Habitando y des-habitando ciudades violentas: abyección, indiferencia, silencios

Sofía Beltrán



“A Culiacán, Sinaloa, le mandan útiles del extranjero Cuernos, granadas, bazucas, pecheras, capuchas para su magisterio Su misión es formar y reclutar hombres leales que operen las calles Que todos porten esta enfermedad del famoso virus incurable

Grandes jefes, empresarios, soldados, sicarios es lo que formamos Hay respeto pa' la gente que no se involucra con nuestro trabajo Todos estén al pendiente que pronto estaremos pisando el estado Y esto pa' toda mi gente, que estemos listos para cualquier llamado”

-Calibre 50, Escuela del virus antrax

Habitamos espacios y los espacios nos habitan: no estamos reducidos al territorio geográfico que habitamos, y, sin embargo, en cuanto salimos de él tenemos un latente y profundo sentimiento de pertenencia, aunque este desaparezca inmediatamente cuando se está en ese espacio de nuevo.


Nuestras relaciones más complejas muchas veces son con ese lugar que nos vio crecer y con el que nos tenemos que reconciliar a diario para encontrar nuestra paz interna, ya sea que estemos lejos o cerca. En el caso de los espacios violentos esto se vuelve mucho más complejo: no albergan una violencia como la que existe en todas las ciudades o los pueblos, la violencia que se da aunque no queramos, la de todos los días. Hablo de una violencia que subyace siempre debajo del suelo que caminas, una violencia que ya invade todas las estructuras de la ciudad, una violencia que no siempre se ve pero que sí se siente fácilmente cuando une quiere sentirla.


Una violencia que ya es parte del orden del espacio, del equilibrio mismo de las vidas que se mueven dentro de ella como si no existiera. Y, lo más importante, una violencia que no se articula.


Este ensayo pretende hablar, desde un lugar personal que deviene en lo colectivo, de dichos espacios violentos. No territorios en guerra, que evidentemente albergan otro tipo de horrores, ni ciudades que tienen tasas de violencia o delincuencia elevadas, sino espacios invadidos por violencia organizada, crimen organizado, espacios conocidos y reconocidos precisamente porque ahí dentro el poder no se concentra en el estado, sino en algo más oscuro, más permanente, más sólido y más entretejido con las vidas de les ciudadanes. No se pretende un estudio antropológico ni formal de estos espacios, aunque estos estudios son infinitamente importantes y toman en cuenta factores extremadamente relevantes para comprender este fenómeno de manera integral (como género, factores raciales, etc).


Es un análisis informal que pretende enunciarse desde lo íntimo e individual para intentar trazar y nombrar los sentires que atraviesan esta experiencia, con el fin de poco a poco darles forma.


La violencia en general es indescriptible. No tenemos, y dudo que tengamos, las palabras correctas para articular experiencias violentas de manera que no se sienta que algo siempre falta. Pero el tipo de silencio específico que rodea el vivir en un espacio violento no se abarca completamente por la indecibilidad del horror que se puede vivir. Más bien tiene que ver con lo que no se vive. Porque no se vive la violencia todo el tiempo. No se sale a la calle a diario para ver escenas de guerra o enfrentamientos violentos en el súper, en el banco, en la estética.


Y si se quiere seguir así, no se habla de lo que sí pasa, aunque no se vea. Para conservar el frágil equilibrio entre la violencia organizada y el espacio que cohabita con otras personas tiene que haber un pacto: pacto que incluye un poco de silencio, un poco de indiferencia, y mucho miedo.


Entonces no se habla de aquella vez que, yendo en el carro con tu familia, se te ordena en algún momento que bajes la cabeza, que te agaches, que no veas la escena que se desarrolla ahí afuera, en las calles donde unos días después vas a pasar, igual de callade. No se habla de que, aún siendo une niñe, sabes que ahí quedó la impresión de algo horrible, algo que hizo que la cara de tus papás se transformara inmediatamente y que el resto del camino se viviera en silencio.


No se reclama cuando no te dejan ir a cierta casa, no se pone objeción alguna cuando no te dejan ser cercanecon algunas amistades, aunque esas amistades también sean niñes y no tengan la culpa de nada. No se reclama porque ves el miedo en el rostro de quien te lo ordena, y sabes que hay algo ahí que no se está diciendo, u n peligro que no se está expresando, pero tampoco lo quieres decir tu, porque en estos lugares hay oídos en todas partes y quién sabe quién esté escuchando. Tampoco se habla en lo más mínimo cuando ves en plena calle un arma saliendo de un carro, o un intercambio entre ventanas.


