Ensueño y sospecha en el primer Rulfo




Es natural que el estudio de una obra, particularmente la de un autor universal, comience por la cúspide y retroceda en la búsqueda de particularidades que acaso sirvan como anuncio o presentimiento de la trascendencia. Esta búsqueda es aún más interesante en el caso de un escritor de producción escasa – escasa en el sentido cuantitativo – pues no habrá demasiados peldaños por los cuales descender.


La sensibilidad de Rulfo no es la de un traductor, ni la de un pueblerino: es la de un solitario. En esencia, la soledad penetra hasta los impulsos comunitarios más amplios. Se habla sólo lo necesario, y eso porque se está consciente de que se calla mucho más. Las revelaciones son más bien descuidos y aquellos huecos intercalados entre la memoria y la fantasía – que en muchos casos se confunden – permiten el nacimiento de una vida secreta, acaso la verdadera que decidimos mantener en olvido hasta aquel instante.


Así sucede desde sus primeros relatos, por ejemplo, en La vida no es muy seria en sus cosas. Su protagonista: un no nacido. Crispín, un pequeño que heredará el nombre de su hermano y su padre, ambos muertos – aunque dicha información se revela casi por accidente. Crispín, quien aún no nace, pero ya carga con el peso de la muerte en su nombre.


Mientras tanto, la madre de Crispín mantiene una relación de angustia y esperanza, entre la espera del no nacido Crispín y la muerte de los anteriores. Esta tensión acrecienta la soledad de la madre, quien no se permite estar en el presente, pero tampoco en el pasado. Queda el futuro, pero el futuro no es previsible sin estar posicionado antes en el presente o en el pasado. Hay la sospecha de que todo sea un engaño, y hay el presentimiento de que el no nacido Crispín comparte la misma muerte de su hermano y su padre, pues ¿qué somos antes de nacer? Ya sabemos que en Rulfo los muertos no mueren definitivamente, sino que retornan a manera de espectros.


Entonces el aún no nacido Crispín, en relación con los otros muertos, también es un fantasma, aunque con una ubicación precisa: el vientre de su madre. Entonces también sospechamos que nuestra condición de vivos es un mero tránsito del no nacido al no vivo, de espectro en espectro. Lo que se realizaría de manera magistral en Pedro Páramo ya venía anunciándose desde estos primeros relatos.


La vida no es muy seria en sus cosas porque nunca es vida, propiamente. Siempre es un tránsito a una condición que para nosotros sólo puede vislumbrarse a través del ensueño, como si la vida misma nos estuviera ocultando su farsa al no permitir saciarnos con la exactitud de la memoria, de manera que entre esos intersticios todo sea posible.


El final anuncia una caída, aunque nunca sabemos si espiritual o física. Es la manera en que Rulfo experimenta la realidad literaria: una cohesión entre circunstancia e imaginación. Por ello, no existe un hecho definitivo, la caída de la madre de Crispín sigue su curso, de la misma manera en que Juan Preciado sigue dirigiéndose a Comala. Para que la vida no sea ese tránsito estéril, es preciso no poner un punto final.



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