'Fight Club' y la violencia de la positividad



No puede haber una crisis la semana que viene, tengo la agenda llena.

Henry Kissinger (Levanthal, 2012, 125)




La película Fight Club o El Club de la Pelea (1999) contiene muchas críticas a la sociedad contemporánea. Esta película ha despertado diferentes lecturas sobre las múltiples caras que tiene el film. Pues bien, a través de este pequeño artículo me propongo rescatar la imagen de la Modernidad Tardía o Posmodernidad que esta cinta nos brinda.


Fight Club nos ofrece a un oficinista (interpretado por Edward Norton) agobiado. Además, parece ser que su cura para el insomnio que sufre y la evidente sensación de fracaso, de cansancio, de despropósito reside en comprar objetos; el oficinista se la pasa comprando muebles varios de catálogo para sublimar, canalizar su impotencia. Él odia lo que hace, odia su trabajo, odia su forma de vida… pero no tiene oportunidad de rechazarla porque él mismo se ha colocado en esa posición. ¿Qué nos dice todo esto acerca de la sociedad en la que vive aquel desgraciado oficinista?


La Modernidad ha introducido en los seres humanos la entelequia de la posibilidad de construir un futuro dorado, de la utopía. Un mundo en el que el ser humano, siguiendo a Zygmunt Bauman, no como huésped-guardabosques, sino como arquitecto-jardinero, moldearía su entorno para satisfacer sus necesidades. Así, este arquitecto-jardinero, con la industria, la técnica, la ciencia… podría ser el artífice de grandes obras responsables del deseadísimo progreso.


No obstante, en la posmodernidad, el ser humano no es ningún arquitecto-jardinero: es un cazador desalmado. El equilibrio del mundo ha pasado a un plano secundario ante la imperiosa necesidad de extraer la máxima satisfacción, el máximo beneficio posible. De preservar y moldear, pasamos a explotar, a cazar. La vida posmoderna es una cacería continua, un frenesí sin fin.


Ante la liquidez de nuestra sociedad, la incertidumbre es tal que da la sensación de que la única forma de alcanzar la supervivencia, la «utopía posmoderna», es siendo el cazador más voraz: mantenerse a la carrera, tan deprisa como podamos. El mundo posmoderno se resume en una supervivencia personal continua, una carrera frenética en la que gana el que explota y caza más. A su vez, esto último es otro matiz: la cacería nos absorbe en su velocidad que no nos deja un respiro para abrir los ojos.


En consecuencia, la utopía posmoderna no es otra cosa que la expresión de esta salvaje e imparable cacería… cacería que es egoísta, fúrica, consumista, obnubilada, cegada por el frenesí, enajenada por su rapidez, insaciable y al mismo tiempo agobiada… Nuestras utopías, en realidad, son infiernos en los que, encima, escapar no es una alternativa porque eso implicaría renunciar a ser el cazador, lo cual se traduce en una humillante derrota personal. ¿Qué tiene eso de utópico? ¡Nada! Pero así es.


El que no produce, lo que no produce… el que no caza… no sirve en esta cacería. ¿Y la incertidumbre? No se resuelve ni se medita: se acalla… se sofoca… ¡se estrangula! No hay que detenerse en el frenesí sanguinario de nuestra utopía sin final.


En ese preciso punto se encuentra nuestro oficinista de Fight Club. Un cazador que sabe que si se descuelga de la frenética carrera por la supervivencia, está condenado al fracaso. Profundicemos más en esta idea de la cacería frenética sin fin.


Byung-Chul Han en su Topología de la violencia, luego de una arqueología de la misma en la que se muestra en las sociedades premodernas-soberanas a la violencia como un medio simbólico para el ejercicio y la ostentación del poder (los sacrificios, la lucha ritual, la ejecución pública…) y luego como un mecanismo de control en las sociedades disciplinarias modernas (cárceles, policía, panópticos…), nos hace ver que en nuestra sociedades posmodernas o tardomodernas, la violencia ha perdido su rasgo de negatividad, es decir, su rasgo antagónico en el que hay un dominador-verdugo y un dominado-víctima.


En nuestra era, eso que Han llama la Sociedad de Rendimiento, la violencia es un ejercicio de uno mismo para sí mismo. ¿Por qué? Porque, para el filósofo y teórico coreano, el rasgo distintivo de nuestros tiempos estriba en que el individuo, bajo la creencia de su libertad y poder plenos (ya que no hay un soberano, un Dios o algo que lo domine), es el responsable de autoexplotarse hasta el agotamiento.


