Frantz Fanon y la (Des)colonización



Frantz Fanon (1925-1961) fue un escritor, psiquiatra y filósofo de Martinica. Su escritura fue de gran relevancia para los movimientos descolonizadores/de liberación de Argelia y otras naciones africanas por casi medio siglo, así como para la lucha por los derechos humanos de los afroamericanos en Estados Unidos.


En este muy pequeño artículo, insignificante para lo que representa este genial autor, haremos un muy breve recorrido por una de sus obras a la que le eché un vistazo recientemente; hablo de Los condenados de la tierra.


Los condenados de la tierra (1961) fue el último libro publicado por Fanon. En este texto, él medita acerca del impacto psicológico, cultural, político y social que la colonización tiene sobre los territorios colonizados. Pero no sólo eso, no sólo se limita a reflexionar sobre lo que implica colonizar, sino que Fanon llama a la descolonización. Veamos, pues, algunos de los puntos más destacables en mi opinión.


Fanon comienza diciéndonos que, así como el proceso colonizador es violento (física y/o culturalmente) ya que un pueblo impone sus maneras y su cultura sobre otro, la descolonización debe responder de la misma manera. ¿Por qué? Porque así es la única forma.


Para que el colonizado, entendido como aquel violentado, brutalizado, sometido (mas no domesticado), inferiorizado (mas no inferior), logre su tan ansiada (y subrayo la palabra “ansiada”) emancipación debe pasar por un cambio radical… violento.


Descolonizar para Fanon no es otra cosa que reivindicarse; en términos hegelianos, auto-afirmarse como un “yo”. Descolonizar es crear seres humanos donde antes había simples colonizados subyugados. Este acto de autoafirmación necesariamente debe pasar por una muerte dual (literal o simbólica, según sea el caso). El colonizador debe morir, debe ser expulsado… es imperante romper con su opresión, pero también el colonizado debe fallecer. Cuando el colono y el colonizado mueren en su lucha antitética emerge un nuevo ser humano, un nuevo pueblo.


Por decirlo de otra manera, hablamos de un rompimiento que sana. Se fractura el statu quo de distinción/exclusión para dar origen a uno en el que se afirman los propios valores, no los ajenos-impuestos.


Ahora bien, para dar entrada a este movimiento emancipador, primero es necesario que haya un despertar, un acto de toma de conciencia. Cuando el colonizador se establece en una tierra ajena, rápidamente construye, si se permite el término marxista, una serie de superestructuras capaz de sostener y legitimar la dominación.


Dichas superestructuras son las encargadas de mantener agachado al colonizado, de hacerle aceptar el orden maniqueo en el que el colonizador blanco está por encima de él, de hacerle aceptar el nuevo criterio racial en el que el blanco es rico y el rico es blanco… y que no hay de otra. Él debe estar agachado, hambriento, mal vestido, incluso des-humanizado (denostándolo como caníbal, polígamo, hereje/pagano, etc.), pero el otro-colono, no.


Ante este mundo de contrastes, Fanon asegura que es imperante abrir los ojos. Esto implica darse cuenta de que el colono está arriba, sencillamente, porque el colonizado lo ha permitido. En el momento en que se entiende esto último, el discurso se desploma.


Ya no importa la violencia totalitaria o la represión, el centinela colonizador pierde su letal efectividad puesto que el colonizado ya ha dado el paso más importante: escupir, vomitar esos valores que le son ajenos. Ahora el que es la presa aguardará al momento adecuado para liberarse.


Como decía al principio, la liberación debe pasar por un enfrentamiento violento. El colonizado, despierto, redirige su furia, su envidia (por el privilegio del colono blanco) hacia el culpable de sus desgracias: el colonizador. Y así como el colonialismo no querrá ceder, entonces se le habrá de someter con el cuchillo al cuello.


Es en este instante en el que ha surgido un “nosotros”. Este “nosotros” ya no reconoce ni acepta el orden impositivo-maniqueo. Por el contrario, entre más violencia ejerza el colonizador, más serán los que decidan abrir los ojos. O sea, la represión no hará otra cosa que despertar a más colonizados… continuará abriendo la zanja.


A partir de aquí, empieza la lucha. Lucha que puede ser silenciosa (como no agachar la cabeza, no ceder a la violencia cultural, no resignarse) o abierta (desde la guerrilla hasta el enfrentamiento directo). Lo que está claro es que no hay marcha atrás para nadie. Sólo queda esa muerte dual en laque ambos han de perecer. Ha de irse el colono y ha de morir el colonizado en su emancipación. Es una cuestión de tiempo.


Por último, tras esta liberación catártica quedará una lucha más, tal vez la más difícil, la de combatir con los estragos del colonialismo: la segregación, la pobreza, la desigualdad, la violencia interna, la falta de infraestructura y un interminable etcétera.


Podríamos seguir hablando y hablando de todas las reflexiones hacia las que nos guía Frantz Fanon, pero eso puede quedar para otra ocasión. Por ahora cierro con la siguiente cita de este autor e invito al lector a darse una vuelta por las páginas de Fanon; seguro que valdrá la pena.


“La existencia de la lucha armada indica que el pueblo decide no confiar, sino en los medios violentos. El pueblo, a quien ha dicho incesantemente que no entendía sino el lenguaje de la fuerza, decide expresarse mediante la fuerza. En realidad, el colono le ha señalado desde siempre el camino que habría de ser el suyo, si quería liberarse. El argumento que escoge el colonizado se lo ha indicado el colono y, por una irónica inversión de las cosas es el colonizado el que afirma ahora que el colonialista sólo entiende el lenguaje de la fuerza. El régimen colonial adquiere de la fuerza su legitimidad y en ningún momento trata de engañar acerca de esa naturaleza de las cosas. Cada estatua, […] todos estos conquistadores encaramados sobre el suelo colonial no dejan de significar una y la misma cosa: ‘Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas...’. Es fácil completar la frase” (Fanon, 1983, p. 41).


Bibliografía:

Frantz Fanon. Los condenados de la tierra. México: F.C.E., 1983.



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