Se te ordena no establecer contacto visual con tu vecino sospechoso cuando lo veas fuera de su casa, y si está dentro del rango de escucha de la conversación familiar el tema inmediatamente cambia a que hace mucho que no llueve, a que qué calorón hace hoy, a que los mosquitos cómo chingan, todo lo que pueda llevar el habla inmediatamente al lugar de lo vago, lo fingidamente ‘natural’, lo inexpresivo. Nos volvemos neutros, con la mirada fija a alguna pared, sin nada en nuestro rostro que pueda dar a entender que sabemos lo que pasa, porque la violencia sabe que sabes de ella, pero sabe que para mantenerte con vida dentro de ese equilibrio deforme y retorcido une pacta su silencio y para vivir con ese silencio tiene que desviar la mirada, siempre y cuando sea una opción.


Y es una opción para muches persones. De hecho, lo es para la gran mayoría. Y después de un rato estas desviadas de mirada y susurros bajos para contar lo visto y lo escuchado en pequeños círculos de confianza se convierten en una especie de indiferencia escogida. Después de un rato no te queman tanto los ojos de leer sobre los asesinatos del día en el periódico, no te sorprendes de ver punteros en el malecón, ya no brincas tanto con el sonido de los balazos cerca de tu casa un martes a mediodía.


Se convierte en rutina no salir a la calle en navidad o año nuevo por el riesgo de balas perdidas, o no pitarles a los carros que se te meten porque no vaya a ser que te saquen la pistola en medio de la calle. En las primarias se enseña antes el protocolo de balacera que el de incendio, y cualquier niñe sabe qué hacer ante el grito de ‘pecho-tierra’. Nuestra cotidianeidad empieza a abrir rincones para que se cuele la violencia, y nosotros nos movemos y nos hacemos chiquitos y nos adaptamos alrededor de esta.

Pero no siempre se puede vivir con ella.


La violencia que habitamos se vuelve inconcebible cuando desaparece alguien que amas, cuando una bala perdida se lleva aquello que se supone que ganaste con tu silencio, cuando alguien que conoces estuvo en el lugar equivocado a la peor hora posible y luego ya no está y ya no va a estar. Cuando lo abyecto del espacio violento sale de donde está enterrado y se te pone de frente, tan de frente que ya no puedes desviar la mirada, tan de frente que te das cuenta de lo profundo de su horror y su impacto y lo incorporado que está ya a todos y cada uno de los sistemas que te rodean y te dan ganas de vomitar y gritar y te das cuenta de que, aunque les demás sientan tu dolor, aunque se compadezcan de tu situación, aunque las vidas arruinadas y tomadas por la violencia dejen huecos de dolores que nunca sanan por toda tu comunidad, a tu alrededor va a seguir existiendo ese silencio, porque a estas noticias pueden sorprender y pueden doler pero todes deben seguir manteniendo ese silencio y desviando sus ojos si no quieren ver lo que ya ves, si no quieren también sentir lo abyecto en su cuerpo en su frente en su espacio en su casa en su todo.


Lo abyecto:

“donde el sentido se desploma” (Kristeva 8).

“aquello que perturba una identidad, un sistema, un órden” (Kristeva 11)

“No yo. No eso. Pero tampoco nada. Un ‘algo’ que no reconozco como cosa. Un peso de no-sentido que no tiene nada de insignificante y que me aplasta. En el deslinde de la inexistencia y la alucinación que, si la reconozco, me aniquila” (Kristeva 9)


​El 17 de octubre de 2020 es un día que ninguna persona que viva en Culiacán va a olvidar. Es el día en el que un operativo poco organizado dirigido hacia Ovidio Guzmán sacó a la luz todos aquellos sistemas de crimen y violencia que se retuercen por ciudad, y no hubo manera de apartar la vista. El ‘jueves negro’, como se le conoce en Culiacán, los mecanismos violentos de poder que normalmente se ocultan por debajo de la tierra y el calor y los ríos que atraviesan las calles se mostraron de manera vívida y cruda y cruel debido a dicho operativo de captura en un día lleno de balaceras, incendios, destrucción y terror que dejó 41 víctimas heridas, 15 fallecimientos, e incontables daños psicológicos, y que culminó con la liberación de dicha persona. No fue un secuestro de la ciudad por parte de estos sistemas violentos: la ciudad ya era suya. Pero el equilibrio se rompió, y fue más evidente que nunca que el espacio se puede y se va a violentar si se interfiere con esta ilusión de paz, y las vidas dentro de este espacio van a ser las primeras en pagar las consecuencias.


