Fin del mundo, espacio, descolonización y medio ambiente: por una teoría política sustentable




“Fin de los tiempos”, o más bien “fin del tiempo”, es un concepto clave para entender el desarrollo exponencial al que está sujeta la sociedad en el mundo contemporáneo.


Sin un final prescrito ni una institución que monopolizaba la salvación, Occidente, a partir del comienzo de la modernidad, lidió con la idea de un futuro abierto a incertidumbre acuñando el concepto de “progreso” como la fórmula para un porvenir diferente y, además, mejor (1).


Parecería que el fin del tiempo era el último obstáculo para que la humanidad se desarrollara a rienda suelta con una promesa de futuro, siempre por-venir.


La realidad del futuro de progreso, como el fin escatológico de la Edad Media, nunca llegó. Hoy cosechamos el fruto podrido que el concepto de “progreso” sembró en la modernidad.


El mundo contemporáneo es uno de crisis. Una vez más la humanidad se enfrenta a un inminente final, esta vez no del tiempo sino del espacio. Ahora el fin se profetiza no como un saber religioso, sino como uno científico, y ya no tiene un carácter temporal, sino uno espacial.

La crisis ambiental del presente va mucho más allá de simples teorías o suposiciones. Sus síntomas son severos e inminentes: cambio climático, especies en extinción, desastres naturales y pandemias invencibles. También hay guerra, pobreza, crimen, desigualdad e injusticia.


El colonialismo europeo se empeñó en llevar el “progreso” a todos los rincones del mundo. Modificó exitosamente las experiencias temporales y espaciales de culturas autóctonas y las incorporó exitosamente en un ciclo continuo de explotación al que hasta el día de hoy, post-colonia, siguen sujetas. Como consecuencia, no solo la calidad de vida está en crisis, sino el espacio mismo de existencia.


No es coincidencia que Europa sea la región más estable política y socialmente, así como la más ambientalmente “sustentable” del mundo, mientras que sus “antiguas” colonias resultan todo lo contrario.


Espacio y producción


Es relevante entonces empezar por subrayar, desde la teoría, cómo encaja el espacio en los ciclos de capital y producción propios de Occidente y sus colonias. En términos generales, el circuito de capital en el capitalismo contemporáneo es visible a partir de una vertiente primaria y una secundaria.


En la primaria, el individuo capitalista (aquel con dinero) invierte en la adquisición de mano de obra, materia prima o máquinas para producir un producto. Este producto entra al mercado, genera lucro para el individuo capitalista, y lo vuelve a invertir para repetir el ciclo. En el secundario, el más relevante para el objeto de estudio de esta investigación, el individuo capitalista invierte en bienes raíces, es decir tierra, espacio, para desarrollarla, insertarla en el mercado, lucrar de ella y repetir el ciclo.

Bajo el concepto de progreso que se mencionó anteriormente, el ciclo de capital secundario cumple con el ideal de bienestar a partir del desarrollo de espacios vacíos. Espacios que, sobra mencionar, son limitados ya que una vez que se insertan a dicho ciclo, difícilmente regresarán a su estado natural.


En este sentido el espacio vacío en términos de desarrollo cada vez resulta más caro y menos accesible.


Es entonces seguro establecer, de la mano con Henri Lefebvre y su texto La Producción del espacio, que el espacio es un producto social. Es decir que “el espacio es producido por el ser humano, por ende es social” (2), ya que todo espacio ajeno a los circuitos de producción de capital son espacios naturales y no sociales.

Si el espacio es un producto, y como todos los productos está sujeto a ciclos de intercambio, poder y transformación, entonces se puede decir que el espacio contiene relaciones sociales y es preciso saber cuáles, cómo y por qué.


Al aceptar esta premisa se desprenden dos consideraciones. En primer lugar, si el espacio contiene relaciones sociales, inmediatamente implica relaciones de poder y jerarquía. En segundo lugar, al producir un espacio social se genera la contradicción clásica naturaleza/sociedad. Como consecuencia de la producción del espacio, el espacio original (espacio-naturaleza) desaparece irreversiblemente.

