Finalidades del vacío




La novela obtiene sus procedimientos específicos a partir de una finalidad. Sospechamos que la ejecución de las palabras nos llevará a una posición determinada frente a la realidad, aunque esta nueva extensión de las posibilidades puede aligerar o entorpecer nuestro andar en el mundo. Entonces, ¿cómo verificar que las palabras han llegado a su fin? Josefina Vicens abre la paradoja sobre la renuncia. El silencio no es la negación de la palabra, sino una derivación – aunque puede considerarse a la inversa, es decir, que la palabra sea la derivación del silencio. Así, la tensión entre el testimonio hablado y el testimonio “callado” nos ofrece un tránsito entre la indeterminación y la delimitación de un espacio comunicativo. La novela se esfuerza por ser, aunque todo su decir se refiera al no ser: “[…] serán únicamente el burdo contorno de un hueco, de un vacío esencial” (1).



Testimonio vacío


El testimonio de la no escritura se convierte en la ejecución de un proceso que explica lo que debería ser la escritura. El texto de Vicens describe los procesos de la novela mediante lo que, aparentemente, no es una novela. Es decir, se ejecuta la forma, pero vacía en su contenido. Digo “aparentemente”, pues el contenido se vuelve la forma, y la forma el contenido. Este vacío, sin embargo, es de carácter personal. No existe el vacío pleno, sino la delimitación de un vacío – de la misma manera en que la soledad se extiende sobre instantes precisos. Dichos instantes de soledad son llenados con la realidad de quien la experimenta. De esta manera se justifica la nulidad, el movimiento ausente, la carencia de los impulsos vitales a través de la intimidad emocional, mas no de la abstracción de un imaginado vacío o la imposición del silencio: “Es bien claro; son sólo dos fases. Una: tengo que escribir porque lo necesito y aun cuando sea para confesar que no sé hacerlo. Y otra: como no sé hacerlo tengo que no escribir”(2). Esa “necesidad” de confesar indica una intimidad proveniente de un deseo personal, aunque tal deseo, por su amplitud, puede ser un punto de encuentro común. De ahí que José García, un hombre – y un nombre – cualquiera, tenga una pretensión tan alta e imposible como la escritura.



¿Escribir para quién y para qué?


No veo contradicción en la dirección simultánea de la escritura: escribir para el otro y escribir para uno mismo. Al reconocer la imposibilidad de hablar por el otro, de hablar por la multitud, abandonamos toda pretensión de trascendencia. Sin embargo, la trascendencia se logra, precisamente, en esa renuncia: a través de lo personal se logra lo comunitario. Anteriormente concluimos que El libro vacío se refiere a un vacío delimitado, no a uno abstracto. Si reconocemos algunos de nuestros rasgos en ese vacío es por aquella cualidad de delimitación. Por lo tanto, tampoco existe el “ser humano abstracto”. Cada uno de nosotros cuenta con un nombre y un tiempo particular – determinado por la atención que prestamos al mundo –, además de un cuerpo que incide de manera distinta en los fenómenos. La comunidad no es posible si no hay un esfuerzo por reconocerse como individuo. Así lo propone Vicens en el encuentro que mantiene José con el extraño del parque: “Tal vez no tenía a nadie, no tenía a uno y yo le hablé de todos”(3).


Al ofrecernos como un yo y no como una multitud, equiparamos las fuerzas a través de un proceso comunicativo igualitario: el lector y el escritor conviven en el mismo nivel. La semejanza y la fraternidad que se ofrecen en el vacío son reflejadas en la indecisión y en la imposibilidad del escritor. Al hablar sobre lo que no es posible – desde la perspectiva del escritor – para el lector, paradójicamente, se abren las puertas de lo que sí es posible. El silencio y la soledad se comparten en este ejercicio de posibilidad e imposibilidad y el tránsito entre uno y otro se convierte en un intercambio equitativo entre autor y lector.


La dirección de la escritura “vacía” se convierte en una fuente que cae perpetuamente sobre sí misma, aunque ofrece algunos reflejos – además de saciar la sed. Este recaer sobre sí misma podría asumirse como una forma de inexpresividad, pero no por ello carente de significado. Así lo explica el filósofo Stanley Cavell: “[…] el significado es una cuestión de expresión y la inexpresividad no es un indulto del significado, sino un modo particular de él, y la llegada a un entendimiento es una cuestión de reconocimiento.” (4) Este reconocimiento se efectúa en José, quien se traslada simultáneamente entre autor, persona y personaje. Al borrar estas distancias, la escritura se convierte en la vida y la vida en escritura. José comienza a escribir cuando se propone no escribir, pues comienza a vivir sin el peso de la página en blanco. Los distintos encuentros que mantiene en su trabajo, en su amorío y en su familia, son un encuentro, a la vez, consigo mismo.