En menos de un día quedó más que claro quién está en el poder realmente, y lo rápido que pueden aniquilar una ciudad entera si así se quisiera. Sin embargo, eso ya se sabía. Y se sabe. Y cualquier persone que esté aquí en Culiacán, sentade con su familia, paseando en el parque, dormide en su cama, lo sabe. Y sabe que no hay a quién pedir ayuda, porque el estado no pudiera hacer algo aunque quisiera, y siendo honestes, tampoco quiere.


​Sin embargo, la cultura de adoración por el crímenorganizado sigue creciendo. La formación cultural dentro de estos espacios que está orientada específicamente hacia elementos que exaltan un estilo de vida de complicidad y hasta participación activa en esta violencia sigue creciendo.

Crece a pesar de que el 17 de octubre no fue un suceso único en su especie y puede repetirse el día que sea, a pesar de que se ven los rastros de aquella violencia que se puso en evidencia día con día, a pesar de que siguen apareciendo personas descuartizadas a la orilla del río, a pesar de las miles de familias completamente destruidas por la violencia. Crece y se reproduce y se vuelve algo cíclico, crece hasta dentro de las personas más alejadas de ‘esos ambientes’, crece junto con el espacio. Van de la mano y se alimentan mutuamente. El sentido, la lógica, el rechazo que se debería de sentir hacia estos sistemas se desploman.


La violencia organizada es terrible pero provee una ilusión de protección patriarcal que el estado ni siquiera se preocupa por aparentar, y el agarre que tiene en la cultura es tan fuerte que cuando se encarcela a uno de los líderes más célebres del crimenorganizado la ciudad se organiza para protestar por su liberación, aclamándolo como un santo, adorado por niñes y por adultes por igual*. Se habita un carnaval, un espacio de contradicciones, donde simultáneamente adoramos y tememos las mismas cosas, donde se exalta aquello que más nos perjudica, creando una atmósfera que es casi cómica, si no fuera tan oscura.


​De las causas específicas de este fenómeno, no se puede decir mucho. Hacen falta años de investigación para poder apuntar a la o las raíces de estos comportamientos, de los cuales ningune persone está completamente excente. Sin embargo, sí se puede apuntar al miedo que está detrás de todes les persones que llegan a habitar estos espacios, un miedo que siempre está detrás de los cuerpos que intentan existir y coexistir de la mejor manera posible con el. Si se piensa demasiado en él, la existencia dentro de estos espacios se vuelve una miseria.


Así que se intenta ignorar, suprimir, cambiar por ironía. Saber que el espacio donde has vivido momentos felices, cálidos, donde has crecido y desarrollado vínculos tan importantes también puede albergar tanto horror y tanta crueldad, y saber que todos esos horrores deben ser ignorados si se quiere conservar la vida como la conocemos, desploma la lógica y la paz interna. Entonces une tiene que escoger cómo habitar ese espacio, su espacio, espacio de nadie, espacio de violencia: por un lado, el conflicto perpetuo, por el otro una dolorosa indiferencia voluntaria. Y después de escoger, se ruega porque siempre se tenga la elección de la indiferencia, porque la alternativa es indecible.


​Llevamos nuestro hogar a todos lados. Cuando se trata de hogares así, de espacios violentos, llevamos los rezagos de esa manera de configurarnos dentro de él a donde sea que vayamos. Las impresiones del espacio violento nos persiguen y nos forman aún cuando estamos a continentes de él. El instinto de callar lo que se vive por miedo a que la tierra y la violencia nos traguen es latente y casi permanente.


De manera personal, poner esto en palabras después de años de habitar una de las ciudades más violentas del mundo ha sido tan catártico como escalofriante. Pero es un intento de empezar a deshacer el silencio en torno a estas experiencias. El lenguaje es poder, y ceder nuestro impulso por nombrar y hablar de las cosas es cedernos a nosotres mismes. Hablar de estas experiencias no quita ese peso del hogar que cargamos a todas partes, pero, con suerte, abrirá las posibilidades de conocer y reconocernos dentro de la vivencia de la violencia, y empezar a abrir rincones en el espacio para salir de esta, aunque sea un poco, aunque sea unos segundos.

Obras citadas:

Kristeva, Julia. “Sobre lo abyecto”. Poderes de la perversión, Editorial Siglo XXI, 6ta edición, 2006.

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