¿Filosofía indígena?: ¿De qué hablamos cuando hablamos de filosofía?



El español tenía que hablar de la inferioridad

del indígena, de la barbarie de sus costumbres,

de la maldad de su religión, para justificar su

dominación. Cualquier dominación tiene que

hacerse tolerable ante los propios dominadores

con algún discurso que la justifique.

-Carlos Rojas Osorio



¿Qué es la filosofía? Hoy, encontrar una respuesta concreta a esta pregunta es una empresa azarosa, vana, casi inimaginable. Puedo decir, al menos, que la filosofía en las aulas es Historia; un esquema de la línea temporal, los conceptos y las ideas.


En su aprendizaje, la linealidad se aparece como un requisito para la comprensión. Partimos de Grecia y vamos avanzando, lentamente, hacia el resto de Europa. Más tarde, y si uno corre con suerte, llega a América.



Cuando hemos alcanzado este punto, vemos que la Historia ha quedado atrás y sólo nos es dado el presente. Algo se ha borrado, se ha perdido, se ha olvidado. No se habla de ello. Si reconocemos la falta es tan sólo porque queda un recuerdo de nuestra tierra que pareciera desdibujarse lentamente.


En Latinoamérica, la filosofía es un saber importado. La filosofía occidental ha dejado de lado la producción filosófica de los pueblos originarios de Abya Yala (1).


“Bárbaro”, para los griegos, era todo aquel incapaz de hablar el griego; aquel que sólo balbuceaba, que se hallaba fuera de la mejor de las tierras imaginables. En la filosofía Aristotélica encontramos ya una jerarquía de las sociedades humanas.


La racionalidad de los hombres se piensa, primero, en los varones. Luego esta se extiende a las mujeres, quienes tienen una razón obediente. Después están los esclavos, cuya razón es meramente potencial-instrumental. En el último lugar de esta jerarquía de la razón está el bárbaro.


Aquí la razón aparece, pues, como un principio de exclusión. Es preciso rastrear esta jerarquización como una de las muchas justificaciones que sostuvieron el despotismo de la conquista, pues en un pensador “humanista” y conocedor de Aristóteles como Juan Ginés de Sepulveda, encontramos un símil entre los indígenas y los monos.


Una idea concreta acerca de la razón viene a ser entonces un factor determinante tanto para la dominación de los pueblos como para el menosprecio de sus acervos. De entrada, el español traducía su capacidad para la escritura fonética a una superioridad intelectual; pensaban que, a diferencia de los pueblos ágrafos, habían alcanzado una rápida evolución de las estructuras mentales.


Adicional a esto, está el asunto de lo divino, del mito. Aún cuando no fueron pocos los pensadores griegos que hicieron referencia al mito en su producción filosófica, ya desde Grecia hallamos un grado de aversión a la fantasía y la fabulación, guiada por una preponderancia o preferencia por la soberanía de la razón.


Para Bartolomé de las Casas, el indígena era bárbaro en dos sentidos: 1) Cultural: no poseía literatura, no hablaba el idioma y tenía características políticas distintas, y 2) Religioso: era un infiel, enemigo de la cristiandad. Toda religión que no fuera la cristiana, quedaba reducida al carácter de lo mitológico.


De ahí que los pueblos de lo “mítico” quedaran excluidos para siempre de la Historia de la filosofía.


Aunque el propósito no sea ahora indagar en la realidad del mito, sí debemos tomar en cuenta algunas consideraciones para teorizarlo. De entrada, porque para quienes están inmersos en él, éste es real y no meramente fantasía. Luego, porque cumple con la función de dotar a la realidad de sentido.


Por último, porque funciona como metáfora relacional con ciertos aspectos de la experiencia humana. El último motivo nos permite preguntarnos si no es así como funcionan también los conceptos que quienes de hecho son llamados “filósofos” emplean.


Con esto quiero mostrar que no es que los pueblos precoloniales carecieran de un sistema de pensamiento, sino que la respuesta a la pregunta “¿Qué es la filosofía?” se aparece aquí como clara y concisa.


El llamado “giro hermenéutico” hizo aún más evidente esta exclusión, pues se encargó de esclarecer los rasgos definitorios de lo que sí es llamado “filosofía” para distinguirla de lo que es entendido como mera “cosmovisión”, “mito”, “religiosidad” y “sabiduría”.

Hay actualmente un debate en torno a la “filosoficidad” del pensamiento indígena, pero este, lejos de tratarse de un esfuerzo intelectual serio, muestra tan sólo una serie de presupuestos de lo que la filosofía es o debe ser para quienes lo interpretan.


Algunos de estos presupuestos tienen que ver con la racionalidad y la superación del mito, la escrituralidad de las fuentes, la individualidad de la autoría, el manejo de la lógica (binaria o dialéctica), etc. De modo que, como es de esperarse, la única filosofía que cumplirá con estos requisitos será la nacida en Occidente; el resto quedará fuera.


Hay quienes sostienen que insistir en llamar “filosofía” al pensamiento indígena es insertarlo en una lógica colonizadora, en la que se le arrebata su pureza cultural para, de nuevo, sólo ser capaces de relacionarnos con la historia de la civilización desde la mirada y la comprensión de Occidente.


Por su parte, quienes creen que esta categorización no sólo es correcta, sino también necesaria, parten de la idea de que debemos abogar por una deconstrucción intercultural para redefinir y transmutar el rígido concepto de filosofía que hemos sostenido por siglos. Esta última postura hace ver que la definición occidental de la filosofía sólo es una de muchas; que hay distintas formas y lugares desde los cuales se puede filosofar.


En otras palabras, abre la posibilidad de que la filosofía sea una realidad para la totalidad de las civilizaciones, y no únicamente un privilegio histórico y geográfico de unos cuantos. Así, hablar de “filosofía indígena” deja de ser una contradicción. Así, hablar de “filosofía occidental” deja de ser una tautología.


Como mencionaba al inicio de este texto, considero que el deseo de alcanzar una definición concreta de lo que es la filosofía sólo tiene el privilegio de un sueño. Hoy ya no se escribe ni se piensa desde los mismos lugares, ya no se fantasea con hablar de sistemas que logren dar cuenta de la totalidad de lo real.


Sin embargo, como he señalado, seguimos siendo incapaces de incluir al pensamiento indígena dentro de la línea temporal que se abarca dentro de los planes de estudio.


No querer llamar “filosofía” a la producción teórica e intelectual de los pueblos originarios nos ha dejado —a nosotros, latinoamericanos que filosofamos aquí y ahora— mirando únicamente hacia afuera, siendo bárbaros que observan desde lejos, que no pueden ni podrán ya figurar en la jerarquía de la razón.


En esta tierra fértil hay preguntas, hay respuestas, hay filosofía. ¿Por qué no comenzar a mirar el adentro? ¿Por qué no empezar a ubicarnos en la Historia y en el tiempo?


Bibliografía y Referencias

  • (1)Esta es una denominación indígena para referirse al continente americano, contrastada con “Latinoamérica”, nombre impuesto por los conquistadores. Significa “tierra en plena madurez” o “tierra de sangre vital”, “tierra fértil”.

  • Esterman, Josef. 2016. Las filosofías indígenas y el pensamiento afroamericano. Revista Faia. Vol. 5. No. 25. pp 1-18.

  • Rojas Osorio, Carlos. 1991. La América indígena y la filosofía. Abra. No. 29. pp. 16-23.

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