La producción del espacio está, en este sentido, íntimamente ligada con el concepto de desarrollo. El producir un espacio implica desarrollarlo.


Sin embargo, si se entiende el “desarrollo” como una cuestión artificial en términos espaciales (artificial en el sentido de que se contrapone a un proceso natural en el que el espacio se desarrolla por sí solo) se puede decir que tanto el desarrollo como el progreso son conceptos “inventados”.


El término 'invención' toma aquí un papel importante. En su texto, La invención de la tradición, el gran historiador marxista del siglo XX Eric Hobsbawm identifica la manera en que las fuerzas colonizadoras “recurrieron a la tradición inventada con el fin de obtener la autoridad y la confianza que les permitieran actuar como agentes del cambio (3).”


Por medio de la invención de términos y conceptos, se creó un ciclo de violencia espacial. En este sentido, y de la mano con la tesis de Monica Cejas Minuet en Desarrollo como violencia, con la producción del espacio capitalista es evidente que “detrás de la idea de desarrollo se encuentra la del deseo de acumulación (4).”


En consecuencia, hay que relacionar al desarrollo, hermano menor del concepto de progreso, como el motor de crecimiento desmedido que al producir espacio lo destruye también. La noción de autoproducción espacial, como fue subrayada anteriormente, aplica también sobre el desarrollo. Este, al producirse, “se reinventa, se apropia de otros discursos y se reinstala en la continuidad” (5)


Así, el gran problema no es solo la imposición de modelos económicos ajenos a su lugar de enunciación, sino el ciclo de violencia generado por la invención conceptual como el progreso y el desarrollo, misma que lleva invariablemente a la aniquilación irreversible del espacio producido.


En este sentido, y como se ha tratado de probar, producir el espacio en los términos que se ha hecho hasta ahora es realmente destruir el espacio. "La realidad, en suma, fue colonizada por el discurso del desarrollo" (6).


Espacio y poder


Cada sociedad en cada momento del tiempo ha producido espacios. El espacio producido es un espacio apropiado por individuos o estados que ejercen poder sobre aquellos que habitan o transitan dichos espacios.


Consecuentemente, y desde un punto de vista Marxista, la producción de espacios implica una relación de poder entre aquellos propietarios del espacio y aquellos que habitan y se relacionan en dicho espacio (muchas veces estos últimos son los mismos que físicamente producen el espacio). En otras palabras, la producción del espacio implica inmediatamente el surgimiento de clases sociales y el concepto ampliamente conocido de “propiedad privada”.


A partir de esto, se visibilizan dos niveles de jerarquización de relación social en torno a la producción del espacio. En un primer nivel las relaciones sociales de reproducción, “a saber, las necesidades biofisiológicas entre los sexos, las edades, con la específica organización familiar”. En un segundo nivel, las relaciones de producción, es decir “la división de trabajo y su organización, y por lo tanto sus funciones sociales jerarquizadas” (7).


Ambos niveles funcionan de forma conjunta dando lugar así a la reproducción social o la reproducción/continuidad de una sociedad en su espacio a pesar de penurias como desastres naturales, guerras y pandemias. Sin embargo, desde el establecimiento y propagación (imposición) del capitalismo como modelo económico ideal, se agregó un tercer nivel: el de la reproducción de las relaciones sociales de producción, es decir la replicación sistemática de las relaciones constitutivas de la sociedad capitalista o el circuito de capital en sus dos vertientes expuestas con anterioridad.

Este último implica un ciclo de repetición e intensificación del sistema. Una especie de autorreproducción que incrementa cada vez más la brecha entre las clases sociales que habitan el espacio, que son dueños del espacio y que consecuentemente lo modifican.

