Poética de Fernando Pessoa: ¿lenguaje o emoción?


Jorge Luis González


Vía Luis Antonio de Villena


La suerte del escritor, en este caso hablaremos del poeta, duerme a un costado del

pensamiento, ahí donde la emoción enseña lo que es preciso olvidar. Los ideales barrocos, en la

juventud, hallan su tumba en el lenguaje mismo. Nada queda sino palabras tendidas al sol secando sus propios significados y atendiendo oraciones sombrías, llenas de polvo y ceniza. Ya por la fortuna, ya por la tendencia, ya por el cansancio, el escritor maduro se desprende de los atavíos innecesarios y comienza a trazar las líneas precisas del mapa; lo meramente imprescindible del lenguaje: la sensación. Esta misma suerte irremediable ha desempolvado la figura de Fernando Pessoa y la ha comenzado a mostrar, desde hace algún tiempo, en las bibliotecas de todo el mundo como “el poeta más grande de Portugal”- y más que poeta, un observador voraz: faro que alumbra los paisajes con su mirada.


La lengua portuguesa -abundante en posibilidades poéticas- se nos presenta como una

revelación musical indescriptible. Verbos tan despiertos como “desentristecer” o la ya gastada

“saudade” nos acercan a la esencia mas pura de la emoción. Una flor es simplemente una flor- así

pensaría Pessoa- y en esa simpleza radica su belleza. Transfigurar a la flor en un recuerdo,

entregarla al vicio intransigente de la insuficiencia de la lengua sería un crimen. Toda palabra debe ser una idea falsa de la cosa misma- ya que el silencio propone un solo significado para todo: ninguno. La interrogante más recurrente en la cabeza de un poeta podría ser ¿dónde está la

poesía?, sin la esencia laberíntica de las metáforas, sin la rima, sin el eco, ¿dónde está realmente?, la respuesta no puede estar en el razonamiento científico. La poesía no es cuantificable en ningún sentido, se ahoga en su propia medida, al igual que el tiempo- contenedor asfixiante y hermano inseparable de la esencia poética- cansado ya de repetir sus horas, sus palabras y sus miradas.


Se establecen propuestas poéticas y tiempos poéticos, mas nada resulta satisfactorio; la

poesía es un solo prisma que cambia de cara en cada ángulo. Pessoa mira ese prisma, lo

desentraña, al desentrañarlo se llena de sombras, y una vez que puede observar al mundo a través de él lo abandona, lo deja ser, sin ningún razonamiento. Ya alguna vez Lorca- en uno de los versos del Poeta en Nueva York- escribió: “quiero llorar porque me da la gana”. Y acaso ¿hay algo más que decir?, ¿hay una metáfora que explique con mayor sutileza este sentimiento? No, porque los sentimientos se transforman en el razonamiento,- siguiendo la filosofía Pessoiana- la respuesta es no porque “sentir es distraerse” (aforismo de Pessoa que nos ilumina con una transparencia casi divina). Bien puede ser la de Pessoa una propuesta más, o bien puede ser un ideal inalcanzable el vivir sólo en la emoción. Razón suficiente hay en decir que la lengua nos engaña, misma razón que nos arrastra hacia los callejones sin salida en dónde habita la inteligencia. No sería imprudente preguntarse si el conocimiento verdadero se halla fuera de la reflexión incesante.


La poesía es una paradoja enraizada en el propio lenguaje. Busca la esencia de la realidad,

pero miente para conseguirla, y cuando la consigue podemos dudar que esa misma esencia sea

real. Pessoa lo reduce a la entrega de las emociones: pensar es destruir la realidad. Acaso esa

hambre voraz del hombre sea perpetua y sea nuestra propia condena, si ese es el caso, injusto sería quejarse de cosa alguna en el mundo. Fernando Pessoa nos llama, nos acaricia con su

simpleza – que es su grandeza- y nos hace preguntarnos si toda filosofía tuvo algún fin. Vivir sin

pretensión y sin intención, fraguar palabras verdaderas provenientes sólo de la emoción, ¿será

posible? ¿Fue posible alguna vez? Incluso la historia puede ser un cuento que decidimos creer –

como Orwell nos cuenta en 1984- y toda la vida, como la poesía, trata de embellecer nuestras

mentiras.

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