Es esta nueva forma de violencia una de positividad, pues ya no existe esa figura antagónica: es el individuo el que se somete a su propia voluntad, llevándose al límite hasta quemarse. Esta violencia sistémica no se caracteriza por tener esa dialéctica del amo-esclavo… no… es una violencia autoproducida (autopoiética) y redireccionada de uno para uno. Somos miembros, prisioneros, cómplices y verdugos de esa violencia-positiva-sistémica-del-rendimiento cuya presión es aún peor que la de la negatividad de las sociedades soberanas o disciplinarias.

Y, considerando lo anterior, está claro el quid cuestión: no hay un otro a quien combatir: ¡el culpable de mi libertad coaccionadora, de alas encadenadoras soy yo! El sistema me ha empujado a que yo sea mi propio jefe: mi propio vigilante: mi propio amo (esclavizador).


Esto resulta en una violencia anónima, despersonalizada, desterritorializada, camuflada… porque no nos damos cuenta de que nosotros somos verdugos-víctimas de un sistema que nos empuja a siempre querer superarnos.


Esta absurda aspiración romántica fundamentada en un yo-ideal (como el super-yo freudiano pero cuya función no es la de una alteridad, sino de una mismidad positiva), que no tiene fin (ya que cada vez queremos más y más), hace que nuestra autoexplotación no tenga una conclusión. Y, al no tener conclusión, no hay ningún tipo de gratificación. No hay premio porque el objetivo, la vara, tan pronto como se alcanza, ha subido un peldaño más. En suma, no hay descanso.


Es una violencia positiva, no explosiva, sino implosiva, porque ya no se trata de prohibir, de disminuir, sino de exceder, de producir de forma ascendente, de superar, de la hiperactividad. Este exceso de positividad o hiperpositividad es nuestro mecanismo de autoflagelación. Y el fin de nuestra sobreproducción, hiperproducción no es otro que el de nuestro colapso… el burnout y un sinfín de trastornos neuróticos y psíquicos.


Por tanto, nosotros, este sujeto de rendimiento en perpetua autoexigencia hasta su límite, ya no necesitamos de ninguna represión, mecanismo disciplinario o de violencia antagónica… el verdugo está en nuestro espejo. O sea, para el individuo hipermoderno no hay obediencia o cumplimiento per se, sino libertad autocoaccionada.


Es una violencia suicida: que satura, que enajena y que, lo peor, quema al individuo hasta volverlo un muerto en vida, un deprimido esclavizado. Y digo hipermodernidad (término que no es mío) porque estamos en la era de la hiperproducción, hiperconsumo, hiperactividad, hipercomunicación, hiperrendimiento


Como soy libre, yo mismo escojo ser aquel yo-ideal con metas inalcanzables (porque no tienen conclusión) hasta que hallo mi límite en la depresión, el déficit de atención, la hiperactividad, la ausencia de descanso… el burnout… el sobrecalentamiento que lleva a la implosión (la explosión desde adentro). Este burnout es, siguiendo a Han, consecuencia patológica, sádico-masoquista le añadiría yo, de una explotación voluntaria: el ego encerrado víctima de la sociedad del rendimiento acaba por asfixiarse a sí mismo. “El intento de vencerse a uno mismo, de querer superarse a uno mismo, resulta mortal. Es nefasta la competencia que busca superar la propia sombra (Byung-Chul Han, 2017, 61).


¡Ah, pero qué bella es la hipermodernidad!


Sin spoilear de más a aquel que no haya visto la película, el argumento de Fight Club continúa con nuestro oficinista colapsando mentalmente y llegando a, en compañía del enigmático Tyler (interpretado por Brad Pitt), crear una forma de contratacar. De nuevo confirmamos las afirmaciones de Byung-Chul Han: no hay una persona propiamente a la que derrocar: es el sistema y la ideología personal las responsables del burnout propio. En el fondo, se trata de una violencia hiperpositiva autoinfligida.


Referencias:

Bauman, Zygmunt. Tiempos Líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. México: Tusquets Editores, 2008.

Han, Byung-Chul. Topología de la violencia. Barcelona: Herder, 2017.

Levanthal, Michael (ed.). El Peso de la Historia. Barcelona: Crítica, 2012.

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