Aquí es importante hacer énfasis en la cuestión cíclica. Se ha llegado a una situación en la producción del espacio capitalista que implica relaciones de poder que se propagan y se intensifican junto al sistema. En este sentido, el espacio es producido por el ser humano, y este (sus formas de organización familiar y laboral) es también una producción del propio espacio.


Se llega entonces a la cuestión colonial. Aunque es evidente, no sobra aclarar que el colonialismo en su base más fundamental es el acto de ocupar espacios físicamente y alinearlos bajo un orden específico. El mundo como se conoce hoy es un producto del empeño occidental de colonizar.


Es el esfuerzo constante de unos pocos de apropiarse del espacio de muchos. Esfuerzo que evidentemente fue muy exitoso, ya que alcanzó en cierta medida todos los continentes del planeta.

Frantz Fanon, en su célebre texto Los condenados de la tierra, expone la colonización del espacio en términos de dualidad. El autor argumenta que los procesos de colonización esencialmente dividen el mundo, lo “compartimentaliza” en dos partes desiguales: dos especies (superior e inferior), y dos espacios (civilizado y bárbaro) (8).


Bajo la justificación divina de civilizar a la raza inferior, el colonialista se apropia del espacio del colonizado y le impone su episteme y su orden, mismo que, como se estableció anteriormente, es uno impulsado por el concepto de progreso


Aquí entra en escena el gran debate sobre la existencia del concepto de propiedad privada y libre mercado en sociedades pre-capitalistas, pre-colonizadas. Para no entrar en controversia, hay que evitar pensar que la existencia del primero es necesario para que el segundo se practique.

Como ejemplo y reconociendo la facilidad de caer en generalizaciones (9), en África las relaciones mercantiles, de acuerdo con el trabajo de Mahmood Mamdani, fueron anteriores al colonialismo. Aunque la producción economía del África pre-colonial en gran parte se basaba en el sumo y la subsistencia, esto no significa que las población no practicaba el intercambio comercial unos con otros.


“A medida que la economía de intercambio se desarrolló, los campesinos empezaron a depender en grados diversos de los mercados para su sobrevivencia” (10).


Pero a diferencia del capitalismo occidental, las fuerzas coercitivas del mercado estaban severamente limitadas por la posesión consuetudinaria de la tierra (11). Esta pequeña variable en la ecuación expuesta anteriormente sobre la producción del espacio resulta tener consecuencias titánicas sobre el bienestar de la sociedad y la tierra.


En África, sociedades con este sistema de posesión comunal habían existido durante tal vez cuatro mil años en armonía con su espacio hasta la llegada del colonialismo europeo. Es de notar que, como todas las producciones del espacio, este tipo de vivencia espacial también era productora de relaciones sociales. Sin embargo, la mentalidad de subsistencia adaptada al mercado y la posesión consuetudinaria de la tierra habilitaba la posibilidad de


“precisar lugares donde se cumplía con las uniones sexuales y sacrificios simbólicos donde el principio de fecundidad se renueva… De este modo, el espacio se hallaba a la vez consagrado y salvaguardado con respeto a las potencias benéficas y maléficas: retenía de ellas los aspectos que podrían favorecer la continuidad social, y extirpaba todo lo que podía ser demasiado peligroso” (12).


En solo 200 años desde el colonialismo Europeo y la imposición de formas instituciones políticas y económicas extranjeras, África hoy representa un espacio producido incapaz de sustentarse a sí mismo.


Aunque la posesión consuetudinaria aún es practicada, las relaciones sociales y relaciones de producción se ven todavía severamente afectadas por los estragos de una nueva clase dominante, dueña de los medios de producción que adoptó los valores y episteme del colonialista y al reemplazarlo continuó con la explotación de su espacio (13).


El capitalismo, en su fase expansionista, consideró a las colonias como una fuente de materia que una vez procesada podía ser vertida al mercado europeo. Hoy el fuego de artillería y la política de tierra arrasada ha sido reemplazada por una dependencia económica (14) a los medios de producción del espacio, propios del colonizador.