La experiencia del vacío a través de la memoria


Sucede que la memoria no es continua, pues el cerebro tiene una capacidad limitada de almacenamiento. Los recuerdos aparecen entrecortados y surgen grandes lagunas en donde brota el olvido. Esos vacíos surgen como una oportunidad para reconstruir los eventos y resignificarlos. Lo mismo sucede con la página en blanco. El José del Libro Vacío se enfrenta a la imposibilidad de escribir, es decir, de dar cierta movilidad y continuidad a las palabras. Por ello acude finalmente a su vida, a sus memorias, entrelazadas en el tiempo pasado y presente, aquilatando lo que será el futuro. Cuando su hijo se encuentra en una encrucijada amorosa, pretende ahorrarle los disgustos imponiendo su experiencia. ¿Pero qué es su experiencia? Es un largo vacío donde la respuesta ha llegado demasiado tarde: “Porque la experiencia es eso: una triste riqueza que sólo sirve para saber cómo se debería haber vivido, pero no para vivir nuevamente” (5).


La memoria siempre es tardía porque el pensamiento tiene que reconstruir y significar nuevamente todo acontecimiento entrecortado por el entendimiento y, así, dar un sentido estructural al recuerdo. Por ello la novela de Vicens no es lo que quisiera ser: habla sobre sus procesos, sus mecanismos, sobre lo que debería ser, siendo otra cosa. La novela ha llegado tarde, de la misma forma que la memoria, por medio de las palabras reconfiguradas a través del tiempo. Dice T.S. Eliot en Los cuatro cuartetos:


Y cada intento es un nuevo principio

Y un tipo diferente de fracaso

Porque uno sólo aprende a dominar las palabras

Para decir lo que ya no tiene que decir. (6)



La novela “vacía” se reduce a decir lo que tuvo que haberse dicho hace tiempo, a través de la memoria transfigurada en experiencia. De ahí el devenir de la frustración, aunque la novela se logra finalmente, pues ya no busca ser “a pesar” del vacío, sino que se apropia de él para delimitarlo y comunicar sus posibilidades.



Conclusión


La novela moderna, como lo es El libro vacío, no se esfuerza en ser abstracta ni en nulificar su propio contenido. Su intento es fundacional, en tanto que se justifica a sí misma mientras se construye, es decir, el lector acompaña el proceso de escritura en la novela – de ahí se deriva la noción equitativa entre autor y lector. Esta intención no es fortuita. Vicens, al encontrarse en un entorno literario dominado por modelos específicos – el círculo masculino y los cánones académicos – tenía que ofrecer una propuesta coherente con su posición y sus anhelos. Su novela se erige en principio por la duda de su propio personaje/autor, quien nunca parece tener seguridad acerca de su propio trabajo. Así el lector puede encontrarse con los mismos vacíos que entretienen al pensamiento, pero logrando delimitarlos al observar la transparencia en la duda del autor. Los juicios a este respecto deben ser cuidadosos, pues constituir una novela a partir de la imposibilidad y la duda que suscita la escritura no es una cuestión de azar. Toda duda que refiere al procedimiento de escribir, está perfectamente calculada. Ese Libro Vacío, en fin, es un libro terminado, delimitado, a través de un deseo personal. La finalidad del vacío es reconocer todas las angustias que conlleva el traslado de la vida a la palabra y con esto confrontarnos de nuevo a nuestras más íntimas restricciones y deseos, así como a preguntarnos qué es lo verdaderamente literario y si es que esta categoría puede existir verdaderamente.


Notas al pie


(1) Vicens, Josefina, El libro vacío, FCE, México, 2021, p 43.

(2) Op. cit, p 40.

(3) Idem, p 82.

(4) Cavell, Stanley, El mundo visto, Harvard University, Londres, 1979, p 137.

(5) Vicens, Josefina, El libro vacío, FCE, México, 2021, p 97.

(6) Eliot, Thomas Stearns, “East Coker”, Los cuatro cuartetos, Era, México, p 39.

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