fuese, en plena oscuridad.


Los tiempos oscuros no nos son por completo ajenos. Diría, incluso, que los hemos habitado por un largo rato. México es el epicentro de seis de las diez ciudades más violentas del mundo.


Quizá convendría citar ahora las estadísticas y las noticias que reciben al mexicano al despertar cada mañana. Pero más bien me dirijo a estos datos para reparar en lo que queda —si es que algo queda— de ellos una vez que han sido presentados.



Encuentro particularmente interesante la naturalidad con la que más de trescientos cuerpos encontrados en fosas clandestinas pasan a convertirse en un número; la sencillez con la que una violación, un secuestro y un homicidio devienen cifras, porcentajes, esquemas y gráficas; la rapidez con la que un ser humano puede pulverizarse hasta olvidarse entre una multitud de hombres que han corrido con la misma suerte que él.


Pareciera que aquí ya nadie tiene nombre y tampoco rostro. Los seres humanos que se muestran en los noticieros, como lamentaba Angela Davis cuando se refería a las imágenes de las torturas de Abu Ghraib, pasan a convertirse más bien en objetos metafísicamente abstractos; tan solo descripciones vacías, referencias de algo que ya pasó, de lo que ya no queda mucho por decir.


Del mismo modo queda el ligero rastro de los desaparecidos. La memoria de estos parecer permanecer por un plazo ligeramente más prolongado en el tiempo porque tenemos la ilusión de que alguien busca con ánimos de encontrar. De nuevo volvemos a la imagen.

En estos casos hay rostro y hay nombre, pero únicamente como evidencia de que alguna vez hubo alguien; como presencia que se ausenta, que se esconde. Las fotografías que indican que una persona hace falta pronto se vuelven parte del diseño de nuestras ciudades. En poco tiempo el que mira y recibe la imagen la olvidará por completo.


En su nacimiento, la fotografía fue considerada como una reproducción fiel de la realidad que retrataba. El objetivo fotográfico se reconocía como ”objetivo” en el sentido más literal y filosófico del término: lo que capturaba era la realidad misma. Era la máquina —despojada de la intervención humana— la que era capaz de recoger, reproducir y comunicar la realidad, la verdad última de los hechos.

Bajo esta lógica, la imagen cuenta con una gran ventaja sobre el resto de las formas de comunicación. De entrada porque pareciera ser la más fiel y objetiva. Luego, porque es cierto que las palabras son limitadas y nunca capaces de cubrir por completo la función de la vista.


De ahí que nos veamos tentados a decir que las imágenes hablan por sí mismas. Pero esto no es del todo cierto. La imagen es, ante todo, un testigo mudo. Transformar el testimonio que ofrecen en palabras no es una tarea fácil. Si bien es cierto que en muchas ocasiones la fotografía ha logrado movilizar poblaciones al hacerles presente una realidad dolorosa, la mayoría de las veces su afonía se convierte en el mayor obstáculo cuando pretenden hacer ver el sufrimiento del Otro.


Así, para que una imagen que pretende visibilizar y comunicar el dolor sea realmente efectiva, debe estar acompañada de una conciencia social y política. En ausencia de ella, las imágenes sólo son capaces, cuando mucho, de lograr una sensibilización pasajera.


Llevado al caso más extremo, la imagen repetida del dolor puede acabar por trivializarlo, produciendo un efecto analgésico y/o anestésico. Al encontrarse en una situación de sobreexposición y saturación, las imágenes de la miseria, el dolor y la injusticia se han vuelto un asunto ordinario. El exceso espectacular de representaciones nos conduce a una lectura poco prevista de la imagen: la fotografía ya no es más que una fotografía.


Ha perdido su efecto, pero no parece que haya otra vía más efectiva.


Quizá sea este el motivo por el cual seguimos depositando tanta confianza en la imagen. Y es que en realidad el problema no descansa en ella, sino en quienes la recibimos. La cuestión es esta: la imagen sólo surtirá su efecto si hay alguien capaz de interpretarla, leerla y descifrarla como un mensaje.


Para ello es importante reivindicar su valor y su potencia. Las imágenes no hablan por sí mismas, pero sí son capaces de mostrar algo que sin ellas pasaría desapercibido. Lo que necesitamos, entonces, es aprender a mirar, a configurar los ojos, a abrirlos.


Esa búsqueda de luz, en nuestro propio tiempo de oscuridad, podría descansar en educar la mirada. Esto significa dejar de ser consumidores de imágenes para devenir sus lectores, sus escuchas.

Dejar que la imagen penetre bien dentro para ser capaces de asumir lo que intentan decirnos. Despertar a la imagen podría ser la materialización de la indestructibilidad del deseo.


Referencias:

Beascoechea, Imanol. 2016. “Espectadores del dolor ajeno: una imagen no vale más que mil palabras”. Revista de Estudios Sociales. pp. 88-99.

Didi-Huberman, Georges. 2018. Sublevaciones. (México: Museo Universitario de Arte Contemporáneo, UNAM).



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