“El espacio así producido sirve tanto de instrumento del pensamiento como de la acción; al mismo tiempo que constituye un medio de producción, un medio de control, y en consecuencia de dominación y de poder, pero que escapa parcialmente, en tanto que tal, a los que se sirven de él” (15).


Espacio y naturaleza


En el plano de desarrollo, progreso y producción del espacio, la naturaleza entra en segundo orden. Es evidente que existe, pero permanece en trasfondo como la maqueta original destinada a ser moldeada y procesada por el ser humano en su esfuerzo por producir su espacio.

Remitiendo al dualismo de Fanon, la naturaleza cabe en la categoría de barbarie. El colonizador produce su espacio urbano y voltea a ver al interior del territorio, al campo, como el espacio salvaje que aún espera ser desarrollado/colonizado (16).


El colonizado por su parte huye del campo y busca su lugar en la ciudad, que se expande y devora otro espacio de naturaleza. En esta dinámica dualista, como el colonizado, el bárbaro de raza inferior, la naturaleza existe para ser convertida, sometida, desarrollada.


El pensamiento capitalista valora la naturaleza no como el modelo original utópico del proceso social, sino como “el fondo del cuadro; como decorado, y más que como ambientación, persiste por doquier y cada detalle, cada objeto natural se valora convirtiéndose en símbolo”. El día de hoy el espacio natural adquiere un precio, como todo en este sistema, adquiere un valor monetario, “el animal más insignificante, los árboles, la hierba” (17), se convierten en un recurso de lujo.


El espacio natural fue y seguirá siendo (en la medida de que siga existiendo) el punto de partida de la producción espacial y las subsecuentes relaciones sociales que este produce.


Aunque la producción espacial no desaparece a la naturaleza completamente de la escena, está si la modifica irreversiblemente. Cabe mencionar que la experiencia espacial del ser humano en cuanto a los espacios naturales no se limita a la producción espacial capitalista como se ha subrayado puntualmente hasta ahora.


Existe la alternativa, ajena a la cosmovisión occidental, de voltear a ver el conocimiento autóctono de las víctimas del ciclo de violencia espacial occidental en sus colonias. Cabe resaltar, como se mencionó anteriormente, que el concepto de progreso es relativamente nuevo. En 200 años de colonialismo, invención de tradiciones e imposición de políticas de producción espaciales, la crisis en el espacio natural ha llegado a un punto de quiebre.


Fuente y recurso, la naturaleza nos obsesiona, como la infancia y la espontaneidad, a través del filtro de la memoria. ¿Quién no desea protegerla, salvarla? ¿Quién no anhela reencontrar la autenticidad del mundo? ¿Quién pretende destruirla? Nadie, sin embargo, pretende conspirar en su perjuicio. El espacio de la naturaleza se aleja. Un horizonte que queda detrás para los que vuelven su mirada. Incluse esquiva el pensamiento. ¿Qué es la naturaleza? ¿Cómo captarla antes de la intervención, antes de la presencia humana con sus útiles devastadores? Mito poderoso, la naturaleza se torna en mera ficción, en utopía negativa: es considerada meramente como la materia prima sobre la que operan las fuerzas productivas para forjar su espacio. Resistente sin duda, e infinita en su profundidad, la naturaleza ha sido, sin embargo, vencida y ahora espera su evacuación y destrucción.” (18)


Conclusiones: autenticidad y decrecimiento


De la cita anterior hay que prestar atención especial en el concepto de autenticidad. El espacio natural es esencialmente el modelo autóctono de todo proceso. “La base de toda originalidad”(19).


Sobre este concepto se ilumina la intersección entre naturaleza y decolonialidad. En su texto Desobediencia epistémica, Walter Mignolo argumenta que la opción decolonial, la de expulsar físicamente al colonizador del espacio, resulta insuficiente. Más bien hay que empeñarse “en una desobediencia epistémica” que desengancha el proceso epistemológico humano “de la idea mágica de modernidad occidental, de los ideales humanos y de las promesas de crecimiento económico y prosperidad financiera (20)”, mismo que finalmente se desenvuelve en la globalización como tipo de economía impuesta.

En otras palabras, Mignolo subraya que la tarea de la colonialidad y la des-occidentalización es


“develar los silencios epistémicos de la episternologia occidental y afirmar los derechos epistémicos de las opciones decoloniales racialmente devaluadas, para permitir, desde el silencio, construir argumentos que confronten a aquellos que tornan a la "originalidad" como el criterio máximo para el juicio final” (21).


En términos ambientales, el “juicio final”, en su contexto contemporáneo, es fundamentalmente un final espacial. Por otro lado, la “originalidad” es la naturaleza.


Consecuentemente, desde la colonialidad surge la reflexión de la vivencia espacial del hombre capitalista en formas enteramente diferentes.


El concepto del Antropoceno, la era geológica del mundo caracterizada por los cambios masivos y acelerados al clima del planeta, su tierra, océanos y biosfera (25) es una noción ligada al colonialismo capitalista y su producción espacial, y entra en primer plano no por su trascendencia sino por la posibilidad de una extinción.

Surge la necesidad de observar de cerca la experiencia espacial del ser humano, es decir el entendimiento de cómo los humanos han sido afectados por el medio ambiente y, a la vez, cómo ellos han afectado a su entorno y con qué resultados (23).


La alternativa para modificar dicha vivencia empieza por un esfuerzo metodológico por desoccidentalizar el pensamiento y retornarlo a la autenticidad del ciclo de producción natural. La compartimentalización dualista del cuerpo y la mente, significado y materia, o naturaleza y cultura ya no es sostenible (24) y mucho menos sustentable.


Hay que subrayar, finalmente, al concepto de “progreso” como la fuerza antagónica tanto para la descolonización como para el medio ambiente. En este punto de inflexión, coincide el método para la observación teórica de fenómenos espaciales.


Consecuentemente, se presenta la necesidad de construir un contra-concepto como categoría defensiva que frene la aceleración moderna y habilite un futuro sustentable. Aunque la desoccidentalización funciona como principio metodológico, esta no basta en la presentación de cambios prácticos en las dinámicas del mundo contemporáneo. Hay que partir por la premisa de “la regeneración de la vida debe prevalecer sobre la supremacía de la producción y reproducción de bienes al precio que sea (28)”, y voltear a ver al presente y al futuro histórico no en término de progreso sino de “decrecimiento”.


El concepto de “decrecimiento” fue concebido por el pensador frances André Gorz a finales del siglo pasado. Se refiere a la crisis que se genera con el imperativo de crecimiento capital y cómo este entra en conflicto con la supervivencia del medio ambiente (29).


Este concepto ha tomado fuerza recientemente en vista de la creciente crisis ambiental. Su meta no es una mejora, sino un tipo de sociedad diferente en el que el desarrollo y crecimiento no sean centrales en la clasificación de bienestar. El concepto de decrecimiento busca poner un freno en la replicación de las relaciones coloniales, tan dañinas para el espacio y la sociedad.


La visión del decrecimiento no se trata de reestructurar el poder y la economía, sino de la mano con la escuela decolonial crear un estándar de suficiencia “que, aún dentro de una economía capitalista, las reglas del juego y los dados ya no sean lanzados por jugadores e instituciones occidentales” (30), sino por aquellos que habitan un espacio en sus propios términos.


Para aquellos que viven con menos de lo suficiente para una vida plena, un incremento en la producción y consumo es necesario. Pero un incremento, con el concepto de decrecimiento como base, implica suficiencia y límite, no un incremento auto-reproductivo donde el incremento por si solo es la meta (31).

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